Me he topado con tu hermana en la calle. A duras penas la he reconocido, un no sé qué de amargura le ha atravesado el rostro al mirarme. El labio inferior le ha temblequeado ligeramente al decirme: “Gregory no está nada bien. Hago todo lo posible por sacarlo de su angustiosa habitación, pero no quiere abandonarla. Es su refugio y también nuestra salvaguarda.”

            Hombre, pienso, quieres proteger a la familia, lo comprendo, porque tu monstruosidad puede serles dañina. Te adelanto que tu hermana me ha puesto al corriente de todo, está preocupada, y me ha dado a entender que es tu único vínculo comunicativo con el exterior.

            Soy tu mejor amiga, tal y como me lo ha recordado ella. Consejos no voy a darte, tranquilo, aunque deduzco que te sientes solo, afligido, intentando asimilar tu aspecto e interiorizar tu nuevo estado mental. La compasión no se ha abalanzado sobre mí, no te preocupes, no quiero abrumarte con penas. Siento curiosidad por esa habilidad tuya para la transformación, se agolpa un torbellino de preguntas en mi medrado cerebro, y tan sólo ansío alguna respuesta, por muy extravagante que sea.

            Yo también me hallo en un momento de auténtica confusión. Me observo, me analizo, y lo único que alcanzo a ver es el reflejo huidizo de lo que fui. Una especie de yo incorpóreo me golpea en todas direcciones, palpitamos al unísono, aunque todavía nos mantenemos alejados. Aún no se ha producido el acoplamiento definitivo, pero presiento que no tardará mucho. Me aterra el instante en el que las piezas de ese extraño puzzle encajen en las que han ido desvaneciéndose del original, tan sabiamente por mí construido.

            No voy a mentirte, siento tu tristeza, tus ansiedades, tus temores, tu lucha, pero no es esa la razón por la que quiero invitarte a cenar a mi casa. La intención última, quiero que quede claro, no es animarte. Cómo podría animarte con mis ridículos instantes de felicidad caduca. Mi invitación, quiere colmar la curiosidad que me corroe el alma. Gregory, necesito que compartas conmigo la dicha de tu conversión, la satisfacción de notar esos pequeños cambios. Déjate llevar, relájate, asume tus alteraciones. Eso me digo yo, pero cómo conseguirlo… Fallo en la aceptación de lo que jamás pensé que sería.

            Por favor, Gregory, ven a mi casa, sal de tu ostracismo. Permítete un acto impulsivo y acude a mi llamada.

            Preciso tocar tu cuerpo quitinoso para comprender mejor el mío. Puntos negros adornan mi caparazón. Zumbidos melosos escucho a través de mis minúsculas antenas.

            Nada me importa, pues los años se han encargado de nublar mis ilusiones. Pero uno de esos errantes deseos se ha quedado volando por encima de esas tormentas sin estallar, y ese, el único, es el que anhelo compartir contigo.

            Unas trémulas velas iluminarán la velada. Vestiré mi antiguo cuerpo de rojo y abriré mis alas para acogerte en un suave abrazo. Lo desconocido, compartiré contigo lo desconocido. Nos lo comeremos poquito a poco y lo acompañaremos con sorbitos de un delicioso oporto añejo. Sonrío.

            Gregory, me estoy transformando en algo que no he elegido. Quiero que tus patitas traspasen las fronteras de esa pálida habitación y se encaminen hacia la luz amarillenta de esas velas, que te indicarán la senda por la que has de venir.

            Tu familia, hace tiempo que no te entiende. Tu hermana te quiere, pero el amor no es suficiente para asimilar tu mutación. Les falta conocimiento, empatía. Eres un lastre, un peso muerto en la vida de tus seres queridos. Yo te ofrezco, no juzgarte.

            Prometo aprender de ti, no burlarme…Te espero. Seré tu cómplice, porque también presiento los primeros brotes de mi metamorfosis. Voy de flor en flor buscando un aroma perdido. Olisqueo, olfateo, me poso en cualquier lado, y como si fuera el mayor estorbo del mundo, personas extrañas agitan sus manos para ahuyentarme.

            Hace tiempo que sirvo para poco. No me importa. Voy cambiando y en el cambio sé que he perdido.

            Gregory, compartamos nuestros silencios, porque para mí sería una conversación a gritos.

            Te espero en mi casa a las ocho de la tarde.

            Da igual el día.

            Te estaré aguardando posada sobre un sofá floreado.

            PD. La carta se la he dado a tu querida hermana.

            No es necesario  que vengas de etiqueta.

Itziar Ruiz

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Itziar Ruiz Ortega

Itziar Ruiz Ortega

Nací en Trapagaran (Bizkaia) en 1965. Soy una licenciada en Ciencias de la Información, Periodismo, por la UPV, que intenta poner en palabras las imágenes que discurren a velocidad de vértigo por su cabeza. Recién titulada hice mis pinitos en la TVE de Logroño, en el periódico Bilbao y cuando pensé que iba a ser una eterna becaria mi curriculum dio un salto a la educación medioambiental. Durante varios años estuve trabajando como educadora en el parque natural de Urkiola y en la zona minera (Peñas Negras). Una excedencia por maternidad, elegida y alargada en el tiempo, se hizo permanente y me alejó del mundo laboral remunerado. En la actualidad he retomado la escritura, que aunque latente, había dejado a la deriva.
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