Víspera de festivo

Torre_Iberdrola_Bilbao

 

Llovía. Era lunes. Y yo tenía que volver a pulsar el botón número 14 de aquel ascensor. Quién sabe cuántos otros autómatas que se ganaban la vida dentro de ese edificio, habían puesto ya sus dedos sobre esa circunferencia de plástico grisáceo.   

Por lo menos, el día siguiente era festivo y la mayoría de la gente estaba de puente. La jornada se presentaba tranquila. Sin las forzadas conversaciones a las que nos obligan los primeros compases de la semana.

Entonces, el ruido del ascensor al detenerse me sobresaltó. No había pasado ni de la entreplanta. Mi viaje al cielo de Bilbao había sido interrumpido sin ninguna misericordia. Como si fuesen un telón rojo, las puertas se abrieron para presentar a un personaje digno de la más decadente tragicomedia. Ahí estaba él, con su pinta de vendedor a puerta fría. Los pantalones le quedaban cortos, dejando entrever unos calcetines roídos por el uso. El cinturón había sido doblegado por esa panza que demostraba que la entropía crece y el universo se expande continuamente. Las arrugas de la camisa dejaban en evidencia que no había sido planchada en mucho tiempo. Posiblemente, ese desgraciado estaba pasando algún divorcio traumático y durante toda su vida se había considerado demasiado machote para dedicarse a labores domésticas. Entonces, reparé en su cara y comprendí que solo un milagro le hubiese permitido tener pareja. No diré que fuese feo, ya que en su rostro había cierta simetría. Pero… transmitía pocas ganas de vivir. Como si todos los días junto a él fuesen un lunes lluvioso como aquél.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, traté de apartar la mía. Pero fue demasiado tarde. En su rostro se dibujó un intento de sonrisa. Una mueca más articulada que la de una marioneta de ventrílocuo. Y, ahí, en la comisura de sus labios, un rastro de saliva. Materia acumulada durante a saber cuánto tiempo hasta formar una consistente masa blanquecina. Nunca una cosa tan minúscula me había parecido tan desagradable. Y sin embargo, resultaba hipnótica. Como un grano en la nariz que se elude mirar.

Me concentré con todo mi empeño en los números que marcaba la pantalla digital. 2,3. La próxima vez subiría por las escaleras. 4,5. ¿Por qué de entre todos los ascensores ha elegido éste? 6,7. Y el ascensor se detuvo. ¡Menos mal! Alguien compartiría mi desdicha. Todo sería más llevadero. Pero… las puertas no se abrían. Y tras unos segundos que me parecieron horas:

-Será un cliché, pero siempre he querido follar en un ascensor.

Definitivamente, debía tratarse de una pesadilla. No podía creer lo que había escuchado. Ese ser era capaz de hablar y de articular nada más y nada menos que la palabra follar. Me quedé inmóvil, como si la fuerza que me empujaba a soltarle un paraguazo se compensase con la que me impulsaba a apretar el botoncito amarillo hasta destrozarme los dedos.

Y él permanecía inmutable, como si hubiese dicho: “vaya día que se ha quedado” o “mañana mejora”. Es más, se atrevió a dar un paso hacia mí. Y entonces, lo olí.

¡Qué subestimado está el sentido del olfato! Y qué importancia tiene. El aroma que desprenden unas pocas gotas de agua al caer sobre la tierra nos devuelve en ocasiones, al pueblo de nuestra infancia. El rastro de algunas fragancias activa el resorte que dibuja rostros y recuerdos guardados en el cajón más oculto de nuestra memoria. Del mismo modo, el olor de ese hombre me transportó al lugar de mis más sórdidos pecados.

A ese antro, sin un triste rótulo de neón en la entrada que advierta que en su interior se da rienda suelta a cualquier tipo de fantasía. A mi válvula de escape, a mi única salida de esta asfixiante rutina, donde, tras el anonimato de una máscara, las almas solitarias podemos mostrarnos como realmente somos. Allí, había sentido su olor con anterioridad. Y él, el mío. Una vez habíamos estado aún más cerca que ahora, lo más cerca que dos personas puedan estar.

Y en ese momento me dejé llevar. Lo siguiente que recuerdo con cierta claridad es la cara de asombro y rubor de aquel pobre reparador de ascensores al que le tocaba hacer guardia en víspera de festivo.

 

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Roi Penta

Trabajo. Cuando no, viajo, leo, aprendo idiomas, estudio y disfruto bebiendo y comiendo. No necesariamente en ese orden. El resto del tiempo lo malgasto durmiendo y viendo series. Me gusta aprender cosas y escribir es una forma de hacerlo. Como empecé demasiado tarde tengo que recuperar el tiempo perdido.

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