{"id":1722,"date":"2016-12-13T21:04:33","date_gmt":"2016-12-13T20:04:33","guid":{"rendered":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/?p=1722"},"modified":"2022-07-18T12:50:58","modified_gmt":"2022-07-18T10:50:58","slug":"observaciones-callejeras","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/eu\/observaciones-callejeras\/","title":{"rendered":"Observaciones callejeras"},"content":{"rendered":"<div id=\"attachment_1729\" style=\"width: 1034px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-1729\" class=\"wp-image-1729 size-large\" src=\"https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2016\/12\/14449322212_6a87cca4f6_b-1024x768.jpg\" alt=\"14449322212_6a87cca4f6_b\" width=\"1024\" height=\"768\" srcset=\"https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2016\/12\/14449322212_6a87cca4f6_b.jpg 1024w, https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2016\/12\/14449322212_6a87cca4f6_b-300x225.jpg 300w, https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2016\/12\/14449322212_6a87cca4f6_b-768x576.jpg 768w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><p id=\"caption-attachment-1729\" class=\"wp-caption-text\">Fotograf\u00eda de <a href=\"https:\/\/www.flickr.com\/photos\/julius2043\/\">Julio Arrieta<\/a><\/p><\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Salgo de casa un martes por la ma\u00f1ana. Oto\u00f1al. Debo hacer recados, todos ellos de orden dom\u00e9stico. Tomates, pan, ibuprofeno, leche semidesnatada.<\/p>\n<p>Cruzo tres jovencitas sonrientes con carpetas azules de una universidad y agradables cabelleras largas, por debajo de los hombros. Alguna echarpe y un pullover verde. Dan gusto. Contagian optimismo.<\/p>\n<p>Quiz\u00e1 la ma\u00f1ana sea el peor momento del d\u00eda. Despu\u00e9s de meses y meses no logro encontrarme una funci\u00f3n que me brinde un poco de satisfacci\u00f3n y adem\u00e1s me resulte digna y tenga utilidad para alguien. Tambi\u00e9n se podr\u00eda decir que pido demasiado. No estoy seguro.<\/p>\n<p>Paso cerca de una se\u00f1ora de alrededor de sesenta con carro de la compra y una cuerda con perro al final. La se\u00f1ora ostenta un gesto decidido. El perro menos. No parece tener voluntad propia. Probablemente hubiera preferido quedarse en casa. La se\u00f1ora atiende el m\u00f3vil sin dudarlo. Esboza varios noes. El perro sigue indiferente.<\/p>\n<p>Tengo edad de abuelo. Rigidez f\u00edsica de abuelo. Rigidez mental \u00eddem. Lentitud de abuelo. Aburrimiento \u00eddem. Columna sin goznes y coronarias parcheadas.<\/p>\n<p>Pasan corriendo una mujer y un hombre de m\u00e1s de cuarenta. Muy adecuadamente vestidos para el deporte. Pero sus caras los delatan. Lo hacen casi obligados. Es lamentable deporte terap\u00e9utico. El hombre est\u00e1 a punto de tropezar en una ra\u00edz.<\/p>\n<p>Una lev\u00edsima reflexi\u00f3n se me pone a tiro. Durante varias d\u00e9cadas me he tenido que levantar a las seis de la ma\u00f1ana, en todo caso a las seis y media y no me recuerdo quej\u00e1ndome. Y ahora, a media ma\u00f1ana y casi turisteando, me siento apenado. \u00bfSoy un anciano de descarte? \u00bfLlegar\u00e1 la \u00e9poca en que el sexto contenedor sea el de los ancianos de descarte?<\/p>\n<p>Dos se\u00f1oras se toman un caf\u00e9 en una terraza mientras se fuman sendos cigarrillos. Discuten acerca de cual de ellas tiene peor marido. Me parecen simp\u00e1ticas y alegres. Una tiene una bufanda del Athletic colgada de un brazo. Aitor se la iba a llevar a la ikastola y se le cay\u00f3 en el ascensor.<\/p>\n<p>He pensado, rudimentariamente, en abandonarme a la primera enfermedad que me asuma. Sea leucemia, pleures\u00eda o pie de atleta. Sin embargo, al revisar el concepto, me parece inseguro, poco digno y, repito, rudimentario. No va.<\/p>\n<p>Casi al mismo tiempo, dos hombres de apariencia seria hasta ese momento, deben recoger excrementos reci\u00e9n emitidos por sus respectivos perros. La cara de uno de ellos lo dice todo. Sin comentarios.<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo me mido la dignidad? \u00bfPor lo que hago? \u00bfPor lo que hice? \u00bfPor c\u00f3mo trato a mi mujer? \u00bfPor c\u00f3mo ayudo a mis hijos?<\/p>\n<p>Paso delante de un bar que tiene en la acera uno de esos artilugios que simulan ser mesas altas para que los fumadores se puedan instalar. Ahora mismo ese artilugio alberga a un ciudadano con pinta de jubilado que se est\u00e1 tomando una copa de tinto. Son las once menos cuarto. Ser\u00e1 su primer tinto, pero aun as\u00ed, un poco pronto.<\/p>\n<p>En realidad, mis padecimientos habituales transcurren por territorios bastante m\u00e1s prosaicos que el an\u00e1lisis de la dignidad. Me voy durmiendo en medio de un cap\u00edtulo del libro m\u00e1s querido y no logro retomar ese mismo sue\u00f1o perdido a pesar del silencio y la oscuridad cuando son las tres y media de la ma\u00f1ana. Me asalta la pat\u00e9tica quimera sobre una pr\u00f3xima relaci\u00f3n sexual tan deseada.<\/p>\n<p>Una madre joven y correosa lleva a un ni\u00f1o de quiz\u00e1 cuatro a\u00f1os en su carrito de beb\u00e9. Ante mi mirada inquisidora me dice \u201csi lo llevo caminando, no llegamos nunca\u201d. El ni\u00f1o lleva gafas y adem\u00e1s, quiere galletitas de chocolate.<\/p>\n<p>Mi abuelo materno no era un intelectual. Hab\u00eda emigrado solo de Italia a los quince a\u00f1os y se hab\u00eda ganado la vida como peluquero, comerciante de pianos usados y con una tienda de todo tipo de ropa y calzado. A medida que ahorr\u00f3, fue trayendo a sus hermanas de Italia. Todas viejas, inflexibles y santurronas. \u00c9l era callado y no iba nunca a misa pero, siendo ya mayor, se dedic\u00f3 a leerse la biblia toda y hasta subray\u00f3 muchos vers\u00edculos con distintos colores. Lo hac\u00eda sentado en una silla roja y preferentemente al aire libre. Intuyo que le ayud\u00f3 a estar en paz. M\u00e1s adelante, se demenci\u00f3.<\/p>\n<p>Me interpela una pareja de j\u00f3venes que intentan hacerme socio de \u201cM\u00e9dicos sin frontera\u201d. No lo consiguen, pero me quedo muy poco satisfecho conmigo mismo.<\/p>\n<p>Mi padre, en cambio, toler\u00f3 peor los a\u00f1os. Aumentaron su rebeld\u00eda, su actitud hosca y su tendencia a los monos\u00edlabos. Dio mucha guerra a mis hermanas, que se ocuparon de \u00e9l con gratitud y templanza.<br \/>\nEntre las banalidades que ocupan mis horas, a veces acierto. Creo que a todo el mundo le habr\u00e1 ocurrido que un libro, comprado con mucho entusiasmo hace d\u00e9cadas, haya quedado oscuramente olvidado en un estante perif\u00e9rico. Fue dejando de ser objeto del deseo y, en realidad, de tan no verlo, abandonado. Negligido, como usa decir mi hijo. Hasta que de pronto, lo abarco en el territorio de mi nostalgia y lo leo en tres o cuatro d\u00edas. Es una ruina, todo desencajado. Ha sufrido, junto a la falta de atenci\u00f3n, las consecuencias del tiempo y los muchos cambios de domicilio, habiendo pasado \u00e9pocas en cajas transitorias e inadecuadas. Entonces, lo sigo reivindicando. Busco y encuentro quien me lo repare. Y doy con una persona que lo hace con dedicaci\u00f3n verdadera. Le gusta su oficio. Hoy en d\u00eda luce digno en su sitial de la biblioteca. Ha cubierto la principal de sus funciones. Y est\u00e1 preparado para ser le\u00eddo una vez m\u00e1s, si as\u00ed se le requiriera. Estoy encantado, exultante, por haberle devuelto la dignidad. Por cierto: es una novela de Augusto Roa Bastos, un escritor paraguayo del siglo XX, \u201cHijo de hombre\u201d, un relato enmarcado en el Paraguay de los a\u00f1os 1930\/40, la \u00e9poca de la llamada \u201cGuerra del Chaco\u201d. Es una quinta edici\u00f3n de Losada, Buenos Aires, 1973.<\/p>\n<p>Me ronda un tema recurrente. Nunca lo abord\u00e9 de verdad, pero no me abandona del todo. He cambiado de domicilio muchas veces. A veces en la misma ciudad, a veces a muchos kil\u00f3metros. Hasta de continente he saltado. Pero no recuerdo haber cambiado de domicilio con placer. Hubo cambios favorables, adecuados, por comodidad, necesarios\u2026 pero deseados, dir\u00eda que no. Como mucho: emocionalmente neutros. Salvo cuando me resultaron dolorosos. Esos son los que m\u00e1s recuerdo. El primero, a los nueve a\u00f1os. Mis padres, por fin pod\u00edan hacerse una vivienda propia, y cambiamos de barrio. A m\u00ed me liquid\u00f3. Alejarse mi abuela y mis amigos de mi cotidianeidad me aplast\u00f3. Les propuse a mis padres quedarme a vivir con mi abuela. No lo aceptaron. Creo que se comportaron con indiferencia: ni siquiera lo meditaron.<\/p>\n<p>Sigo caminando, pero es jueves y anochece. Ribera de la r\u00eda en Bilbao. Fr\u00edo y niebla. Oigo \u00f3rdenes de mando masculinas. Me sorprende que impulsen a chicas que reman en trainerillas. Decir valientes se queda corto, muy corto. Me parece una epopeya.<\/p>\n<p>Otra mudanza dolorosa fue la que me trajo a Bilbao hace algo m\u00e1s de veinte a\u00f1os. Estaba muy a gusto en un pueblo guipuzcoano entra\u00f1able. Trabajo gratificante, amigos muy inclusivos, sociedades gastron\u00f3micas. Pas\u00e9 a\u00f1os magn\u00edficos. Abandonar todo aquello fue pesado y penoso. Algunas querencias no las compens\u00e9. Nunca.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Salgo de casa un martes por la ma\u00f1ana. Oto\u00f1al. Debo hacer recados, todos ellos de orden dom\u00e9stico. Tomates, pan, ibuprofeno, leche semidesnatada. Cruzo tres jovencitas sonrientes con carpetas azules de una universidad y agradables cabelleras largas, por debajo de los hombros. Alguna echarpe y un pullover verde. Dan gusto. Contagian optimismo. 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