{"id":1860,"date":"2017-02-06T18:53:48","date_gmt":"2017-02-06T17:53:48","guid":{"rendered":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/?p=1860"},"modified":"2021-10-22T08:45:53","modified_gmt":"2021-10-22T06:45:53","slug":"lechuza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/eu\/lechuza\/","title":{"rendered":"Una lechuza en el tejado"},"content":{"rendered":"<p>&nbsp;<\/p>\n<div id=\"attachment_1861\" style=\"width: 1034px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-1861\" class=\"wp-image-1861 size-large\" src=\"https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2017\/02\/Lechuza-1024x573.jpg\" alt=\"Lechuza\" width=\"1024\" height=\"573\" srcset=\"https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2017\/02\/Lechuza-1024x573.jpg 1024w, https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2017\/02\/Lechuza-300x168.jpg 300w, https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2017\/02\/Lechuza-768x430.jpg 768w, https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2017\/02\/Lechuza-360x200.jpg 360w, https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2017\/02\/Lechuza-750x420.jpg 750w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><p id=\"caption-attachment-1861\" class=\"wp-caption-text\">Ilustraci\u00f3n de Bel\u00e9n Lucas<\/p><\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>Valladolid<\/h3>\n<p>El sol del mediod\u00eda se abre paso entre las hojas. Se mueven, a capricho de este aire que anuncia el final del verano. Tendida junto a los \u00e1rboles, escucho m\u00fasica de jazz. La voz de una mujer blanca habla de un amor malogrado. L\u00e1grimas, palabras, sue\u00f1os, recuerdos, lluvia, silencio.<\/p>\n<p>El hombre que plant\u00f3 los \u00e1rboles muri\u00f3 y ellos han seguido creciendo. Era joven. Sucedi\u00f3 en oto\u00f1o, una tarde de tormenta. El rayo rompi\u00f3 un cable de alta tensi\u00f3n que se le vino a enroscar en el cuerpo como un l\u00e1tigo. Cuando lo llevaron a la casa ten\u00eda los ojos abiertos y una huella negra cruz\u00e1ndole por la cintura, por el pecho. En las manos, como un macabro tatuaje, quedaron marcadas las hojas que estaba recogiendo. Los que lo vieron, aseguraron que eran hojas de chopo y que parec\u00edan dibujadas con tinta negra. A veces la muerte tiene estos desatinos.<\/p>\n<p>A\u00f1os despu\u00e9s, tuvieron que talar unos cuantos \u00e1rboles para asegurar una zona de sol. Dejaron los troncos cortados y los que vienen a ba\u00f1arse, los utilizan para dejar sus cosas. Los troncos recuerdan a las patas de los elefantes, con sus cortezas grises, secas y rugosas. A la ca\u00edda del sol se alejan los ba\u00f1istas y llega el silencio. \u00c1rboles y troncos se quedan solos. \u00bfQu\u00e9 se dir\u00e1n?<\/p>\n<p>Anoche, la lechuza blanca que se posa en el tejado me hizo preguntas. Yo intentaba contarle, de manera desordenada, pasajes de Ana Karenina. Quer\u00eda decirle que no es un libro en las manos, que es un mundo en las manos. Que uno podr\u00eda pasar la vida leyendo una y otra vez Ana Karenina, hasta que un d\u00eda de tormenta el l\u00e1tigo de fuego lo atrapase para tatuarle hojas, flores, alas de lechuza, el nombre de aqu\u00e9l que plant\u00f3 los \u00e1rboles\u2026<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n quise hablarle de S\u00e1nchez Ferlosio y, aunque se ech\u00f3 a volar, yo segu\u00ed contando. Y me llev\u00f3 un rato describir la librer\u00eda de viejo y c\u00f3mo apareci\u00f3 Alfanju\u00ed en un caj\u00f3n de madera desgastada. Una sorpresa de p\u00e1ginas \u00e1speras y amarillentas. \u00bfD\u00f3nde est\u00e1s, lechuza? Si hubieras venido de madrugada\u2026 me hubieras encontrado con Carver. En la mesilla, Tres rosas amarillas.<\/p>\n<p>El oto\u00f1o se acerca con paso ligero, viene revolviendo las hojas ca\u00eddas. \u00bfEn recuerdo del hombre que plant\u00f3 los \u00e1rboles? Con los auriculares puestos me escondo entre la ropa tendida, dej\u00e1ndome envolver por la s\u00e1bana. Comienza a llover, las gotas atraviesan el improvisado capullo que me protege. M\u00fasica de jazz. De pronto la m\u00fasica desaparece. Siento la extra\u00f1eza de dos alas blancas que se despliegan en mi espalda. Echo a volar.<\/p>\n<p>\u00bfD\u00f3nde vas, lechuza?<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>Copenhague<\/h3>\n<p>Dej\u00e9 atr\u00e1s la estaci\u00f3n. Para cruzar la avenida segu\u00ed los pasos de una joven que llevaba la cabeza cubierta. Los pliegues del velo negro enmarcaban su cara hermosa. Los labios secos hab\u00edan olvidado el color, como el p\u00e9talo de rosa guardado entre las p\u00e1ginas de un libro. Empujaba una silla donde dorm\u00eda con los ojos entreabiertos un beb\u00e9 de piel oscura. Agarrado a su largo vestido hab\u00eda otro ni\u00f1o con la mirada algo triste. Fueron los zapatos, que parec\u00edan quedarle peque\u00f1os, los que me provocaron tanta l\u00e1stima.<\/p>\n<p>Ya en la otra acera, camin\u00e9 hacia el barrio donde me alojaba. Me perd\u00ed intencionadamente por las calles que llevan al parque del lago. Hay peque\u00f1os restaurantes que a esta hora sirven cenas. Se dir\u00eda que las mesas est\u00e1n dispuestas para el que pasea y mira. Copas de cristal, tan grandes que no extra\u00f1ar\u00eda ver peces azules nadando en silencio. Arreglos de flores; en cada mesa se permiten un detalle diferente. Delicadeza. Me acerco para distinguir el interior. M\u00e1s mesas y en la pared del fondo, peque\u00f1as lucecitas adoptan la forma de una enredadera. Capricho.<\/p>\n<p>Ya en el puente, me fijo en una pareja. Se besan. El chico se aparta un momento y se queda mirando a la chica. R\u00eden sin soltarse las manos. Se besan.<br \/>\nObservo la marea silenciosa de las bicicletas. Se detienen en un sem\u00e1foro. Destaca un cuerpo erguido, el de un hombre joven que se estira queriendo atrapar un \u00faltimo rayo de sol que llega entre calles. Agosto regala calor, aqu\u00ed escaso.<\/p>\n<p>Ya en el barrio, entro en el parque que se ve desde mi ventana. No quisiera irme sin verlo. Est\u00e1 rodeado por un muro color mostaza, m\u00e1s propio de una ciudad de \u00c1frica que de un pa\u00eds del norte.<br \/>\nSe oyen voces de ni\u00f1os entre los \u00e1rboles. En realidad es un cementerio, un antiguo cementerio con \u00e1rboles centenarios. Tiene una alameda central que lo atraviesa y caminos a ambos lados por donde se puede pasear entre las tumbas. Hay un ni\u00f1o que gatea en la hierba. La madre susurra algo mientras le acaricia. Cerca, en una piedra se puede leer un nombre. Anne Marie Nielsen, 1889-1903. Los \u00e1rboles son viejos, como el cementerio que ahora es parque. En lo alto, las copas se acercan unas a otras y crean cierta penumbra.<\/p>\n<p>Paseo entre las tumbas con curiosidad. Leo con inter\u00e9s las fechas. No los nombres. Saber cu\u00e1nto tiempo han vivido es finalmente lo que cuenta. Un indicador de madera se\u00f1ala la tumba de Hans Cristian Andersen. El seto con campanillas blancas me obliga a bajar la cabeza para acercarme. Al otro lado, bajo la tierra donde crecen unas flores de p\u00e9talos desiguales, descansa el hombre que escrib\u00eda cuentos. Antes de que el sol desaparezca quiero coger una hoja para guardarla en mi cuaderno. Me inclino, elijo una hojita de roble. A mis pies, una sorpresa. Un gran escarabajo, de un verde demasiado claro, inusual. Como si hubiera muerto antes de nacer.<\/p>\n<p>Me alejo con cierto desasosiego de este rinc\u00f3n. Busco el camino que lleva a la alameda. De nuevo, me inclino ante las campanillas blancas mientras pienso en la muerte de la joven madre cubierta con el velo, en la muerte de su hijo de ojos entreabiertos y en la de su hijo al que parecen quedarle peque\u00f1os los zapatos; en la muerte de los j\u00f3venes que se besan en el puente, en la muerte del hombre que atrapa rayos de sol, en la muerte del ni\u00f1o que gatea entre las tumbas y en la de su joven madre.<\/p>\n<p>Copenhague se queda sin luz, yo abandono el reino del escarabajo verde.<br \/>\n\u00bfD\u00f3nde vas, lechuza?<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>N\u00e1poles<\/h3>\n<p>He llegado al anochecer. El taxi me ha dejado en el centro. He preferido caminar hasta el hotelito, entre calles estrechas, hasta cruzar aquella plaza empedrada. A pesar de las cien escaleras. Ya en la habitaci\u00f3n, he abierto las contraventanas para admirarte de nuevo, Vesubio. Esta vez viajo sola.<\/p>\n<p>La presentaci\u00f3n ser\u00e1 por la ma\u00f1ana, en Feltrinelli. Hubiese preferido otra librer\u00eda, de esas que tienen las baldas combadas y un cierto desorden. Pero \u00bfQui\u00e9n decide estas cosas? Asistir\u00e1 la autora, sus editores en Francia, Alemania y Espa\u00f1a. Esta vez han querido contar con la presencia de la ilustradora, poco com\u00fan en el mundo editorial.<\/p>\n<p>Salgo al peque\u00f1o balc\u00f3n de piedra. Quiero ver en el cielo alguna se\u00f1al, pero N\u00e1poles duerme. Con des\u00e1nimo, decido entrar, pero entonces quedo atrapada por el deteriorado sonido de una motocicleta que se aleja y la voz de una joven que grita: Antonio, aspetta .. non andar\u00e9, dammi un bacio.<\/p>\n<p>Cierro los ojos pensando en esta ciudad ins\u00f3lita donde el amor se abre paso entre la ropa tendida, aullando en la oscuridad como t\u00fa, lechuza.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; &nbsp; Valladolid El sol del mediod\u00eda se abre paso entre las hojas. Se mueven, a capricho de este aire que anuncia el final del verano. Tendida junto a los \u00e1rboles, escucho m\u00fasica de jazz. La voz de una mujer blanca habla de un amor malogrado. L\u00e1grimas, palabras, sue\u00f1os, recuerdos, lluvia, silencio. 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