{"id":3766,"date":"2014-06-30T13:51:35","date_gmt":"2014-06-30T11:51:35","guid":{"rendered":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/la-ciudad-de-los-relojes\/"},"modified":"2014-06-30T13:51:35","modified_gmt":"2014-06-30T11:51:35","slug":"la-ciudad-de-los-relojes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/eu\/la-ciudad-de-los-relojes\/","title":{"rendered":"La ciudad de los relojes"},"content":{"rendered":"<p>La ciudad de los relojes; as\u00ed la llaman. El aire es fr\u00edo y denso, el fuerte olor concentrado, y el ruido ensordecedor. Personas diversas se amontonan en las calles, con pasos elegantes y tranquilos, pero en una prisa constante. No hay tiempo que perder, es lo que los relojes se encargan de recordar. Para quien est\u00e1 sentado en la acera, con los guantes rotos y el sombrero volcado en su mano extendida, es la locura la que los hace bailar a tal velocidad. A su altura, lo aturden los pliegues de los vestidos, los zapatos brillantes y el constante roce de telas. Bastones que marcan los pasos de sus se\u00f1ores, los cascos de caballos resonando en la calle, las risas, los encontronazos y, por encima de ellos, un espeso humo negro saliendo de las chimeneas, cubriendo el cielo. Los relojes miran, observan con atenci\u00f3n controlando el cuadro. El hombre sentado en la acera los contempla. Est\u00e1n en cada torre, cada edificio, en cada peque\u00f1o establecimiento. Siempre acechando, vigilando. Algunos se esconden en los bolsillos de ciertos caballeros, amarr\u00e1ndolos con una cadena dorada que los une. Los viandantes charlan, se detienen para ceder el paso y se disculpan entre ellos, pero nunca se quedan quietos. El tiempo es sagrado. Cada segundo de su vida es muy valioso. Por eso encerraron el tiempo en los relojes. Para tenerlo atrapado, para retenerlo. Sin embargo, parecen ellos los dominados. Doblegados por la insistente mirada de las agujas. Cae la noche y todos marchan a sus casas, necesitan descansar de la vida. El hombre de los guantes rotos guarda las monedas ganadas y se coloca el sombrero. Camina hacia la plaza del pueblo, entre las silenciosas calles, y se planta delante del reloj del ayuntamiento. \u201cA m\u00ed no me tienes atrapado\u201d piensa. \u201cNo soy tu presa, vivo al margen de tu ley\u201d. Por un momento, se detiene a imaginar qu\u00e9 ocurrir\u00eda si lo rompiese. Si rompiese todos los relojes de la ciudad. Del mundo. Una revoluci\u00f3n, la resistencia contra el control que ejerc\u00edan aquellos engranajes. Nadie sabr\u00eda qu\u00e9 hacer. Estar\u00edan perdidos. El caos dominar\u00eda la humanidad desorientada. Y, sin embargo, podr\u00edan dormir hasta que quisieran, leer cuando les apeteciese y comer cuando les diera la gana. Sin plazos. No habr\u00eda d\u00edas ni a\u00f1os por delante, tan solo una eternidad de posibilidades. Una larga vida inmedible. \u201cNo\u201d, se dijo a s\u00ed mismo. \u201cEst\u00e1n bien as\u00ed. No sobrevivir\u00edan sin nadie que los gu\u00ede. La gente se siente aterrada cuando es libre\u201d.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La ciudad de los relojes; as\u00ed la llaman. El aire es fr\u00edo y denso, el fuerte olor concentrado, y el ruido ensordecedor. Personas diversas se amontonan en las calles, con pasos elegantes y tranquilos, pero en una prisa constante. No hay tiempo que perder, es lo que los relojes se encargan de recordar. 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