{"id":5018,"date":"2024-04-25T10:00:29","date_gmt":"2024-04-25T08:00:29","guid":{"rendered":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/?p=5018"},"modified":"2024-04-24T00:32:41","modified_gmt":"2024-04-23T22:32:41","slug":"el-desayuno-de-la-senora-morel","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/eu\/el-desayuno-de-la-senora-morel\/","title":{"rendered":"El Desayuno de la Se\u00f1ora Morel"},"content":{"rendered":"\n<p>La Se\u00f1ora Morel viv\u00eda en el quinto piso de una casa cochambrosa al oeste de la ciudad, con la fachada erosionada por el paso del tiempo y sus balcones inutilizados por su ruina, enmarcados por peque\u00f1os azulejos verdes que, rotos, se ca\u00edan uno a uno cada d\u00eda, anunciando el paso del tiempo. Tiempo en el que la Se\u00f1ora Morel pasaba en su viejo piso.<\/p>\n\n\n\n<p>Pocas casas edificadas como aquella permanec\u00edan en la ciudad, que se opacaban con la construcci\u00f3n a su alrededor de nuevos e impolutos edificios brillantes, con m\u00e1s ventanas que hormig\u00f3n y los reflejos artificiales de luz que cegaban a los transe\u00fantes.<\/p>\n\n\n\n<p>La Se\u00f1ora Morel se sentaba todas las ma\u00f1anas y todas las tardes en su sill\u00f3n polvoriento y consumido por la polilla, encendiendo un cigarrillo tras otro con unas cerillas de hotel, las \u00fanicas que le quedaban, cuyo f\u00f3sforo humidificado hac\u00eda que prender fuera tarea dif\u00edcil, a menudo resultando en la rotura del peque\u00f1o palo de madera que las sosten\u00eda. Y todo eso mientras observaba la pared del sal\u00f3n con su pintura desconchada, y miraba desde la distancia el paisaje tras la ventana, con el cielo de un naranja permanente y un tenue brillo l\u00f3brego.<\/p>\n\n\n\n<p>La Se\u00f1ora Morel no sal\u00eda apenas de sus cuatro paredes, en cuyos v\u00e9rtices se asomaban las manchas de humedad negras, que permanec\u00edan ansiosas con la esperanza de poder colonizar otra vivienda m\u00e1s, y entrar, por f\u00edn, en la garganta de la habitante que, inspiraci\u00f3n tras inspiraci\u00f3n, tragaba el aire estancado del ambiente, que reposaba en sus pulmones, homolog\u00e1ndolos a la estancia.<\/p>\n\n\n\n<p>Y cuando la Se\u00f1ora Morel observaba su entorno, se enorgullec\u00eda de poder convivir con la Decadencia y que, cada d\u00eda que amanec\u00eda, ella se encontrara en el borde de su cama dese\u00e1ndole los buenos d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero aquel d\u00eda, cuando se despert\u00f3 a la luz ambarina que penetraba desde la ventana, reflejando el azulejo que se tambaleaba, preparado para precipitarse, un hombre estaba sentado en su cama, con la Decadencia, ahora asustada, apartada en una esquina negra.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre de mediana edad se manten\u00eda sobrio bajo un conjunto de ropa monocrom\u00e1tico, propio del Departamento de Vida y Sociedad del Gobierno.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El desayuno est\u00e1 preparado Se\u00f1ora Morel \u2014coment\u00f3, con una sonrisa. Pero ella no le contest\u00f3. Se limit\u00f3 a mirarle con una indiferencia fingida. \u2014Sabe que el Gobierno aboga por una pol\u00edtica de bienestar de sus ciudadanos, y eso incluye la buena alimentaci\u00f3n. Tome el desayuno \u2014continu\u00f3, acerc\u00e1ndole ligeramente la bandeja.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No quiero \u2014le contest\u00f3. El hombre se enderez\u00f3, haciendo que la cama crujiera, manteniendo su sonrisa impasible.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ver\u00e1, pero eso no importa. Muchas veces somos incapaces de saber lo que queremos, y es por eso que el Departamento tiene el deber de ayudar a todo aquel con <em>dudas<\/em>, como es su caso \u2014el hombre explic\u00f3 con tranquilidad. La Se\u00f1ora Morel se mantuvo en silencio. \u2014Y su <em>duda<\/em>, como bien sabr\u00e1, es que su permanencia en esta vivienda pone en peligro la unidad de la ciudad al no ser un edificio\u2026 <em>novedoso<\/em><em><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>\u2014continu\u00f3. La mujer dirigi\u00f3 la mirada a la esquina oscura en la que la Decadencia temblaba y se retorc\u00eda, sacudiendo en\u00e9rgicamente la cabeza.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No \u2014dijo simplemente la se\u00f1ora. El hombre, todav\u00eda sonriendo, se incorpor\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Tome el desayuno, est\u00e1 <em>nuevo <\/em>\u2014y con un breve gesto de la cabeza, se march\u00f3 cerrando la puerta, justo cuando el azulejo tambaleante de la fachada ca\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>El resto de ese d\u00eda, la Se\u00f1ora Morel no se movi\u00f3 de la cama, y la Decadencia no se despeg\u00f3 de su lado, velando, siempre, incesablemente. Y el d\u00eda termin\u00f3 y el d\u00eda siguiente tambi\u00e9n, y el novedoso desayuno continuaba intacto e inalterable. Ni una mosca se pos\u00f3, ni una mota de polvo o moho apareci\u00f3 en la comida, que se manten\u00eda brillante.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasada una semana, por fin se levant\u00f3 y se arrastr\u00f3 hasta su sill\u00f3n, con la visi\u00f3n est\u00e1tica del cielo. Pero esa vez hab\u00eda algo diferente. En la ventana del edificio de enfrente de su casa se encontraba el hombre de aquella vez, mir\u00e1ndole, desayunando. \u00c9l le sonri\u00f3, y entonces supo que la estaba esperando. La mujer se dirigi\u00f3 hacia la mesa donde se encontraba el desayuno de hace siete d\u00edas, se sent\u00f3 en una silla en su precario balc\u00f3n, y, dubitativa, empez\u00f3 a comerlo.<\/p>\n\n\n\n<p>El primer bocado que di\u00f3 le pareci\u00f3\u2026 No supo describirlo. La textura, la consistencia, el sabor\u2026 No era malo, no, tampoco bueno, era simplemente\u2026<\/p>\n\n\n\n<p><em>Nuevo<\/em>. Fue el azulejo diario que cay\u00f3 en su plato lo que la despert\u00f3 sobresaltada, unas gotas le salpicaron las mejillas y la hizo mirar otra vez a la casa de enfrente. Fue entonces cuando se dio cuenta de que en casi todas las ventanas se encontraba gente mir\u00e1ndola fijamente, con el mismo uniforme monocrom\u00e1tico del Departamento de Vida y Sociedad. A la Se\u00f1ora Morel se le escap\u00f3 una mueca de completo horror, y en un acto de impulsividad arroj\u00f3 el plato por la ventana, pegando un grito y levant\u00e1ndose torpemente de la silla. Fue el estruendo el que hizo que los paseantes alzaran sus cabezas hacia su balc\u00f3n y se quedaran mirando con curiosidad la escena.<\/p>\n\n\n\n<p>Las pocas veces que sol\u00eda salir se redujeron hasta ser nulas. Confinada en su piso, tapi\u00f3 las ventanas arrancando las maderas del suelo. Y lo descuidada que sol\u00eda estar la casa de por s\u00ed, se agrav\u00f3 por el aislamiento de la Se\u00f1ora Morel con el exterior. Fuera, en la calle, el confinamiento de aquella extra\u00f1a casa atrajo a m\u00faltiples curiosos, que especulaban con morbosidad y diferentes opiniones sobre aquella situaci\u00f3n tan particular, tan poco vista en la ciudad. En esa ciudad donde los p\u00e1jaros cantaban notas mon\u00f3tonas, donde los amaneceres eran iguales que el cielo del mediod\u00eda, donde las columnas se alzaban sin ninguna grieta o l\u00ednea superflua, donde el mercado no era un mercado, sino una exposici\u00f3n de productos. Pero, en lo que coincid\u00edan todos, era con el final. Sab\u00edan que esa atracci\u00f3n peculiar era s\u00f3lo moment\u00e1nea, una mera an\u00e9cdota que no transcender\u00eda de lo trivial y que se encargar\u00eda de no recordarse nunca jam\u00e1s. Pues los recuerdos eran cosa antigua, los recuerdos como esos no eran <em>novedosos<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Fueron unas semanas despu\u00e9s del aislamiento de la Se\u00f1ora Morel cuando recibi\u00f3 una visita. El hombre que la hab\u00eda estado observando incesablemente por la ventana de enfrente se le present\u00f3 sentado en el borde de la cama aquella ma\u00f1ana.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Tiene el desayuno preparado Se\u00f1ora Morel\u2014dijo, esta vez no tan sonriente. Ella sacudi\u00f3 la cabeza, y con unos aspavientos se tap\u00f3 la cara mientras murmuraba la palabra \u201cno\u201d una y otra vez, como si de un mantra se tratara.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se\u00f1ora Morel \u2014ahora el rostro del hombre se manten\u00eda serio, y el rastro de la sonrisa se le hab\u00eda esfumado. \u2014H\u00e1game caso. Si mantiene esta actitud correr\u00e1 un grave peligro. Su <em>duda <\/em>se est\u00e1 agravando, y eso est\u00e1 haciendo que el Departamento se est\u00e9 planteando recurrir a otras soluciones.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9?, por favor, \u00bfpor qu\u00e9? \u2014afligida, ella preguntaba.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Usted lo sabe, porque usted <em>es<\/em>. Usted es <em>persona<\/em>, y lo demuestra. Es reticente a lo <em>nuevo<\/em>, se resiste a olvidar. \u00bfPor qu\u00e9 quiere recordar tanto? Est\u00e1 provocando que la integridad del Gobierno se estanque y no pueda progresar hacia lo novedoso. Su terquedad la delimita a usted y, por lo tanto, a la ciudadan\u00eda y a la unidad \u2014la expresi\u00f3n del hombre se agrav\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No entiendo, no le entiendo, no entiendo nada. \u00a1V\u00e1yase, m\u00e1rchese de mi casa!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014le grit\u00f3. Aquel hombre era en la casa algo tan extra\u00f1o como una mancha de color en la ciudad. Y cada fibra de la mujer ped\u00eda rechazo ante su presencia. No ol\u00eda, no respiraba, no escuchaba a aquel se\u00f1or. Solo era una figura en la estancia, un decorado que la se\u00f1ora Morel aborrec\u00eda, que la Decadencia evitaba su mirada para prevenir el asco que aquel intruso provocaba. El hombre apart\u00f3 con el pi\u00e9 una colilla del cigarro que ella hab\u00eda fumado el d\u00eda en el que \u00e9l apareci\u00f3 por primera vez. Y aquel gesto de rechazo, de desprecio hacia una cosa que a la se\u00f1ora Morel le pertenec\u00eda tanto, que formaba parte de su cotidianidad, de su monoton\u00eda casera fue suficiente para que reaccionara. Una mueca de angustia y dolor se perfil\u00f3 en su rostro rugoso, aquello donde hab\u00eda posado sus labios una vez, ahora estaba siendo pateado por el hombre.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Vete! \u2014le gritaba la se\u00f1ora Morel una y otra vez, \u2014\u00a1Vete! \u2014pero por mucho que le empujara el hombre se manten\u00eda inm\u00f3vil. Patale\u00f3, grit\u00f3, luch\u00f3 con sus l\u00e1grimas como \u00fanica arma, pero \u00e9l no se movi\u00f3. La debilidad de la mujer se acrecentaba con cada gesto de rechazo, y el sentimiento de humillaci\u00f3n se apoderaba de ella y la Decadencia, que se limitaba a mirar al hombre con horror, incapacitada para hacer nada m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente del edificio de enfrente permanec\u00eda, observando la escena, contemplando c\u00f3mo la mujer al fin, agotada, ca\u00eda de rodillas al suelo, sin dejar de aferrar la camisa del uniforme del hombre. Y el desayuno mientras tanto segu\u00eda intacto y perfecto en la mesa. Cay\u00f3 la noche y la se\u00f1ora Morel continuaba en el suelo, y \u00e9l delante suyo. Y as\u00ed se mantuvo amaneceres y atardeceres y muchos mediod\u00edas siguientes en los que velaba por ella, cuando estaba en la cama, cuando estaba en el sill\u00f3n, cuando observaba el desayuno y cuando volv\u00eda a la cama otra vez, cuando ca\u00eda un azulejo tras otro cada d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Est\u00e1s muerta \u2014le dijo una tarde la Decadencia. Y ella sigui\u00f3 sin comer el desayuno, y sigui\u00f3 fumando cada d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>La Decadencia se apart\u00f3 donde la humedad crec\u00eda y abundaba, y rondaba en derredor de la mente de su due\u00f1a, intentando siempre de mantenerla alejada del hombre, ese hombre que tan s\u00f3lo deseaba que la se\u00f1ora Morel olvidara, que se desprendiera de los recuerdos que meticulosamente guardaba en cada mueble, en cada s\u00e1bana, en cada esquina y en cada pelusa. Y la madera del suelo se consum\u00eda cada vez m\u00e1s, y las cerillas costaban encenderlas cada vez m\u00e1s, y los palillos se romp\u00edan cada vez m\u00e1s a menudo y el f\u00f3sforo se desmenuzaba y ca\u00eda como polvo al suelo donde la alfombra ya no era alfombra sino un mont\u00f3n de hilos mal emparejados. Pero la se\u00f1ora Morel segu\u00eda fumando, y aunque fuera con un grano de ese f\u00f3sforo, ella prendia un peque\u00f1o fuego. Ese era el \u00fanico objetivo que ten\u00eda cada d\u00eda, el \u00fanico entretenimiento, mientras el hombre la ve\u00eda como se marchitaba cada vez m\u00e1s, c\u00f3mo su cuerpo vagaba por la casa como si de un fantasma se tratara.<\/p>\n\n\n\n<p>La se\u00f1ora Morel iba por su quinto intento para encender una cerilla cuando el palillo, como de costumbre, se rompi\u00f3. Y ese d\u00eda una astilla oportuna quiso penetrar en la piel de la mujer que vio, con asombro, c\u00f3mo sal\u00eda una gota de sangre de la herida, una evidencia de vida, una esperanza de existencia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Estoy viva \u2014dijo para s\u00ed, y fueron las dos primeras palabras que emanaron de su boca en muchos d\u00edas. El hombre, sentado como siempre al lado de la mesa se sobresalt\u00f3, pero ya no hab\u00eda vuelta atr\u00e1s. La mujer se incorpor\u00f3 y se acerc\u00f3 a la ventana, desde donde pod\u00eda ver el ajetreo de los peatones.\u2014\u00a1Estoy viva!\u2014grit\u00f3, mientras se asomaba al balc\u00f3n, y a los empleados de uniforme monocrom\u00e1tico del Departamento de Vida y Sociedad del edificio de enfrente no les qued\u00f3 m\u00e1s remedio que desviar por primera vez su mirada a los ojos de la anciana.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero la vieja barandilla de hierro no soportaba el peso de las manos decididas que se apoyaron en \u00e9l. El suelo de cemento consumido por la lluvia y el roce de las patas de los p\u00e1jaros cedi\u00f3 bajo el peso de la restante vida de la se\u00f1ora Morel, que cay\u00f3 al tiempo que se precipitaba el \u00faltimo azulejo de la fachada, marcando el fin del \u00faltimo d\u00eda del calendario de la Decadencia.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La Se\u00f1ora Morel viv\u00eda en el quinto piso de una casa cochambrosa al oeste de la ciudad, con la fachada erosionada por el paso del tiempo y sus balcones inutilizados por su ruina, enmarcados por peque\u00f1os azulejos verdes que, rotos, se ca\u00edan uno a uno cada d\u00eda, anunciando el paso del tiempo. 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