{"id":5020,"date":"2024-04-25T10:00:04","date_gmt":"2024-04-25T08:00:04","guid":{"rendered":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/?p=5020"},"modified":"2024-04-24T00:38:05","modified_gmt":"2024-04-23T22:38:05","slug":"sobre-hiedras-y-yonkies","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/eu\/sobre-hiedras-y-yonkies\/","title":{"rendered":"Sobre hiedras y yonkies"},"content":{"rendered":"\n<p>Se llama Juan Emilio. Tenemos 6 a\u00f1os. Indicar la edad por primera vez con las dos manos se ha convertido en un hito en nuestras vidas, vidas que imaginamos largas y pr\u00f3speras. Estamos en el primer curso de E.G.B. y, aunque nos sentimos \u201cmayores\u201d, nadie nos ha preparado para el mundo que nos rodea. Recientemente, unas inundaciones han acabado con la vida de 34 personas y hemos comenzado las clases extra\u00f1adas, con cuadernos mohosos y retorcidos, entre paredes marcadas por el agua y el barro.<\/p>\n\n\n\n<p>Su padre, como tantos otros desde tantas otras partes, hab\u00eda llegado desde Extremadura con nuestra misma edad y se hab\u00eda instalado en un barrio obrero de esta ciudad escombro -\u201cciudad retrete\u201d como dicen algunos-, de esta ciudad gris llena de suciedad, litronas, tubos de escape, droga y chimeneas. <em>\u00c9xodo rural, <\/em>lo denominan en los libros de texto.<\/p>\n\n\n\n<p>Estudiamos en un centro p\u00fablico que hab\u00eda sido dirigido por monjas durante el franquismo, las mismas que nos ense\u00f1an ahora a escribir <em>mimam\u00e1memima <\/em>y a sumar. Desde la transici\u00f3n, una enorme hiedra hab\u00eda comenzado a ocultar los signos religiosos de la fachada frontal que a\u00fan siguen ah\u00ed, rebeldes, a pesar de todo. La hiedra parece extenderse con la misma aparente ilusi\u00f3n que la de la reci\u00e9n inaugurada democracia, y corroe la fachada del mismo modo que los pol\u00edticos lo hacen hoy con una nueva sociedad que, en realidad, es la misma.<\/p>\n\n\n\n<p>Dibujado a gran tama\u00f1o en el centro del patio, el acr\u00f3nimo de la f\u00e1brica hace las veces de rayuela. AHV. Altos Hornos de Vizcaya. All\u00ed estudiamos las hijas e hijos de los trabajadores. A pesar de la edad, tenemos cierta conciencia de que el nombre propio indica mucho m\u00e1s que el conjunto de caracteres con el que una se presenta ante los dem\u00e1s. Si tu padre trabaja en horario de ma\u00f1ana sentado en la oficina y tu nombre es Mercedes, tus compa\u00f1eros te llamar\u00e1n \u201cMercedes\u201d con todas y cada una de sus letras,<\/p>\n\n\n\n<p>vestir\u00e1s de marca y podr\u00e1s viajar. Si tu padre es obrero a turnos en el \u201cescampao\u201d y te llamas as\u00ed, ineludiblemente ser\u00e1s \u201cMerche\u201d, veranear\u00e1s en el pueblo, tendr\u00e1s beca escolar y, ocasionalmente, piojos. Nuestras madres a\u00fan no se han incorporado al mercado laboral remunerado, pero se desloman a trabajar los 365 d\u00edas del a\u00f1o y no se van a jubilar nunca.<\/p>\n\n\n\n<p>En el colegio hay muchos ni\u00f1os y ni\u00f1as con nombres compuestos. Ana Isabel. Como si detr\u00e1s de aquellos nombres se escondiera un t\u00edmido \u201cpor si acaso\u201d, una incapacidad para ejercer la libertad y elegir uno solo. Carlos Hugo. Como si el nombre compuesto aumentara la entidad ontol\u00f3gica de su portador o portadora. Mar\u00eda Bel\u00e9n. Como si su car\u00e1cter doble pudiera extenderse ostentoso y ocultar el origen humilde y precario de su concepci\u00f3n. Victor Enrique. Un origen que se autoevidencia con la prematura alteraci\u00f3n y conversi\u00f3n de aquellos nombres en diminutivos prosaicos como Chemi, Marijo, Paqui, To\u00f1o o Anabel.<\/p>\n\n\n\n<p>Juan Emilio ha heredado el suyo de una saga irrompible de <em>Juanemilios<\/em>. Hace fr\u00edo y llueve de forma coherente con el suelo existencial sobre el que caminamos en el d\u00eda de hoy. \u201cSe ha muerto el padre de Juan Emilio\u201d, me comunica mi madre sin m\u00e1s explicaci\u00f3n. \u201cEl funeral es a las siete de la tarde en la Iglesia de Santa Teresa\u201d. Yo no se lo que es un funeral o por qu\u00e9 ha muerto esa persona, pero tampoco me atrevo a preguntarlo. Hasta este momento la muerte ha sido algo tan absolutamente ajeno a mi realidad como el no\u00fameno kantiano. Recuerdo de repente que, ocasionalmente, los adultos hacen alusi\u00f3n a la muerte con expresiones que consideran apropiadas para nosotros cada vez que infravaloran nuestra capacidad intelectual. \u201cSi te caes, te har\u00e1s papilla\u201d. \u201cLas personas van al cielo\u201d. Cosas as\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Tampoco acabo de entender por qu\u00e9 tengo que acudir al funeral. Al fin y al cabo, mi relaci\u00f3n con Juan Emilio es m\u00ednima. Mi apellido empieza por la G y el suyo por la S, un abismo infinito en aquellas aulas escrupulosamente organizadas alfab\u00e9ticamente. Sin embargo, una amalgama de curiosidad, morbo y angustia me impelen a obedecer sin rechistar. Un silogismo escatol\u00f3gico se ha formado en mi mente y la conclusi\u00f3n de sus premisas es que mis padres podr\u00edan morir igual que el padre de Juan Emilio. Es la primera vez que la muerte se perfila como una posibilidad real, como el horizonte ineludible de toda existencia.<\/p>\n\n\n\n<p>La iglesia est\u00e1 lejos. Para llegar a tiempo, tenemos que atravesar varios lugares oscuros en mi mente infantil. Lugares de muerte. Real y figurada. El primero de ellos se llama Trastevere. Un puticlub. La fachada es de m\u00e1rmol negro con espejos y la puerta siempre est\u00e1 cerrada. Casi todos los d\u00edas paso por delante al salir del colegio, porque es parte del trayecto hasta la pista de atletismo. Cada vez, inexorable, un escalofr\u00edo de miedo me recorre verticalmente si veo la puerta oscilar. Temo que puedan raptarme, que pueda acabar como aquellas mujeres que imagino retenidas contra su voluntad, intimidadas por hombres perversos y mal\u00e9volos que nada tienen que ver con las personas que yo conozco. El terror que siento se entrelaza con el desconcierto que me produce ver, a unos escasos metros de all\u00ed, a las se\u00f1oras que hacen cola con sus carros para abastecerse en la tienda del barrio, como si la realidad del mundo avanzara deliberadamente ciega ante aquel sitio demoledor. Yo no s\u00e9 lo que es el sexo ni el consentimiento pero, de forma intuitiva, reconozco en aquel local una discordancia con el resto de un puzzle urbano que, con el tiempo, no me resultar\u00e1 tal. El alcoholismo, la decadencia moral, la desilusi\u00f3n, la alienaci\u00f3n y la morri\u00f1a encajan perfectamente con el universo que esconde el Trastevere, pero yo a\u00fan no me doy cuenta.<\/p>\n\n\n\n<p>El otro lugar terror\u00edfico por el que tengo que pasar se llama \u201cParque de los Hermanos\u201d y es un gueto para todos los yonquis de la ciudad. En <em>no-lugar <\/em>maniqueo que ha transmutado su significado y su valor. Por la \u00fanica zona verde de esta ciudad-retrete deambulan pieles y huesos nerviosos y sin conciencia de ser algo m\u00e1s all\u00e1 que una urgencia. Los yonkis se pinchan hero\u00edna sentados en los columpios. Debajo del tobog\u00e1n. Apoyados en el tronco de una palmera desubicada y dist\u00f3pica habitada por gorriones. Los montones de jeringuillas se ven desde las verjas que delimitan el per\u00edmetro de aquel parque de hermanos-de-la-droga que han olvidado andar sin tambalearse y hablar sin balbucear. Un parque pensado para el disfrute y la vida convertido en un pozo de adicci\u00f3n y de muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando llegamos a la iglesia, busco con la mirada a Juan Emilio. Su padre ha muerto de repente y no \u201cde viejo\u201d como repite el mantra adulto, es lo \u00fanico que s\u00e9. Tambi\u00e9n me percato de que Juan Emilio no llora. Tiene la mirada aburrida y ajena a las palabras del cura, al murmullo de la gente que se levanta y sienta sin ning\u00fan sentido comprensible para nosotros. Al terminar, los adultos hacen corrillos. Abrazan a la viuda. Firman un libro. Se olvidan de nosotros. Juan Emilio y yo, junto a otros ni\u00f1os y ni\u00f1as de la clase, empezamos a jugar al escondite y al pilla-pilla, como si nada hubiera ocurrido, como si al disimular, pudi\u00e9ramos revertir aquello que a\u00fan no somos capaces de procesar.<\/p>\n\n\n\n<p>Al d\u00eda siguiente, la profesora rompe la rutina del aula al entrar acompa\u00f1ada por Juan Emilio. De espaldas a la pizarra, anuncia con frialdad que su padre ha fallecido, sin mirarlo. Lo hace como quien anuncia que despu\u00e9s haremos un dictado. No hay atisbo de empat\u00eda o sensibilidad en sus palabras. Ninguno de nosotros se atreve a decir nada. Juan Emilio, con sus mejillas rojas de incomodidad y verg\u00fcenza, se dirige a su pupitre en silencio. El resto, obedientes, abrimos el libro de texto en la p\u00e1gina 36.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Se llama Juan Emilio. Tenemos 6 a\u00f1os. Indicar la edad por primera vez con las dos manos se ha convertido en un hito en nuestras vidas, vidas que imaginamos largas y pr\u00f3speras. Estamos en el primer curso de E.G.B. y, aunque nos sentimos \u201cmayores\u201d, nadie nos ha preparado para el mundo que nos rodea. 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