{"id":5291,"date":"2025-02-26T10:00:00","date_gmt":"2025-02-26T09:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/?p=5291"},"modified":"2025-02-27T09:26:03","modified_gmt":"2025-02-27T08:26:03","slug":"a-que-huele-el-paraiso","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/eu\/a-que-huele-el-paraiso\/","title":{"rendered":"\u00bfA qu\u00e9 huele el para\u00edso?"},"content":{"rendered":"\n<figure class=\"wp-block-image size-full is-resized\"><a href=\"https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2025\/02\/the-expulsion-from-the-garden-gustave-dore.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"703\" height=\"900\" src=\"https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2025\/02\/the-expulsion-from-the-garden-gustave-dore.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-5292\" style=\"width:840px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2025\/02\/the-expulsion-from-the-garden-gustave-dore.jpg 703w, https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2025\/02\/the-expulsion-from-the-garden-gustave-dore-234x300.jpg 234w\" sizes=\"auto, (max-width: 703px) 100vw, 703px\" \/><\/a><figcaption class=\"wp-element-caption\">Gustave Dor\u00e9. <em>La expulsi\u00f3n del jard\u00edn<\/em>.<\/figcaption><\/figure>\n\n\n\n<p>Todo empez\u00f3 como cualquier otra historia de amor, con una mentira piadosa y un colch\u00f3n. &#8220;Esto es temporal&#8221;, susurr\u00f3. \u00c9l se llamaba Ad\u00e1n, ella, seguramente, Eva. Pronto encontraron el para\u00edso terrenal entre las cuatro paredes de un piso vac\u00edo en Moratalaz.<\/p>\n\n\n\n<p>No ten\u00edan apellidos ilustres ni n\u00f3mina fija, pero nunca les faltaban cigarros. El \u00e1tico ten\u00eda poco que ofrecer; la pintura de las paredes se ca\u00eda a cachos y ol\u00eda a humedad. Eva sol\u00eda salir al balc\u00f3n desnuda y montar un numerito para sus vecinos. Le gustaba que el sol tocase su piel, hacer el amor despu\u00e9s de comer y las caricias sin prisa. Fumaba m\u00e1s de la cuenta y hablaba con un descaro propio de quien no tuvo m\u00e1s libro que la vida.<\/p>\n\n\n\n<p>A la semana de empezar a vivir en aquel cuchitril, se encaprich\u00f3 de un gato cojo que bautiz\u00f3 como Rufino. No hab\u00eda mucha diferencia entre c\u00f3mo trataba al animal y a su amante. Sol\u00eda subir el volumen de la radio y dar vueltas con el felino entre sus brazos.<\/p>\n\n\n\n<p>Como no ten\u00edan estudios ni ganas de trabajar, a Ad\u00e1n se le ocurri\u00f3 plantar ca\u00f1amones de Ketama. Pronto les creci\u00f3 un \u00e1rbol de la ciencia en el ventanal. Para Eva era un fetiche, le hablaba en susurros cuando el hombre no miraba, le arrancaba las hojas y las desmenuzaba entre sus dedos solo para sentir su textura pegajosa. Para Ad\u00e1n, era un negocio.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer del segundo, una anciana de bata de colores y zapatillas, v\u00edbora, pronto se cans\u00f3 de sus vecinos, a quienes describ\u00eda como sinverg\u00fcenzas e inmorales.<\/p>\n\n\n\n<p>Como no quedaban plazas para dos en el para\u00edso pronto un juez dict\u00f3 sentencia. Eva jugaba con Rufino en el balc\u00f3n, semi desnuda, como siempre, cuando Uriel entr\u00f3 en el piso y los ech\u00f3 a patadas. Ambos no ten\u00edan m\u00e1s dios que Cupido, es por eso que miraban el cielo y solo ve\u00edan las nubes, sin promesas ni juicios, sin plumas de \u00e1ngel ni trompetas, sin m\u00e1s verdad que la del tiempo devor\u00e1ndolo todo.<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez fuera, Eva tom\u00f3 las gafas de sol del bolso. Las patillas resbalaron por sus sienes y pronto su mirada desapareci\u00f3 detr\u00e1s de dos cristales oscuros, convirti\u00e9ndola en un misterio. Ad\u00e1n sab\u00eda que algo en ella se volv\u00eda inaccesible, que aquel gesto era su forma de cerrarle la puerta sin hacer ruido.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuarenta a\u00f1os pasaron desde el destierro. Eva trabajaba en el mercado del barrio y la gente hac\u00eda colas inmensas para comprar su fruta. Las manzanas descansaban sobre la madera rugosa del caj\u00f3n, con su piel tersa y brillante reflejando el sol de la tarde. All\u00ed estaban, colocadas en una simetr\u00eda accidental, esperando que alguien se rindiera ante el placer primitivo de hundir los colmillos en su carne.<\/p>\n\n\n\n<p>El ajetreo de la plaza del mercado se vio brevemente interrumpido por el sonido redondo de unos acordes de guitarra. Ad\u00e1n, ahora convertido en un hombre de pelo cano y ropa de cuero, tocaba una balada. Se hab\u00eda desviado de su ruta predilecta aquel d\u00eda, el metro. La canci\u00f3n termin\u00f3 y se acerc\u00f3 al puesto de fruta, salt\u00e1ndose la cola y robando una manzana:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Si me la regalas, te dedico una canci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Eva se quit\u00f3 las gafas de sol. Su piel hab\u00eda perdido firmeza, ten\u00eda una arruga marcada entre las cejas y varias en la comisura de los labios. Abri\u00f3 la boca para contestar al que una vez fue su amante, pero ahora no recordaba con certeza. Hab\u00eda algo en \u00e9l que le resultaba familiar como si fuese alguien que hab\u00eda visto alguna vez en un pub. Hab\u00eda tenido tantos amores\u2026 Incluso hab\u00eda llegado a casarse dos veces. A Ad\u00e1n, por su parte, las drogas y la m\u00fasica hab\u00edan terminado por consumirle, dej\u00e1ndole solo espacio en la memoria para los quehaceres diarios.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Eva! \u00bfOtra vez regalando nuestro producto a indigentes? \u00a1Ya he tenido suficiente! \u00a1Fuera<\/p>\n\n\n\n<p>de aqu\u00ed! \u2014El due\u00f1o del puesto lleg\u00f3 corriendo ante la escena de m\u00e1s de cinco clientes insatisfechos.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed salieron juntos de la plaza y llegaron a un portal. Eva gritaba, maldec\u00eda e insultaba para s\u00ed misma y promet\u00eda que ma\u00f1ana volver\u00eda a hablar con su jefe. Ad\u00e1n sac\u00f3 de su bolsillo la manzana.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Nos han echado \u2014le dijo riendo.<\/p>\n\n\n\n<p>Eva se par\u00f3 en seco y le quit\u00f3 la manzana.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Siempre lo hacen \u2014contest\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Not\u00f3 c\u00f3mo algo se frotaba contra sus medias y mir\u00f3 hacia abajo. Un gato cojo ronroneaba frotando la cabeza contra su tobillo. Entonces el viento sopl\u00f3 y le trajo el aroma fuerte y terroso de la planta de Ketama. El olor del para\u00edso.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Todo empez\u00f3 como cualquier otra historia de amor, con una mentira piadosa y un colch\u00f3n. &#8220;Esto es temporal&#8221;, susurr\u00f3. \u00c9l se llamaba Ad\u00e1n, ella, seguramente, Eva. Pronto encontraron el para\u00edso terrenal entre las cuatro paredes de un piso vac\u00edo en Moratalaz. No ten\u00edan apellidos ilustres ni n\u00f3mina fija, pero nunca les faltaban cigarros. 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