{"id":60,"date":"2016-05-13T22:31:08","date_gmt":"2016-05-13T20:31:08","guid":{"rendered":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/?p=60"},"modified":"2015-05-20T21:05:49","modified_gmt":"2015-05-20T19:05:49","slug":"lospaseantes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/laespiral.deusto.es\/eu\/lospaseantes\/","title":{"rendered":"Los paseantes"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2014\/05\/1086437_56111958.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-154\" alt=\"1086437_56111958\" src=\"https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2014\/05\/1086437_56111958-1024x682.jpg\" width=\"1024\" height=\"682\" srcset=\"https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2014\/05\/1086437_56111958-1024x682.jpg 1024w, https:\/\/laespiral.deusto.es\/wp-content\/uploads\/2014\/05\/1086437_56111958-300x200.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><\/p>\n<p>Llevaban semanas salud\u00e1ndose apenas con un movimiento de barbilla, con un leve alzamiento de cejas. Quiz\u00e1 nunca habr\u00edan intercambiado palabra si no hubiesen coincidido una ma\u00f1ana en la fuente, si \u00e9l no se hubiese puesto perdido de agua, si ella no le hubiese ofrecido un pa\u00f1uelo de papel, encantador el gesto por in\u00fatil. Se llamaba Teresa. Mejor Tere, dijo, nadie la llamaba Teresa desde las monjas.<\/p>\n<p>Tere no era fea, pero tampoco atractiva. En los pleitos con su ahora exmarido hab\u00eda ganado la casa, el perro y unos cuantos kilos irregularmente distribuidos. Los ojos peque\u00f1os parec\u00edan todo pupila y, cuando sonre\u00eda, se le marcaban las patas de gallo de forma que la alegr\u00eda parec\u00eda extend\u00e9rsele al resto de la cara. Lo del divorcio se lo contar\u00eda d\u00edas m\u00e1s tarde, mientras recuperaban fuerzas con un caf\u00e9 y un <i>pintxo<\/i> de tortilla.<\/p>\n<p>Andr\u00e9s llevaba tres meses prejubilado, aunque t\u00e9cnicamente estar\u00eda en paro un a\u00f1o y nueve meses m\u00e1s. Hab\u00eda supuesto una conmoci\u00f3n terrible para \u00e9l darse cuenta de que no era imprescindible en la empresa. Pese a los ERE y los despidos y las prejubilaciones que hab\u00edan sufrido muchos de sus compa\u00f1eros, su marcha, la suya propia, le hab\u00eda pillado por sorpresa. Confiaba en ascender un par de pelda\u00f1os m\u00e1s todav\u00eda; tal vez, incluso, llegar a ser el jefe de todos. Pero no le hab\u00edan dado tiempo. Le hab\u00edan \u00abdejado ir\u00bb, al estilo americano. Lo hab\u00edan devuelto a la selva como a un tigre criado en cautividad, a traici\u00f3n, y encima pretend\u00edan venderle la idea de que le hab\u00edan hecho el favor de su vida.<\/p>\n<p>Su mejor amigo hab\u00eda ca\u00eddo fulminado por un ictus nada m\u00e1s jubilarse, as\u00ed que Andr\u00e9s adquiri\u00f3 la costumbre de andar cinco kil\u00f3metros todas las ma\u00f1anas. Sal\u00eda de casa con las lega\u00f1as puestas y se despejaba con la brisa que entraba del mar. Siempre que no hubiera amenaza de lluvia furiosa, bordeaba los acantilados a medida que el d\u00eda se iba cargando de luz o de nubes. Las farolas no se hab\u00edan apagado a\u00fan cuando entraba en la casa vac\u00eda con el peri\u00f3dico bajo el brazo, se daba una larga y placentera ducha y se permit\u00eda un desayuno de buffet hotelero.<\/p>\n<p>El paseo estaba m\u00e1s concurrido de lo que pensaba. Casi todos jubilados como \u00e9l, amos de casa forzosos, y grupos de abuelitas vigorosas y parlanchinas. Hab\u00eda llegado a conocerlos de vista a todos, a reconocerlos horas m\u00e1s tarde en la panader\u00eda o en el supermercado, lo mismo que lleg\u00f3 a memorizar las caras de aquellas personas con las que coincidi\u00f3 en el metro durante a\u00f1os. Pero en el metro nadie se saludaba porque los viajeros no se reconoc\u00edan como parte de un mismo grupo. Los paseantes ma\u00f1aneros conformaban una casta diferenciada, cuyos miembros, por un motivo u otro, estaban condenados a disfrutar de todo el tiempo del mundo.<\/p>\n<p>Desde aquella ma\u00f1ana en la fuente, Andr\u00e9s empez\u00f3 a buscar a Tere con la mirada. Aprendi\u00f3 a reconocer en la lejan\u00eda su figura bamboleante, recortada contra el paisaje a veces difuso por la bruma. Cuando avistaba los remates fosforitos de sus zapatillas deportivas empezaba a preparar la sonrisa, disimulada entre las barbas que exhib\u00eda desde que lo prejubilaran. Qu\u00e9 hay, dec\u00eda \u00e9l, y ella le deseaba los buenos d\u00edas. Aunque ella le llevaba la delantera, la zancada de Andr\u00e9s era m\u00e1s amplia y un d\u00eda termin\u00f3 alcanz\u00e1ndola al principio del paseo, donde los chalets individuales dejaban paso a los bloques de pisos y las campas l\u00fabricas de roc\u00edo ced\u00edan al asfalto.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9? \u00bfHay gazuza? \u2014dijo ella, seguramente por hablar de algo, pero los pasos de ambos se dirigieron, siguiendo un impulso l\u00f3gico, al bar m\u00e1s pr\u00f3ximo. No hubo premeditaci\u00f3n en aquel primer desayuno.<\/p>\n<p>Aquella ma\u00f1ana hablaron del divorcio de Tere, de sus respectivos hijos. Tere hab\u00eda sido ama de casa y llevar al colegio a sus seis hijos durante a\u00f1os hab\u00eda hecho que se acostumbrara a madrugar. Andr\u00e9s dijo que a \u00e9l le despertaba muy temprano la alarma de su mujer, pero no mencion\u00f3 que siempre esperaba a que Isabel se hubiera marchado antes de levantarse de la cama.<\/p>\n<p>Isabel era la directora regional de la Caixa. Cuando Andr\u00e9s trabajaba, quedaban todos los d\u00edas para comer juntos un men\u00fa (o un par de <i>pintxos<\/i>, si el trabajo apretaba). Desde la prejubilaci\u00f3n de Andr\u00e9s, Isabel intentaba ir a comer a casa siempre que le era posible y jam\u00e1s torc\u00eda el morro cuando su marido hab\u00eda tenido un d\u00eda experimental en la cocina. Muchas veces el trabajo no se lo permit\u00eda, y Andr\u00e9s com\u00eda con la radio puesta y guardaba las sobras. Para cuando Isabel se lo llevaba a la boca a la hora de cenar, la nevera hab\u00eda convertido el <i>risotto<\/i>, jugoso a las tres de la tarde, en una bola de billar con trocitos de champi\u00f1\u00f3n incrustados.<\/p>\n<p>Isabel siempre hab\u00eda ganado mucho m\u00e1s dinero que \u00e9l; Andr\u00e9s se preciaba de ser un hombre moderno, y hab\u00eda aprendido a convivir en silencio con el sentimiento de inferioridad que aquello le provocaba. Desde que estaba en el paro se sent\u00eda secretamente molesto con su mujer. Le hab\u00edan alegrado sus \u00e9xitos profesionales cuando fueron parejos con los suyos, pero ahora que \u00e9l era un trapo que nadie quer\u00eda, la envidia le pellizcaba los ojos. Por edad pod\u00eda haberse prejubilado ella tambi\u00e9n, y Andr\u00e9s en parte lo deseaba; de hecho, no pod\u00eda evitar reprocharle que ni siquiera le hubiese cruzado la mente aquella posibilidad. Pero \u00e9l jam\u00e1s lo sugiri\u00f3; al fin y al cabo, mientras Isabel se mantuviese ocupada tendr\u00edan algo de lo que hablar a la hora de la cena.<\/p>\n<p>Lo cierto era que a Isabel su posici\u00f3n le imped\u00eda comprender los cambios que hab\u00eda experimentado la vida de su marido. Hasta que conoci\u00f3 a Tere, en una ma\u00f1ana Andr\u00e9s charlaba con un m\u00e1ximo de tres personas: con el panadero, con el pescadero o el carnicero y con el vecino con el que le tocara subir en el ascensor. Las conversaciones se iniciaban invariablemente, como todo di\u00e1logo de ascensor, con una observaci\u00f3n sobre el tiempo, lo que provocaba en Andr\u00e9s una sensaci\u00f3n perpetua de <i>d\u00e9j\u00e0 vu<\/i>. En aquellos intercambios casi estereotipados no hab\u00eda ning\u00fan tipo de conexi\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Tenemos que sacar provecho del tiempo que tenemos \u2014sentenci\u00f3 Tere semanas m\u00e1s tarde, cuando el caf\u00e9 y el <i>pintxo<\/i> ma\u00f1aneros se hubieron convertido en h\u00e1bito\u2014. Esto es como un premio. O, por lo menos, as\u00ed nos lo tenemos que tomar. Tiempo para nosotros. Toda la vida viviendo para los dem\u00e1s. Los hijos, la pareja, la empresa. Hay quien llega decr\u00e9pito a jubilaci\u00f3n y ya solo le queda morirse.<\/p>\n<p>\u00bfNo hab\u00eda algo que Andr\u00e9s siempre hubiese querido hacer y a lo que nunca hubiera podido dedicar el debido tiempo?<\/p>\n<p>\u00c9l tuvo que pararse un minuto a pensar.<\/p>\n<p>\u2014De joven escrib\u00eda. Unos poemas muy cursis. Alg\u00fan cuento. Cuando mi padre se enter\u00f3 de que hab\u00eda ganado un concurso local casi me parte el alma en dos. No quer\u00eda artistas en la familia.<\/p>\n<p>\u2014Pues a m\u00ed \u2014dijo Tere inclin\u00e1ndose y bajando la voz como si estuviera a punto de confesar alguna verg\u00fcenza\u2014 siempre me ha gustado cantar.<\/p>\n<p>Cuando eran peque\u00f1os les cantaba a los ni\u00f1os, a veces canciones inventadas. Hac\u00eda varios meses se hab\u00eda unido a un coro de mujeres. Le gustaba sentirse envuelta por la cascada de voces que surg\u00edan en torno a ella, voces agudas, voces graves, voces dominantes o sumisas. Todav\u00eda le costaba ce\u00f1irse a la voz que le correspond\u00eda, no dejarse arrastrar por la melod\u00eda principal. Supon\u00eda un reto la aparente contradicci\u00f3n de mantener la propia independencia y, al mismo tiempo, abandonarse al sentimiento de grupo.<\/p>\n<p>Andr\u00e9s le pidi\u00f3 que le cantara algo. Aqu\u00ed no, dijo ella. Y as\u00ed fue como terminaron en su casa.<\/p>\n<p>Andr\u00e9s cerr\u00f3 los ojos mientras aquella voz grave lo desgajaba de la consciencia.<\/p>\n<p>Hicieron el amor a plena luz.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Durante un rato nadie dijo nada. Andr\u00e9s levant\u00f3 los ojos del papel y devolvi\u00f3 t\u00edmidamente las sonrisas que le dirig\u00edan sus compa\u00f1eros.<\/p>\n<p>\u2014No est\u00e1 acabado \u2014se excus\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Enhorabuena \u2014dijo el profesor, y el murmullo de asentimiento que sigui\u00f3 le hizo cosquillas a Andr\u00e9s en las orejas\u2014. Todav\u00eda hay mucho que pulir, pero es un comienzo estupendo. Me alegro de que al menos alguien me haga un poco de caso.<\/p>\n<p>El profesor les hab\u00eda aconsejado que empezaran escribiendo sobre cosas conocidas. Andr\u00e9s, obediente por naturaleza, hab\u00eda perfilado un relato sobre una pareja distanciada, perturbada la rutina matrimonial por la inesperada prejubilaci\u00f3n del marido, pero una r\u00e1faga de viento sur le arrebat\u00f3 las hojas, que planearon amarillas sobre los acantilados. Fue entonces, entre juramentos, cuando avist\u00f3 en la lejan\u00eda el conocido destello fosforito de sus zapatillas deportivas. Andr\u00e9s la observ\u00f3 acercarse hasta que el contorno de su figura bamboleante se hizo casi palpable, inalcanzable del todo. Entonces baj\u00f3 la vista. Cuando la mujer pas\u00f3 junto al banco en el que Andr\u00e9s se hab\u00eda sentado a escribir, dejando un leve rastro entremezclado de sudor y colonia, el bol\u00edgrafo de Andr\u00e9s ya estaba imagin\u00e1ndola. Se llamar\u00eda Teresa. 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