Un duelo ¿amañado?: Job versus Jehová (II)

El libro de Job: Una segunda lectura.

 

El libro de Job empieza como si fuese un cuento (”Había en el país de Us un hombre llamado Job….”) pero, evidentemente, no lo es (11). Se trata de un libro Sapiencial (12), inscrito en esa monumental colección de libros que es la Biblia, entre el segundo libro de los Macabeos y los Salmos.

A día de hoy, el autor es desconocido, aunque hay tradiciones que pretenden atribuirlo a Moisés, otras a Eliú o incluso a Salomón.

La Wikipedia, fuente popular de consulta, informa de que “aunque algunos especialistas datan el libro entre el año 500 y el año 250 antes de Cristo, su cita en antiguos manuscritos judíos descartan tal opinión. Popularmente se considera que este fue escrito alrededor del año 3500 a.C” (lo que es, por muchas y diversas razones, un absoluto despropósito; este opinión es mía pero avalada por muchos especialistas a los que sí importa la correcta datación). La propia Wikipedia resitúa el texto, en función de sus arameísmos y por la problemática tratada, en una época posterior a las depor-taciones coincidiendo con los tiempos del profeta Malaquías (entre el 538 y el 330 a.C.) lo cual descartaría de la autoría, en principio, tanto a Moisés como a Salomón (aunque si es cierto que éste propicio la creación escuelas de escribas que desarrollaron y cultivaron el estilo y los textos sapienciales).

En cuanto a la temática, todos los estudios consultados coinciden en que versa sobre el sufrimiento del inocente, sobre la injusticia hacia el hombre bueno, libre de culpa, y el aparente triunfo del malo que campa a sus anchas exhibiendo su felicidad.

Esa desincronía es un tema que ha interesado mucho a la filosofía y, antes que a ella, a esa sabiduría encriptada que es la mitología.

Job, tal y como dice el versículo 1,1, es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal. Todo un dechado de virtudes. Sin embargo, Dios se lo “juega” en inusual –confío- partida con Satanás (“el Adversario”, que en vez de estar confinado en su infierno, alejado de Dios, se codea con sus hijos que van a presentarle sus respetos al Señor y se permite charlar animadamente con él).

A partir de aquí surge la terrible incógnita de la permisividad del mal.

Le toca a Job ser víctima de todo tipo de males y pruebas sin que alcance ni de lejos a intuir por qué.

El relato nos cuenta la intervención de tres buenos amigos, Elifaz de Temán, Bildaj de Súaj y Sofar de Naamá, que le visitaron, estuvieron con él “siete días, siete noches” (un número muy simbólico en todos los relatos de la Biblia) y trataron de consolarlo, entablando diálogos con él para intentar desentrañar el porqué de tantas calamidades. Claro que no hay nada más irritante que el que te inunden de razones cuando estás desolado y Job se defiende lo mejor que sabe porque está  absolutamente seguro de su integridad. A pesar de ello, no puede por menos que sentirse deprimido hasta el extremo de desear no haber nacido (versículos 3,1 a 3,20).

Formula la pregunta que muchos nos hacemos cuando parece que todo se confabula en nuestra contra: “¿Para qué dar a luz a un desdichado y la vida a los que están lle-nos de amargura, a los que ansían en vano la muerte……?” (Job, 3,20).

No encuentra ningún sentido a lo que le está pasando; experimenta la desolación más absoluta y el dolor del abandono, dolor que prefigura, claramente, el experimentado por Jesús en la cruz, dolor y sacrificio que –de manera harto misteriosa- intentará dar una explicación más “novedosa” a la comunicación con Dios, al menos para aquellos de disfruten de esa fe.

Elihú, un cuarto amigo, intenta exponer otra versión: el sufrimiento fortalece el alma y el espíritu. Job no puede por menos que seguir quejándose (¡hasta su proverbial pa-ciencia tiene un límite!).

Por último Yahvé, como hemos visto en el anterior capitulo, da la cara, no para expli-car sus razones ni la permisividad hacia el Mal (Satanás y sus andanzas), sino para recriminarle sus quejas y su falta de absoluta aceptación ante sus designios, que no debe ni puede comprender, solo debe asumirlos (en una fe tan digna y exigente como   aquella de la que tuvo que hacer gala Abraham).

Los versículos, extraordinarios, en los que Yahvé remarca la incapacidad de Job (y del ser humano) para cuestionar su voluntad son un majestuoso catálogo de magnitudes inconmensurables. Todo el capítulo 38 y 39 está repleto de preguntas cuya respuesta ejemplifican la pequeñez del ser humano –a pesar de su excepcionalidad- ante  las di-mensiones de lo creado. Brillantes metáforas de lo cotidiano y de lo accesible que con-firman lo extraordinario y lo inaccesible:

 

 “¿Por dónde se va a donde habita la luz y dónde está la morada de las tinieblas….?”

(…)

“¿Has penetrado hasta los depósitos de nieve y has visto las reservas de granizo?”

(…)

“¿Del vientre de quién sale el hielo, y quién da a luz  la escarcha del cielo…………?”

(…)

 “¿Anudas tú los lazos de la Pléyades o desatas las cuerdas de Orión……?”

(…)

 “¿Cazas tú la presa para la leona y aplacas el hambre de sus cachorros…..?”

(…)

  “¿Aceptaría servirte el toro salvaje y pasará la noche junto a tu establo…..?”

 

Dios deja constancia de su inacabable creatividad y de la imposibilidad de entender lo que está más allá de todo entendimiento (cobra aquí pleno sentido la pregunta que se hace Campbell y que nos hacemos todos “¿Podemos abarcar con nuestras cabezas, con nuestra conciencia, lo que en apariencia es inabarcable e infinito?” (13)).

Yahvé establece los parámetros de lo sublime y la respuesta del Libro de Job ante ello es la aceptación total, absolutamente entregada; con todo el Señor continua dos ca-pítulos más, 40 y 41, cuestionando (“yo te preguntaré, y  tú me instruirás”) el conato de arrogancia de Job.

La rendición de Job ante tal despliegue de evidencias es completa (Job, 42):

 

Yo sé que tú lo puedes todo y que ningún proyecto es irrealizable  para ti.

Sí, yo hablaba sin entender, de maravillas que me sobrepasan y que ignoro.

(…)

Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos.   

Por eso me retracto, y me arrepiento en el polvo y la ceniza.

 

Job descubre a Dios a través de sus creaciones. Se rinde ante lo incomprensible. No es que renuncie a entender lo que le rodea, sino que es capaz de percibir más allá de lo que alcanza el intelecto. Como bien señala mi admirado y varias veces citado Joseph Campbell: “Si la eternidad, por definición, está fuera o más allá de la temporalidad, trascendiendo a todas las categorías, tanto de la virtud como de la razón (el ser y el no ser, lo uno y lo múltiple, el amor, la justicia, el perdón o la ira…), el término “Dios” es en sí mismo una metáfora de la mente ignorante, expresión connotativa no sólo de lo que está más allá de sí mismo, sino incluso también del pensamiento” (14).

 

4- Problemas filosóficos y teológicos planteados, y breves conclusiones.

Job visitado por los amigos

 

En el largo poema que constituye el libro de Job (de todo el libro la mayoría de los capítulos, del 3 al 42, están redactados en forma de poema), los discursos explicativos muestran posiciones diferenciadas ante lo que está sucediendo.

A la pregunta “¿Por qué sufren los justos?”, los tres amigos de Job insisten, de una manera u otra, en que el sufrimiento es un castigo por el pecado en su vida (15) (la necesidad de encontrar una lógica a lo que acaece ha hecho imaginar todo tipo de respuestas, desde la inconsciencia del “pecado”, hasta el “pecado original” o los “pecados” en vidas anteriores que no podemos reconocer ni enmendar).

Job insiste en su inocencia, a pesar de las presiones del entorno que intentan convencerle de lo contrario.

Elihú, el cuarto amigo, insiste a su vez en la necesidad de someterse, de acrisolarse en el sufrimiento exigido por Dios; hay que aceptar las “pruebas” a las que se nos somete para “purificar” la vida.

Una curiosa antropología.

Desde mi punto de vista, a las preguntas de Job, sólo Dios puede realmente responder, ya que la interpretaciones que hacemos todos sólo son, necesariamente, lecturas sub-jetivas, valoraciones de lo que creemos que puede ser la voluntad de Dios.

Hay un insalvable abismo entre Dios y el Hombre que el Libro de Job intenta explicar a través de un concepto tan complejo y controvertido como es el del pecado, aunque no se decanta por ninguna de las meditadas respuestas de los amigos de Job sino que deja a Yahvé la última palabra.

En el conflicto cósmico que nos narra el libro que nos ocupa – del que desconocemos todo acerca de él (aunque se nos muestre como un “juego permisivo)- podemos actuar por intuiciones profundas o por fe. Antes que racionalizaciones, el libro de Job muestra la necesidad de confiar, caiga quien caiga, en Dios. Debemos confiar en él, no solo cuando no entendemos, sino porque no entendemos.

Claro que para ello hay que dar un salto mayúsculo de la racionalidad hacia un “algo” que nos resulta realmente abismal…

Claro también que nuestra mente no es la mente de Dios (16) y que resulta cuando menos arrogante y presuntuoso ponerse en su lugar…

Job asume y acepta a pesar de que Yahvé no entra en el debate, limitándose a mostrar su trascendencia; finalmente es justamente recompensado.

Pero ¿alguna explicación para el Mal, más allá de la imposibilidad de comprensión de designios o voluntades divinas?

Hay  claros puntos de diferencia con otros relatos bíblicos:

En la historia del pecado original el mal era, claramente, un alejamiento de Dios. El relato explicaba la ruptura con Dios –con la plenitud- en el afán del hombre por tras-pasar los límites del “jardín” (bello y poderoso símbolo: el hombre feliz en la natu-raleza domada y limitada). Inevitable la ruptura, previa tentación -o no- (¡el contubernio de la mujer con el Adversario se las trae!).

En la siguiente historia, la de Caín y Abel, el mal surge del enfrentamiento entre los hombres. Caín mata a su hermano por envidia pero, a diferencia del primer caso, en el que de alguna manera Yahvé permite sin más la posible “ofensa”, en el drama de Caín, según el propio relato, Dios “participa” en cierto modo en el agravio comparativo: ¿A santo de qué acepta el sacrificio de Abel y no el de Caín? Sin duda, tendría sus motivos pero al no explicitarlos se rompe la simetría, surge la preferencia y por tanto se altera el sentido de equiparación que reclama la justicia.

Si hacemos un cierto “iter críminis”… ¿el crimen de Caín no es una consecuencia del injustificado –a priori, al menos- “favoritismo” de Dios?

En la historia de Noé se nos muestra a un Dios harto de su creación ya que los hom-bres se han rendido al Mal (pre-existente y tentador). Otro pulso cósmico perdido que propicia un arrebato de aniquilación; millones de toneladas de agua  limpian la Tierra y  se recrea al hombre a través de un ser que se mantuvo justo –o más bien fiel-, Noé.

Desde luego el dios de la Biblia no es un “motor inmóvil” que diría Aristóteles, tampoco un ente absolutamente alejado de la vida sino, más bien, un Dios que reúne en sí mismo todas las fuerzas del universo, las buenas y las malas, las luminosas y las oscuras. Todos los abismos y profundidades se concentran en este Dios que, nos guste o no, se implica en sus logros y en sus fracasos (un Dios todavía no releído e interpretado por un ex maniqueo  como Agustín de Hipona).

Cuando llegamos al relato de Job nos encontramos con un Satán que no es precisamente un “enemigo” de Dios, sino una especie de “funcionario” escéptico ante su obra. Incita a Dios para que haga un experimento –le tienta- y éste acepta sin remilgos, seguro como se siente de la lealtad de Job (pero ajeno, por lo que parece, a su bienestar).

Como hemos visto ya ampliamente, éste aguanta lo indecible y se muestra sumiso ante las calamidades, aunque el cambio de actitud que nos narra el Libro me parece clave: Job empieza a desesperar y a mostrarse reactivo ante la voluntad de Dios, mucho más todavía cuando entran en acción los amigos que quieren convencerle de que el mal es un castigo divino debido a algún pecado. Job quiere aguantar el dolor pero no la conciencia de haberlo merecido.

Como bien dice Safranski: “Cuando la queja de Job se transforma en una acusación, su caso pasa a ser un problema del mundo. Job acusa a Dios de que éste haya permitido un mundo moralmente desordenado. ¿Por qué viven, pues, los pérfidos? Envejecen y aumentan sus bienes. Y ¿por qué pasan hambre los pobres? No porque sean impíos sino porque los ricos los oprimen. Estos hacen que los despojados vayan desnudos y quitan las gavillas a los hambrientos. Los pobres tienen que moler el aceite ajeno y no retienen nada. Pisan sus propios lugares y padecen sed. Los impíos “hacen suspirar a la gente de la ciudad y dejan gimiendo el alma de sus víctimas pero Dios no los derriba (……). Esto sólo permite una conclusión: “El malo se conserva en el día de la depravación, y permanece en el día de la ira”. Dios hace perecer a los justos y a los injustos, sin deferencias con la persona. El justo no recibe ninguna recompensa; se rompe “como un árbol podrido”. (17).

 

 

Si los amigos abogan por un Dios justo y ordenan su argumentación en torno a un concepto previo, Job se limita a constatar la evidencia de la injusticia de Dios. Desde luego nos queda muy claro que, como mínimo, Dios es un Dios insondable, que rompe los nexos de la causalidad  y previsibilidad con su comportamiento.

Cuando finalmente se digna aparecer en respuesta a las quejas de Job, no intenta de-mostrar la justicia del mundo, como ya hemos tenido ocasión de ver en los capítulos anteriores, sino que alardea de su poder (de una forma muy bella, ciertamente). Pero estoy completamente de acuerdo con la tesis de Safranski: “Se reviste del poder de-moníaco de un Dios de la naturaleza. Desde el punto de vista de la injusticia, de la que Job se queja, este alarde de omnipotencia no es más que una coartada. Dios elude, no responde a la acusación de Job y, por supuesto, deja de lado también los discursos de defensa de los amigos teólogos” (18).

La magnífica demostración de poder sobre la naturaleza abre en la mente del ser hu-mano  el concepto de lo sublime pero demuestra claramente que el Universo no está pensado para las “medidas” del hombre. Job capitula ente este Dios omnipotente e in-sondable, se muestra fiel a pesar del abismo. Intenta resolver con su fe la con-tradicción que observa y siente.

Curiosamente, Safranski nos cuenta como Ernest Bloch resuelve el dilema. Este autor considera que el Dios al que Job se adhiere con firmeza no es el mismo que aquel a quien se dirigen sus acusaciones. “En las quejas de Job se renuncia al antiguo Yahvé, el Dios del fuego y la devastación, una especie de duende divino. Se retira el crédito al antiguo Dios, para remitirse a un Dios venidero.” (….) Job no siente devoción por este Dios ufano de su poder sobre la naturaleza, por este “Dios enemigo”; más bien lo rechaza, se rebela con él. Pero conserva su devoción en la medida en que, después de éste Dios y más allá de él, piensa en otro Dios, reparador, justo y misericordioso, al que invoca y en el que deposita su confianza. Job se apoya en un Dios venidero, en un Mesías” (19).

Personalmente no tengo muy claro que su postura sea realmente una solución al pro-blema planteado pero reconozco que resuelve algunas tesituras……siempre que uno comparta esa fe.

Para mí, el valor del Libro de Job está en cómo éste muestra su desesperación ante Dios y su rechazo a las contemporizaciones de sus amigos. También en cómo pretende que no olvidemos el resituarnos según las justas “medidas” de lo que nos rodea.

No podemos analizar a Dios y el orden del mundo solo con la razón. Esa es también una buena lección, aunque eso no debe hundirnos en quietismos estériles; la indaga-ción debe ir por otros caminos que deberemos andar – me temo- irremediablemente solos.

La respuesta –posterior- a la demanda del libro de Job vino en forma de un intermedia-rio de origen divino, y ocuparía la historia de medio planeta durante muchísimos si-glos…..pero parece que todavía no somos capaces – aunque excepciones habrá- de entablar esa conexión profunda que salve el abismo, por lo que el libro de Job siempre quedará como recordatorio de los anhelos que esperan respuesta.

El famoso escritor de novelas E.M. Foster, solía decir “como voy a saber lo que pienso si todavía no lo he dicho”,  frase que ejemplifica  muy bien lo que Lacan pensaba: no solo hablamos, sino que “el Lenguaje es el que nos habla”. Si es así, algo de Dios habrá, probablemente, en el Libro de Job, porque el lenguaje no lo inventamos nosotros, nos vino  dado de “serie”, al igual que muchos de nuestros afanes más profundos. Ahí, el mito, sigue existiendo y –si lo escuchamos y contemplamos-  quizás, solo quizás, descubriremos mucho más de lo que en principio creeríamos.

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Javier Nebot
Cursó en su juventud estudios de Derecho que abandonó para dedicarse profesionalmente a la Investigación de Mercados, actividad que ha desarrollado durante más de treinta años, gestionando la Delegación en el País Vasco de las empresas Metra-Seis y Synovate. Interesado por el mundo de la cultura es un apasionado de muchas de sus expresiones: Arte, Cine, Música, Literatura.
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