710

Gymnopédie nº1    

Tócale     

Hectáreas quemadas    

Fuiste letras y en letras te convertirás  

72 días   

  

Gymnopédie nº 1

Ayer,

dos semáforos antes de llegar a casa

escuchaba en la radio

la biografía de Erik Satie:

cuánta ironía, hablar de vidas.

 

Llovía,

como llueve en los inviernos fríos

de París.

[o de cualquier otro lugar].

 

No quise entrar en el garaje

para no perder la frecuencia

y esperé en la puerta.

Diluviaba.

Los limpiaparabrisas intentaban paliar

el torrencial de agua.

Sonaba Gymnopédie nº 1.

 

Entré en casa

y antes de descalzarme la descargué en el teléfono.

Me puse los auriculares

y mientras ponía la lavadora

la escuché.

 

Fui al baño

y me senté a oscuras

para sentirla por segunda vez.

 

Parecía que ya era más mía.

Cogí el paraguas

y salí.

 

En lo poco más de cinco minutos a pie

que hay hasta la puerta del hospital,

me dio tiempo a escucharla

otras dos veces más.

 

Entré en el hall con la quinta repetición

y mientras me cruzaba con cuatro médicos

en estado jocoso,

pensé en las danzas de los dioses griegos,

medio desnudos,

ataviados con batas blancas,

estetoscopios

y una acreditación con una foto en la que siempre sonríen.

 

Mientras caminaba por el pasillo de la séptima planta

convertí las baldosas grises en los adoquines mudos

y vástagos de la infinita losa

que pisaba Satie

cuando salía de su casa.

 

Los dioses de las batas blancas

seguían riendo al final del pasillo.

 

Mi dios de la 710 guardaba silencio,

como si hablara en color gris,

como en las calles de Montmartre;

silenciosas,

mojadas,

solas.

A la espera una huella que las pise,

para seguir detenidas en el tiempo.

 

 

Tócale.

Ana oculta bajo sus vestidos de colores

un riguroso luto lorquiano.

 

Aún recuerda el sol

que le castigaba los ojos

cuando se despedía de su madre

en aquella tarde de verano.

Ana vestía de negro,

calzaba de negro y

en su mano un pañuelo blanco.

 

Habían pasado la última noche juntas

y en silencio.

Sin poder hablar.

 

Ayer

Ana me llamó.

Hablamos desde el pasillo.

 

Nuestra conversación

quedó varios segundos sin palabras.

 

Los dos llorábamos

a la vez.

 

Me dijo:

Tócale y acaríciale.

Huélelo.

Hazlo varias veces.

Muchas.

Todas las que puedas.

 

Volví a entrar en la habitación.

Me senté a su lado.

Mi madre al otro.

Cogí su mano.

Y sentí

que era el mejor olor del mundo.

La piel más pura.

Recorrí con mis dedos los suyos.

 

Cada caricia

era la mano de un violonchelista principiante

sobre las del luthier que había construido mi vida.

 

Y el olor,

el mismo que mantengo entre la ropa de tu armario

mi droga en las tardes grises,

en las noches que no duermo,

para saber que sigues conmigo,

aunque no estés.

 

Hectáreas quemadas

Aquel mes de enero no hubo paraguas,

ni baldosas sueltas que mojaban al pisarlas.

 

Los montes quemaban,

uno tras otro.

 

Una noche uno

y la siguiente otro más grande.

 

Y el aire que era caliente, también quemaba.

 

Aquel mes de enero no quería abrigos

ni guantes

ni bufandas.

 

Aquel mes de enero decidió reventar

los gilipollas registros

para ser el enero más caluroso

del último siglo.

 

Detrás de aquellas tres ventanas

[sin manilla]

observabas las horas de sol.

 

Sabías que a las ocho de la mañana

el sol brillaba encima del pararrayos del edificio de enfrente.

Que a las dos de la tarde

el sol estaba sobre el velux de aquel ático

y a las siete de la tarde preferías no mirar,

ni pensar, ni estar.

 

Sabías que era tu último enero,

tu último mes,

tus últimas semanas.

 

Tú lo sabías y yo no quería saberlo.

Por eso no lo comentábamos.

 

Preferíamos hablar de los incendios

y de las hectáreas de monte quemado.

 

Como si lo tuyo no quemara suficiente.

 

Fuiste letras y en letras te convertirás

Cada noche

encendías la lámpara de aquella mesita.

 

Activabas la alarma del reloj.

Doblabas la almohada a la mitad

y abrías uno de aquellos libros

que había en la estantería del salón.

Infumables:

los clásicos más clásicos;

desde el Hamlet de Shakespeare

a la Divina Comedia de Dante

pasando por Descartes.

Y tú no descartabas.

 

Tu rigor te había llevado a empezar

por el primer volumen

y que las noches,

las semanas

y los meses

fueran pautando tu lectura nocturna.

 

Acabaste la colección de los libros azules

la de los verdes y la de los naranjas.

 

Leías cuanto caía en tus manos;

desde los folletos del supermercado,

la letra pequeña de los concursos del periódico

o los prospectos de cada una de aquellas cajas de paliativos

que te acompañaban cada despertar.

 

Leías.

Interpretabas.

Ironizabas.

 

Y ahora eres cenizas dentro de una caja.

De una caja que simulan tres libros,

que seguro ya te has leído.

 

72 días.

Pasaron 72 días.

Más de 1700 horas

desde que hablaste la última vez.

Desde que le dijiste a Gaspar

que se llamaría como tú.

Otro Manuel. Y callaste.

 

El silencio de estos dos meses,

largos e infinitos,

tan sólo se interrumpió

con otros silencios superpuestos

y por ataques de pánico o dolor

o impotencia.

 

Aquel mediodía,

72 días después de haber construido tu último silencio,

nació Manuel.

 

Como si supiera que venía al mundo

a rendirte homenaje,

luchó por sí solo

hasta respirar el aire de aquella sala de hospital;

el mismo que tú respiraste por última vez.

 

Nació sin hacer ruido,

porque en tu genética está el prohibido molestar.

 

Solamente un gesto

hizo lo suficiente para explotar y llorar,

para cerrar los ojos

y mostrarnos que el dibujo de tu boca estaba en él.

72 días después,

volvías.

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Jose Luis Remis Garcia

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  • 710 - 20 marzo, 2018

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