Aquellos polvos

La distancia da perspectiva por definición, pero no nos convierte necesariamente en Unamuno en Hendaya ni, por suerte, en Machado en Colliure o Chaves Nogales en Londres. Cuando los emigrados hablamos del país, como mucho nos encabronan la entronización de la mediocridad, el compadreo, el desdén del mérito, la inseguridad de los encumbrados, la saña con sus subalternos y la frustración de los talentosos nadando en la mugre por falta de habilidad o vocación para trepar por la cucaña. Y así, indignados y solemnes, los emigrados nos igualamos a los torturadores de Ignacio Jurado Martínez, con la diferencia de que hoy aquel abnegado camarero no sabría por dónde empezar a solucionar sus problemas.

Fotografía familia Ibarrola

Fotografía familia Ibarrola

A Ignacio Jurado, nacido en El Cómichi en 1918, se llega por una de las innumerables rutas secundarias que traza Gregorio Morán (Oviedo, 1947) en las 792 páginas de El cura y los mandarines, tomo que consiguió publicar a la segunda hace un año. De aquella polémica por el breve capítulo sobre la RAE quedan la publicidad gratuita y el pitorreo de la portada de esta edición, con su foto sacada del website de la propia Academia. En todo caso, lo que importa es que ha visto la luz un montón de historias que debían dejarse al menos esbozadas para las generaciones venideras y acaso para las actuales y pasadas. A unos podrá servirles de toque de atención para reexaminar su pasado, y a otros les ayudará a entender algunas cosas y no atormentar al camarero de turno.

Da la impresión de que a Morán se le conoce poco y mal. Es cierto que es un columnista duro y franco, como saben los lectores de sus Sabatinas intempestivas en La Vanguardia, pero lo que le distingue en el panorama español son dos rasgos constantes en su obra: por un lado, su explícito desprecio por la pereza y la indolencia, a cuyos culpables no duda en señalar con nombres y apellidos y, por el opuesto, su aprecio por la coherencia personal y, llamativamente, el valor físico, consideraciones ideológicas aparte. Así se explica que, habiendo militado en el Partido Comunista de la clandestinidad, sea más elogioso con el falangista Dionisio Ridruejo que con Santiago Carrillo.

Esta perspectiva moralista puede resultar cansina: aparte del riesgo de caer en la demagogia o de acabar como Savonarola, en un libro como éste –largo y profuso en nombres y datos sin espacio para mucha glosa– tanto palo puede desdibujar su trabajo. Sin embargo, su dureza no es indiscriminada. Por ejemplo, Morán no se resiste a cebarse con Julián Marías –a quien considera intelectualmente endeble– pero, a la vez, se ha detenido a denunciar la injusticia inapelable de que se le denegara la cátedra universitaria tras la guerra civil por su lealtad a Besteiro.

También llama la atención cómo plantea las cosas Morán. A la conclusión de que el hilo conductor del libro debía ser Jesús Aguirre –el cura del título, hijo de madre soltera y a la postre Duque de Alba– llegó por inducción, sin saberlo a priori; de hecho, tuvo que cambiar de enfoque al darse cuenta de que Aguirre había estado implicado, generalmente presente, en todos los hitos históricos del periodo que aborda, como el contubernio de Múnich o el funeral de Julián Grimau (y por omnipresencia que no quede: como se ha sabido hace poco, Aguirre casó a Manuela Carmena, actual alcaldesa de Madrid).

Otro punto destacable de Morán es la solidez de su beligerancia: uno de los pilares de El maestro en el erial (Tusquets, 1998) –una suerte de primera parte de El cura y los mandarines– es la relación acomodaticia de Ortega y Gasset con el franquismo. Se le ha rebatido, incluso descalificado (como Juan Pablo Fusi en esta entrevista), pero nunca desmintiendo los datos que da en dicho libro, entre los que se detallan cifras, fechas y las respectivas fuentes. A este respecto, es llamativa la furibunda metedura de pata de Muñoz Molina sobre lo que Morán dice de Martín-Santos en el libro: o lo ha leído mal o no lo ha leído.

Acaso sea ese el motivo por el que Morán no sea más conocido, el de acallar o ignorar a un tipo duro y leído, difícil de rebatir. Así como se habla mal o muy mal de mucha gente en España, de Morán, por la razón que sea, apenas se habla. Tampoco ayuda que sea La Vanguardia donde escribe y que buena parte de su bibliografía esté descatalogada o no se reedite (aunque parece que Akal y Pepitas de calabaza están tratando de desfacer tamaño entuerto).

El cura y los mandarines es una historia de las magras élites culturales españolas entre 1962 y 1996, entre la constatación de que no había alternativa a Franco vivo (Asturias, Grimau y el fracaso de Múnich) y la salida de Felipe González de La Moncloa. Por lo que explica el propio Morán, buena parte de la producción cultural en el franquismo no llegaba al gran público y su misión aquí es alumbrar, con más resignación que épica, aquella catacumba espiritual, las dificultades y los riesgos que entrañaba llegar más allá de la árida oferta oficial. Aunque sólo sirviera para tener una idea más completa de lo que pasó, quizás sí se echan en falta más referencias a la “cultura popular” de la época, en un país uniformado por un canal único de televisión, un único servicio informativo para todas las radios y un único periódico los lunes; un país en el que El gran dictador se estrenó con 35 años de retraso.

El relato tiene dos vertientes: la política y la cultural. La política se aparta de la versión oficial de la historia reciente. Los que hicimos la EGB no solíamos llegar al siglo XX español; por falta de tiempo, decían. Así pues, de los años del franquismo, Morán nos hace el favor de recordarnos hechos como la suspensión de la libertad de residencia a raíz del contubernio de Múnich, eventos como los Congresos Nacionales de Moralidad en Playas y Piscinas, o el delirante año 1964, el de la renovación totalitaria del régimen, la celebración de los “XXV años de paz” en Barcelona, la euforia petrolífera en Burgos y el gol de Marcelino.

En el murmullo que ha rodeado a este libro, uno de los puntos salientes es su crítica radical de la Transición. Tal como la cuenta, sus protagonistas pueden clasificarse entre los que fracasaron, como Manuel Sacristán, y los perplejos, como Max Aub –ambos merecen sendos capítulos–; los que tuvieron que emigrar y no les fue mal, como López Aranguren; los inclasificables, como Jorge Semprún o José Hierro; y los que remaron a favor de corriente y después han hecho como si nada. Si la Transición colectiva es la resultante de las diversas transiciones individuales, sume y juzgue usted mismo. Como dice el propio Morán, «que unos hayan puesto más o menos en sordina esa parte de su biografía tiene sus motivos; que nosotros hagamos lo mismo, carece de todo sentido que no sea la candidez».

De esa historia cultural, lo literario se lleva una generosa porción de texto, no sólo por sí mismo sino como transmisor de ideas. A los lectores de La espiral les interesará la crítica feroz al concepto de Generación (del 98, del 27) y la avalancha de referencias literarias que trae el libro, en la que se encuentran joyitas como La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco de Max Aub (1960), el cuento que protagoniza el camarero de mi primer párrafo. A pesar de las diferencias entre el franquismo y la democracia, la relación del mundo literario con el poder –con sus elementos rebeldes aquí y allá– muestra rasgos de continuidad que no mejoran necesariamente con el paso de los años. La presencia de Jesús Polanco en los orígenes de las editoriales Santillana y Taurus –Aguirre una vez más– y años después en PRISA, es un buen ejemplo de ello. Como nodo de cultura y poder, el diario El País se lleva un capítulo entero, del que llaman la atención, ocultos tras la posterior pátina socialdemócrata, sus orígenes a la derecha del espectro político, con Ricardo de la Cierva como principal columnista y un accionariado que incluía a Serrano Suñer.

Fotografía familia Ibarrola

Fotografía familia Ibarrola

Dado el peso real y figurado de este libro parecerá una frivolidad criticar sus aspectos técnicos, pero La espiral es una revista literaria y además el propio Morán invita a la crítica al señalar él mismo los problemas sintácticos de alguno de sus protagonistas. En breve, el texto no tiene una prosa fluida y su extensión –está escrito a rachas–  no hace más que resaltar este rasgo. Aparte de construcciones y palabras favoritas (como exégeta, acendrado, inmarcesible, bordón o embeleco), digresiones superfluas (recadista, «sesina»)  o repeticiones innecesarias (Cantabria como neologismo), a veces su sintaxis parece el resultado de escribir como se habla. En cualquier caso, y esto preocupa, el libro adolece del descuido que aqueja al sector editorial en español, un problema generalizado aún más notable en un tomo de estas dimensiones. En el relato de la ruptura con la primera editorial, Morán dejó dicho que se habían leído las primeras y segundas pruebas, pero el volumen de erratas indica que esas pruebas no han podido usarse, o que aquellas lecturas, de haberlas, fueron superficiales (en este sentido, la comparación con la segunda edición de su biografía de Adolfo Suárez es muy desfavorable). En cuanto a errores puntuales, al hablar de Martín-Santos quien conozca el terreno notará la confusión de colegios de San Sebastián (maristas por marianistas, p. 179) y la especulación innecesaria respecto del escenario de Tiempo de destrucción, que Morán sitúa con «absoluta seguridad» en Vitoria (p. 241), cuando por su propia descripción (18 mil habitantes, río-cloaca patrocinado por la industria papelera, el carnaval), y por lo que dicen la biografía de Martín-Santos de Pedro Gorrotxategi (citada por Morán) y el prólogo a la edición original de la novela, ésta transcurre en Tolosa.

Estos errores y la posibilidad de otros –lo contrario sería humanamente imposible– no desmerecen a El cura y los mandarines. La guerra civil es un episodio que merece toda la atención que ha recibido en los últimos tiempos, pero fueron tres años frente a estos 34 que abarcan desde el ocaso del falangismo al del felipismo, del centralismo a la disgregación, con una historiografía patética –aún no se sabe exactamente quién asistió a Múnich y los archivos del Movimiento fueron incinerados en 1977–, que urge estudiar.   Este es un libro fascinante de una extensión y densidad abrumadoras, a medio camino entre la historia y el periodismo, cercano en ocasiones a lo amarillo, y provocará dudas ante tanto juicio categórico sin glosa. Con parte del material recuperado de libros anteriores, tiene mucho de compendio, de aluvión de nombres, pero como repositorio de pistas a seguir es indispensable y, como retrato puntillista de una época, con sus pliegues y arrugas, se percibe real.

Aquilatar los sueños, y achicarlos tanto que acabaran por ser un patético remedo de la ambición primigenia. Eso daba al mandarinato unas dosis de cinismo y descreimiento que quizás fueran la característica más notable de esa generación, su impostura. Nadie era del todo y en verdad, fundadamente, lo que aparentaba ser.

Gregorio Morán, El cura y los mandarines (p. 786)

Al principio hablaba de las conversaciones de los emigrados sobre el país. Una conclusión habitual, vaga y derrotista, suele ser la de que siempre hemos sido así, que somos presas eternas del antiintelectualismo y las oposiciones amañadas. Aunque cabría esperar lo contrario de Morán, éste se detiene a detallar historias como la de la “Carta de los 102” –esos tantos intelectuales retratándose ante la represión franquista ¡en 1963!– o la de este artículo de Sánchez-Ferlosio. Este libro sirve también para recordar los lapsos de consciencia del mundo cultural español y mantener, aunque sea moderado y con reservas, el optimismo.

 

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Fernando Ortiz de Urbina

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