Divagaciones con Rafael Reig: “El egoísmo y el desinterés por el mundo son la esencia de la maldad y además, incompatibles con la escritura”

Entrevista publicada por cortesía de Gemfeed, en octubre de 2014

Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) afirma que nunca ha pensado tan bien como cuando estaba en la veintena. Nos lo imaginamos en esa época rodeado de buenos amigos, afilando la actitud crítica a base de lecturas, de emulación dialéctica y de cigarrillos. Con él resulta fácil tocar asuntos de gran calado sin artificios ni remilgos: no pontifica, comparte. Y muy a menudo dice las cosas con guasa, sonriendo ampliamente con los ojos y el bigote. Compagina diversos oficios: profesor en la escuela de creación literaria Hotel Kafka (“antes los ‘talleres’ los hacíamos en los bares con amigos”), librero en Cercedilla – de hecho, es “el librero de Cerce” – pero su ocupación primordial es la escritura: van ya ocho novelas, recibió el Premio de la Crítica de Asturias por ‘Sangre a borbotones’ (Lengua de Trapo, 2002) y el VI Premio Tusquets Editores de Novela por ‘Todo está perdonado’ (Tusquets, 2011). Contradiciendo los tiempos que corren, escribe sus novelas a mano y a máquina porque se escribe mejor puliendo palabras a la manera de un artesano. ¿Su mejor plan para un domingo por la mañana? Tomar un whisky y poner “vallenatos al canto”. Confiesa que sin ellos no puede vivir, “es que mi madre los cantaba todo el día”.

– Nació en Asturias, pasó su infancia en Colombia, ha vivido en Madrid y sus alrededores, ¿se considera de algún lado?

– Dicen que uno es de donde hace el bachillerato, así que debo de ser de Madrid. Es donde hice casi todo por primera vez. He creado a partir de esta ciudad un imaginario sentimental que procuro desfigurar en mi escritura porque no me interesa hacer una crónica. De ahí la idea de crear un Madrid navegable (decorado de tres de mis novelas) donde el pasado está hundido debajo del agua, inaccesible pero vivo. Ya ves, como soy un escritor serio yo también tengo mi territorio mítico, mi condado de Yoknapatawpha, mi Macondo, mi Comala.

– ¿Y cómo fueron sus años de joven universitario en los años 80?

– Primero estuve en la Autónoma de Madrid estudiando Filosofía y Letras, una universidad pequeña de unos quince mil estudiantes en aquel momento. Tomábamos copas con los profesores pero al mismo tiempo había un ambiente de mucha dedicación. Luego fui a hacer el doctorado a la universidad pública americana que disponía de medios excelentes. He sido feliz en sus bibliotecas donde pasaba horas y horas rebuscando libros y, como vivía sólo, me leía uno entero cada día.

Siempre decimos con mi amigo de entonces Antonio Orejudo, que nuestra época más fecunda fue entre los veinte y los treinta años hasta el punto que nada de lo que pensamos hoy en día es nuevo. También conocí en la universidad a gente como Belén Gopegui y Javier Azpeitia y no es casualidad que sean escritores hoy en día. Tuvimos una formación pedantesca, de gran esfuerzo y tensión intelectual, compitiendo por ver quién era más listo. Exigiéndonos mucho y preparándonos bien. Se lo deseo a todo el mundo.

A veces pregunto a profesores universitario si hay mucho hippy, facha o intelectualoide en la universidad. Me dicen que los chavales vienen en chándal y comen chuches cuando nosotros tomábamos coñac en el bar y leíamos a Hegel. Si alguien te pillaba sin leerlo estabas seguro de no ligar… Machado tenía razón, no se trata de hacer de la cultura algo popular sino de hacer al pueblo culto.

– Veo que le preocupa mucho el tema de la educación universitaria.

– Sí, hoy tenemos una universidad que se debate entre dos polos: aspira a ser un sitio de saber y de rigor y al mismo tiempo encarna un sistema de preparación y selección de empleados para la economía productiva. Los planes de estudios lo deciden las empresas desde que entró en vigor el Plan Bolonia, lo que es una imbecilidad: no se puede estudiar biología o farmacia en función de lo que dicten las empresas farmacéuticas y haciendo abstracción de las relaciones sociales. Asistimos a la destrucción de una universidad pública que era excelente.

– ¿Qué razones le empujan a escribir: la vanidad, el entendimiento de las cosas…?

– Para empezar creo no se puede hacer nada sin vanidad y escribir es bueno para el ego. Se escribe para sorprender a los amigos, a la gente. También se puede escribir por rencor – yo he sido siempre el gordito de la clase – o por dejar tu nombre. Da igual cuál sea el combustible, pero tiene que dar un fuego, alimentar una ambición artística.

Escribir te permite tres cosas: primero es una forma de leer la tradición literaria. Cada escritor propone una tradición literaria y no otra, la reinterpreta de otra manera. También es la mejor manera de aprender a leer la realidad, de entenderla. Leer y escribir es cifrar y descifrar mensajes, y poder transmitirlos. Por último, permite una lectura de uno mismo. Como decía Juan Benet, “si no fuera por los demás, ¿qué sabríamos de nosotros mismos?” Así que para mí, escribir es vivir más intensamente. Y ser escritor es una forma de identidad personal, la única forma en la que me veo feliz. Sin embargo, uno se juega la identidad cada vez que escribe. Por eso los escritores somos gente vulnerable, aunque no se nos nota mucho porque somos gente de recursos.

– A la hora de escribir, ¿utiliza materiales que extrae de su propia vida?

– No, no creo que haya que acumular experiencias y capturar impresiones de la realidad… todo esto son pamplinas. Lo que importa es lo que uno se inventa: se puede ser un oficinista como Kafka y emplear la imaginación. Hay experiencias capitales en mi vida sobre las que no he escrito nunca, sólo algunas tocan un centro nervioso y otras no. Así que no son necesariamente las experiencias más graves las que le ponen a uno a escribir.

– ¿Existen ciertas cualidades que debería tener un escritor?

– Escribir tiene que ver con el carácter de cada uno, hay escritores vagos, simpáticos y antipáticos. Algunos son como funcionarios y otros escriben torrencialmente. Un debate que he tenido con amigos desde siempre es si se puede ser mala persona y escribir bien. Con los años he llegado a la conclusión de que no: escribir requiere un fondo bueno. Hay que ser generoso, tener anchura de corazón, observar con paciencia y con interés la vida de los demás para escribir algo que sea verdadero y que añada algo. La curiosidad es una forma de generosidad hacia el mundo que te rodea. Reconocer que hay gente profundamente diferente a uno mismo y que vive de otra manera, es bueno. Por el contrario, si alguien sólo quiere poner verde a su cuñada, nunca escribirá bien. El egoísmo, el desinterés por el mundo, el embotellamiento en uno mismo son la esencia de la maldad y además, incompatibles con la escritura. Otra cosa es que sean violadores, asesinos o drogadictos… eso ni les da ni les quita. Puedes ser delator como Cela, estar al servicio de Franco, atropellar a tus compañeros e interesarte por el dinero… Al fin y al cabo, todo esto tampoco es tan grave, ¿no?

– ¿Cómo es su forma de trabajar?

– En general me gusta vivir de una forma premeditada, soy una persona constante. Me levanto a las cinco de la mañana y trabajo hasta las diez. Y luego cada cosa que escribes requiere su propio método de trabajo, algunas requieren mucha documentación, otras no leer mucho. Pero la verdad es que después de ocho novelas, no creo que haya aprendido nada. Cada vez que empiezas estás igual de perdido. Lo bueno es que siempre se puede aprender, lo malo es que es una “profesión” sin escalafón y mañana puedes escribir estrepitosamente mal. Esta sensación la tienen todos los escritores y si no, es porque son como Agatha Christie que hacen mil veces la misma novela.

Creo como Baudelaire que cuanto más se escribe, más ganas se tienen de escribir y mejor se escribe, lo mismo pasa follando. Y supongo que el que escribe es porque le gusta y tiene alguna facilidad. Aunque en el mundo en que vivimos, es posible ser invidente y subir el Himalaya…

– O sea, que hay gente que quiere ser escritora antes que escribir.

– Así es, cosa que no entiendo porque me parece más interesante ser cantante de rock. En cuanto a retribución, al folleteo y a la fama, no hay comparación. Y la repercusión de lo que diga un escritor es nula en esta sociedad democrática y normalizada. Mola más ser Sabina que Juan Marsé. Pero sin duda ser escritor tiene un prestigio extraño, por muy feo y poca cosa que seas… ¿será porque está al alcance de todo el mundo? Puedes ser un petardo de escritor, que no te lea nadie, y estar convencido de que eres un genio. Te exime de reconocer tus propios límites, permite el auto-engaño… que si te anticipas a tu tiempo, que si “cualquier día escribo mi Quijote” y claro, la gente se apunta. En cambio si eres un ajedrecista, o ganas o pierdes; si eres cantante de rock, o llenas o no llenas estadios.

– Me parece que no tiene ningún escrúpulo en afirmar que hay buena y mala literatura.

– Desde luego que no, yo no soy ni relativista ni postmoderno. Lo mismo ocurre con la música. Marley tiene canciones bonitas, pero no es Mozart. Y por desgracia, la cultura moderna parte de la base de que es lo mismo ocho que ochenta. Considero buena literatura aquélla que te incita a cuestionar las cosas y a ti mismo, la que te pone en peligro y no es complaciente. Si una lectura te hace pensar “a lo mejor soy egoísta, o malo o un imbécil”, es ya un avance porque en general nos solemos ver a nosotros mismos con demasiado cariño, somos máquinas de autojustificarnos cuando es obvio que la realidad no nos da la razón.

– Ha utilizado alguna vez la expresión “hibridismo narrativo”, ¿es éste el modo más contemporáneo de contar historias?

– No sólo ahora, siempre fue así. Toda la literatura es híbrida puesto que junta cosas de distinta naturaleza. La literatura moderna es una mezcla de antigua cultura popular y de alta cultura. Rabelais empieza a mezclar lo que hasta la Edad media estaba separado. La aventura de la literatura moderna significa romper ese divorcio creando una cultura popular alta, o al revés. Es lo que consigue Cervantes, y la novela contemporánea sigue por ese camino. Proust enlaza el género popular – es todo cotilleo – con el método bergsoniano de la memoria y la introspección. Podemos también citar a Joyce o a Faulkner, que recogen culturas populares – irlandesa, americana – mezcladas con toda la alta cultura desde Homero. O sea, que la hibridación está no sólo en el centro del fenómeno literario, sino de todo. Afecta incluso a nuestra forma de pensar: se me ocurre una idea cuando consigo juntar dos cosas que antes estaban distanciadas.

– Efectivamente, emplea una variedad de tonos en la escritura – lo cómico y lo trágico – y también de géneros: novela negra, thriller, ensayo novelado, “picaresca moderna”…

– En realidad nunca he querido escribir nada humorístico, debo de ser gracioso sin darme cuenta. Ya mi primera novela, Esa oscura gente (Exadra, 1990) la tildaron como novela de humor, cosa que me sentó mal porque pensaba que había escrito La montaña mágica. Aunque es extraño que la tradición literaria española esté plagada de humor – Lazarillo, Cervantes, Quevedo – y la gente escriba con una seriedad… Parece que quita calidad hacer cualquier broma.

En cuanto a la novela negra, me interesa teóricamente pero sin ser yo mismo un gran lector de este género. Me parece un formato útil porque resuelve la trama argumental, te mete enseguida en la acción mientras recorres la sociedad. Pero mis novelas son en general poco negras. En cuanto a mi última novela, Lo que no está escrito (Tusquets, 2012), quería que fuera siniestra. Es una novela sobre la incapacidad de amar dentro de la familia. Me acabaron dando asco los personajes, todos ellos eran detestables. El editor me reprochaba que no había ni un sólo personaje positivo e insistía en que había que “ir con alguien”. Al final quedó así, con personajes repugnantes y yo envenenado.

– También ha escrito textos con una clara intención divulgativa, como su Manual de literatura para caníbales (Debate, 2006).

– Sí, lo que he intentado en ese libro es transmitir un amor contagioso por la literatura que me ha enseñado a vivir. Digo al lector “tienes que leer esto”, igual que cuando alguien en la adolescencia te lo decía. Y también recorro sucesivos movimientos literarios para entender las servidumbres de la moda: la literatura no es eterna ni sagrada, en ella influyen las modas, como la falda corta o larga. Tan absurdo es hoy escribir teatro épico o romances como llevar yelmo.

– En este Manual, leemos: “cada uno quiere dejar escrito su nombre en la madera de la puerta, una fecha en la corteza del árbol (…). Eso es el arte, nada más”. Que el artista diga “yo estuve aquí”, ¿es una manera de desmitificarlo?

– Yo creo que es justo lo contrario, es mitificarlo. Lo dice no sólo por vanidad sino por miedo, porque sabe que todos vamos a ser aniquilados. Es un grito angustioso: “yo, que he estado aquí, ¿me tengo que morir?” A los adolescentes que escriben en el baño les angustia su propia aniquilación, en cierto sentido son artistas natos. También recuerdo muy bien las manos sobre las paredes cuando visité las cuevas del Altamira, decían “yo he existido”. Venimos haciendo lo mismo desde entonces: queremos dar testimonio en una forma perdurable, dar noticia de que hubo un mundo que fue el nuestro.

– ¿Es concebible la idea de progreso en literatura?

– De entrada, me parece interesante la idea de la tradición de la ruptura que apuntó Octavio Paz, según la cual la ruptura pasa a formar parte de la tradición a partir de las vanguardias. Y sin embargo la idea de progreso no existe en literatura. Ninguna novela moderna es más compleja ni con más recursos estilísticos que el Poema del Mío Cid. El monólogo interior y el estilo indirecto libre son progresos relativos que en el fondo no tienen la más mínima importancia. Nada que ver con descubrir que la tierra gira alrededor del sol. El único progreso posible es leer mejor la tradición y crear un artefacto capaz de explicar la visión del mundo. Ésta es la historia de la literatura desde siempre.

La literatura puede ser también un arma política, ¿verdad?

– Hombre, yo tengo claro que la revolución no se hace con novelas, tampoco con votos, se hace con armas. Pero es evidente que la literatura sirve para crear conciencia. Cuando cincuenta millones de personas leen Cincuenta sombras de Grey se produce una transmisión ideológica sobre una determinada visión del mundo que incluye un modelo muy reaccionario de relaciones entre hombre y mujer. Toda literatura crea ideología y puede por consiguiente ejercer un influjo sobre la sociedad. Mucho más que los libros de historia, la literatura y el cine crean imaginarios colectivos sobre la guerra civil, el franquismo o el nazismo. Y existe desde luego una lucha por los imaginarios colectivos, como dice Rafael Chirbes.

La ideología es como las gafas: sólo notas que las llevas cuando están sucias, pero siempre ves la realidad a través de ellas. Althusser decía que la ideología no tiene exterior; es peligrosa porque parece que no la hay, como si la ideología de los best sellers fuera transparente… Fíjate, tenemos el estado del bienestar en crisis mientras se venden cajas y cajas de libros de autoayuda. El mensaje es “si te echan del trabajo, jolines, no te das cuenta de que era una oportunidad, te estaban haciendo un favor”. Todo esto refleja la asimilación de una ideología capitalista depredadora. Hoy en día todos somos culpables de lo que nos pasa. Antes la enfermedad era una desgracia que te caía encima, hoy en cambio es consecuencia directa de tu forma de vida. Y si eres pobre será porque te lo mereces. El caso es culpabilizar a la víctima.

– Escribe artículos políticos semanales en eldiario.es, ¿le interesa mucho la política?

– Sí, como creo que debería interesar a todo el mundo porque nos concierne a todos. Me preocupa hacer alguna labor de pedagogía política. Si comparo nuestra generación con las anteriores, somos bastante analfabetos. Estamos en esta democracia insípida, sin aparato crítico y teórico para interpretarla, limitándonos a escuchar lo que nos dicen los políticos.

– ¿Introduce Internet cambios en la manera de leer y de escribir?

– Desde luego, ninguna herramienta es neutra. Internet es básicamente un soporte publicitario donde no hay información sino ruido, y además te obliga a leer en diagonal, o sea, a no leer. Hay algunas publicaciones interesantes, pero en general es una atrocidad: sirve para ver porno, para estar en las redes sociales y tener visibilidad. Se ha impuesto el axioma de que “hay que estar en Internet” para acabar diciendo “me he comido unos huevos fritos”, poner la correspondiente foto y veintidós gilipollas respondiendo “me gusta”… En los albores de la era virtual, pensé que era una mina, pero qué va, es un vacío sideral, me parece una pérdida cultural importante.

Sólo escribo a ordenador los artículos políticos semanales y hago el esfuerzo de no extenderme demasiado para que quede como un puñetazo. Se escribe mejor con normas, la libertad es mala en general. De hecho para las novelas, escribo a mano o a máquina. Prefiero escribirlas de principio a fin, sin cambiar todo el rato las cosas de sitio. En el esfuerzo de pasarlo otra vez a limpio, se aprende y se mejora lo escrito.

Las gemas de Rafael Reig

Lecturas

El gran momento de Mary Tribune, Juan García Hortelano, 1972: “con esta novela me dieron ganas de escribir y de vivir; no conviene a un joven escritor porque es tremendamente tóxico, acabas escribiendo como él”.

Fortunata y Jacinta, 1887; Los episodios nacionales, 1873-1912, Benito Pérez-Galdós: “siento felicidad al leer a este autor, es divertido. A veces digo cosas en mis artículos como ‘barástolis’, es puro Galdós. Me parece increíble que no sea el gran autor nacional; Fortunata y Jacinta me parece la mejor novela española por encima del Quijote”.

– Poesía reunida, Philip Larkin, 1974 (Lumen, 2014): “me encanta el poema Annus mirabilis que empieza ‘Sexual intercourse began in nineteen sixty-three (which was rather late for me)’.

Un momento de descanso, Antonio Orejudo, 2011

Un montón de huesos, J. P. Manchette, 1979

– Raymond Chandler, James M. Cain

– Brecht, Poesía

“¿Puedo hacer una contra-recomendación? No hay que leer a Philip Roth, es un viejo verde ambicioso que sólo quiere el premio Nobel y su Pastoral americana es fascista, propaganda pura; tampoco La espuma de los días de Boris Vian porque me parece un rollo, aburrida y pretenciosa”.

Música

– Vallenatos: “decía García Márquez que Cien años de soledad es un vallenato de 350 páginas”.

– Cuartetos de Mozart: “la música clásica es lo que más oigo”.

– Paco Ibáñez: “me sigue gustando, no tengo arreglo”.

Películas

– Woody Allen: “me gustan las de hace 30 años”.

– Cary Grant: “tengo una debilidad por él que raya lo homosexual”.

– Películas de secuestros aéreos: “me gustan porque tienen algo de situación teatral”.

Jimena Larroque

 

Resumen:

“Recuerdo muy bien las manos sobre las paredes cuando visité las cuevas del Altamira, decían ‘yo he existido’. Venimos haciendo lo mismo desde entonces: queremos dar testimonio en una forma perdurable, dar noticia de que hubo un mundo que fue el nuestro”.

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A Jimena Larroque Aranguren le gustaría decir que es nadie, como Emily Dickinson, pero no tiene arrojo para tanta verdad. El anarquismo libertario no se improvisa, ser nadie no se logra en un día. Dice su currículum (quizás para compensar lo anterior y sirviéndose de mayúsculas): Doctora en Ciencia Política, Ha Impartido Clases como Profesora de Civilización Hispánica en Varias Universidades Francófonas (Montpellier, París 8, UQAM) y Cursos de Literatura Francesa y Universal en Varios Centros Madrileños. En este momento (nótese la prevalencia de minúsculas) enseña lengua española en dos institutos cerca de orleans y en una universidad en las muy afueras de parís, y mantiene un blog, cuando le da, llamado "bel-ami". https://belamiliteratura.wordpress.com

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