El arte y la guerra. El caso egipcio.

En julio del 2002, Faruk Hosni, ministro de cultura en el hoy derribado gobierno de Mubarak, prohibió toda colaboración científica con instituciones que negaran devolver los objetos sustraídos a Egipto. Y es que el país de los faraones ha sufrido, al igual que otros muchos pueblos del mismo Mediterráneo, un expolio sin precedentes por colonizadores extranjeros; y a menudo, en la actualidad, por la incontrolabilidad de la Revolución Egipcia. Ahora hace tres años Zahi Hawass, secretario del Consejo Superior de Antigüedades egipcio, volvió a hacer visible la reclamación por los tesoros de Egipto.

Campaña de Napoleón

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Cuadro de Jacques-Louis David, 1801, Napoleón cruzando los alpes

Franceses y británicos tienen mucho que ver en el despiece progresivo, pero continuado de los elementos patrimoniales de un país, Egipto, que no tiene precisamente escasez de ellos. Sin embargo, no es extraño tampoco que algo como lo que le sucedió a Egipto sucediera, de hecho, desde la antigüedad: el expolio cultural de los territorios conquistados fue visto como algo absolutamente normal. Los grandes imperios con personajes como Napoleón –claramente protagonista aquí–, Hitler o Alejandro Magno lo hicieron, y como apunta Pilar García Cuetos, recogido a su vez de Pacensky y Ganslmar,  era normal “ocupar un país y arrasar con sus bienes culturales  y que lo obtenido por la fuerza de las armas era algo conseguido noblemente”[1]. Por tanto, lo que le ocurrió a Egipto asombra e indigna a los ojos de hoy, pero es también claro que para la época no suponía ningún debate de legitimidad. Máxime porque las campañas de Napoleón en Egipto, y sus consiguientes expolios de  cultura egipcia, se circunscriben a un periodo de gusto por la arqueología, y al coleccionismo cada vez más incipiente (más si cabe por campañas como la egipcia). No hay que olvidar, además, el hecho de que será en esta época, a finales del siglo XVIII, cuando se da un gran impulso a las galerías y museos de arte, que necesariamente había que llenar. De esta forma, hoy el Louvre contiene una gran cantidad de arte egipcio, pero lo mismo cabría decir del British Museum, o el Nues Museum de Berlín, en el cual se hospeda la esfinge de Nefertiti que ha causado no pocos conflictos entre Egipto y Alemania.

En cualquier caso, la campaña de Napoleón supuso un claro desfalco de los bienes patrimoniales del país egipcio, y dio comienzo en 1798 al calor de la iniciativa del Directorio y de su ministro de exteriores Talleyrand[2]. La campaña duró hasta 1800, y en ella se pondrá en marcha un fenómeno de saqueo que abrirá la vía para posteriores formulas de expolio galo, como fue el caso de España. De hecho la vía abierta en el país del Nilo, consistente en la conquista militar y el expolio sistemático, se seguirá en otros países de Europa.

La campaña nacía, como se ha dicho, de la iniciativa del Directorio –surgido éste en 1795- como una oportunidad para contrarrestar el peso de las colonias Indias de Gran Bretaña, y entró de lleno en un ambiente de imaginería por el exotismo que la antigua civilización despertaba. Aquella campaña tenía además un gran interés en los aspectos científicos– lo cual no deja de ser una excusa argüida por el propio Napoleón para invadir el territorio egipcio–, tanto es así que se desplazaron  un total de 171 investigadores, los llamados savants, los cuales hicieron una labor encomiable de catalogación. Representarán edificios, inventariarán la fauna y la flora del país, describirán las obras y los ordenes estilísticos de los antiguos monumentos y palacios, etc. Tal era la calidad de los documentos, que los británicos quisieron apoderarse de éstos; pero finalmente acabaron llegando a Francia y fueron publicados bajo el nombre de Description de l ́Égypte.

Si bien este hecho de importante relevancia hay que destacarlo, no es menos cierto que la labor de los científicos se inmiscuía en una tarea que tuvo mucho que ver con el desprecio profesado por parte de Francia al país egipcio, y lo mismo se podría decir de británicos o árabes. Así, se robaron sistemáticamente bienes culturales al país, en una tradición que se remontaba a 1070 a.C., y que continuó durante la Edad Media, en donde los propios materiales de los monumentos fueron considerados para la creación de nuevas edificaciones. Las pieles de las momias eran, incluso, utilizadas en su desgaje como elementos de curación. Como se ve, el respeto no es que fuera mínimo, simplemente era nulo; no se concebía.

 La Rosetta como ejemplo

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El caso francés supone un buen ejemplo para acercarnos a la realidad del expolio material, que no fue ajeno, ni mucho menos, a británicos. Y el ejemplo de la Piedra Rosetta, expoliada del país, ofrece un buen relato del desprecio profesado por la posesión legítima de los bienes culturales:

Como cuenta Neil McGregor, director del Museo Británico, la Piedra Roseta tuvo un recorrido que comenzó en las manos francesas y acabó como trofeo de guerra del entonces Museo Británico debido a la victoria de los ejércitos de Nelson. Cabe decir que aquella ofensa parece ridícula con el affare de Fachoda, pero en cualquier caso, tiene su interés en el hecho de que todo ello se hizo sin el más mínimo decoro con un país, Egipto, cuyas gentes ni tan siquiera se autogobernaban, y en un contexto de lucha encarnizada entre dos imperios (cuya mayor rivalidad se alcanzará un siglo después). Es decir, se peleó por un trofeo de guerra que ni tan siquiera era de franceses o británicos. McGregor a este respecto recoge una cita de Ahdaf Soueif, escritora egipcia que refleja a la perfección lo que se quiere decir:

Esta piedra me hace pensar en cúan a menudo Egipto ha sido el escenario de las batallas de otros pueblos. Este es uno de los primeros objetos a través de los cuales se puede seguir la pista de los intereses coloniales occidentales en Egipto. Los franceses y los ingleses se pelearon por ella; nadie parece haber considerado que no les pertenecía a ninguno de ellos.

 Así pues, tanto McGregor como el ejemplo recogido por Soueif describen a la perfección la espalda dada al territorio y a las gentes de Egipto. Bien es cierto, sin embargo, que a pesar de que este caso hoy nos pueda resultar inconcebible– no ya solo por el trofeo de guerra, sino por la propia colonización en sí misma– se debe tener en cuenta que su normalidad no era algo que proviniera en exclusividad de la legitimidad de la guerra a la que se hacía referencia, pues hay que tener presente además, la época y el contexto del mismo Egipto. Sobre todo porque la incipiente e imparable  valorización del monumento histórico que arrastraba un lastre claramente ilustrado era ajena a las gentes que vivían en Egipto; luego se daba pie a una falta de valorización entre los autóctonos que ha resultado, a la larga, nefasta para los herederos contemporáneos del país. A este respecto, Soueif también advierte de un aspecto fundamental, que no es otro que el hecho de que fuera Nasser el primer gobernante egipcio en dos mil años.

La piedra en cuestión, adquirida cerca de la ciudad de Rosetta, se descubrió en 1799 y fue considerada un hallazgo de gran importancia por el soldado y el capitán que dieron con ella. Rápidamente, la piedra fue puesta a disposición del comité de expertos del Instituto de Egipto, los cuales, como se ha dicho, realizaron una labor de gran valor en el sentido de recuperación del gusto por el arte egipcio de la antigüedad. Es más, reconocer dicha labor parece de justicia, pues es cierto que tuvieron un gran papel en el impulso por la egiptología que se desarrollará sin precedentes a partir de entonces. De hecho, lo más relevante que cabría destacarse de la campaña napoleónica en el país se debe precisamente al enorme esfuerzo científico en el terreno; así, paradójicamente, fue el despiece y el interés de los extraños del lugar el punto central sobre el que se llegará a la valorización real y verdadera de los monumentos del país– escavándose  nuevos yacimientos o simplemente apreciándolos–, que se prolongará en el tiempo y en la que, hasta épocas muy recientes, se ha excluido a los propios egipcios.

Por otra parte, el gusto por lo exótico y los relatos por las campañas napoleónicas llevaron consigo una valorización tal de los elementos artísticos que el país durante el siglo XIX fue despedazado literalmente. El impulso por la creación museística impuso una iniciativa que no fue en absoluto ralentizada por las autoridades egipcias– entonces comandadas por Mehmet Alí–, consistente en una sistematización de eliminación de los elementos culturales que acabarán en dichos museos o en las estanterías de un ardiente coleccionista privado– casos como el del caído Ozymandias o Nefertiti–.  Saqueadores a título privado, como Giovanni Belzoni que en palabras de Waxman era un “Arqueólogo y saqueador. Era un descubridor intrépido y un coleccionista codicioso…”, serán sin ninguna duda los triunfantes de esta época de eliminación contextual de la cultura egipcia, con permiso, eso sí, de diplomáticos de los tres imperios más importantes: Gran Bretaña, Francia, y Alemania– imperio constituido como tal en 1871–  ávidos también de nuevas colecciones.

 El  arte como botín de guerra

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El caso egipcio refleja muy bien un caso de sistemático saqueo de una nación por parte de unas potencias extranjeras. Ya que esencialmente, y a pesar de que hayamos  hablado sobre todo de Napoleón y sus “hazañas”, el país fue objeto de todo tipo de robos a un nivel muy generalizado. Es evidente, por otra parte, que no es el único caso de saqueo a un país, ni mucho menos. El arte y su saqueo han sido prácticamente consustanciales a la lógica de la invasión y la dominación política desde tiempos antiguos y se circunscribe a una lógica de nula distinción entre objetos militares y civiles en donde todos los bienes del enemigo quedaban por norma en manos del vencedor. En tiempos recientes, empero, ha puesto en evidencia a Occidente, para cuya mayor vergüenza de abanderado de la colonización, expone con aplomo y dignidad en las salas de sus admirables museos los objetos de aquellos siglos de perpetuo avasallamiento y de pormenorización de unas culturas- y a sus pueblos- que paradójicamente parecía que solo ellos eran capaces de estudiar con suficiente admiración. No hará falta recordar como Lord Elgin literalmente sustrajo los bellos conjuntos de la Acrópolis de Atenas y como hoy son el orgullo del Museo Británico. Igualmente, se podría denominar expolio cultural al realizado por el Imperio Español en su colonización de América y del que el Museo Americano, del cual existen propuestas de creación desde el 1572, da buena cuenta de ello. En cualquier caso, aquel siglo XIX marcado por la lógica de expansionismo imperialista abrió la veda a un gusto por la arqueología que será imparable a partir de entonces entre los estados europeos y el interés por las grandes civilizaciones de la antigüedad. Luego, por paradojas de los bandazos históricos, son aquellos momentos de saqueo los que han confabulado la red de conciencia por los elementos culturales del país de origen, y de su necesidad de conservación. Por otra parte, y  como apuntan Ballart y Tresserras, este hecho no es solo limitado a los países colonizados, pues bien es cierto que el paso de los imperios napoleónicos por Europa incentivó un auge nacionalista y la valorización de los objetos artísticos como memoria de la nación hasta entonces durmiente. Francisco Erice Sebares advierte que aquel momento de ímpetu por los objetos se circunscribe en el ámbito europeo a una creación museística que veneraba el museo como un ente donde los objetos eran la prueba material de la historia de un territorio. En épocas recientes, y más aun desde el espíritu revolucionario de las llamadas “primaveras árabes”, los egipcios se han mostrado muy concienciados en todo lo referente a su patrimonio y a su conservación como “parte de su pasado y generador de su identidad colectiva”. Es, pues, obvio que su defensa no solo es ya de puertas afuera, reclamando objetos sustraídos, sino de puertas adentro. La fuerza revolucionaria que derrotó a Mubarak se ha desbocado hasta el punto de poner en serio riesgo los monumentos que estaban expuestos en el lugar. Monumentos que, por otra parte, constituyen un foco de atracción perdurable aún hoy en las conciencias de los occidentales, y que vertebran buena parte de la economía egipcia.

Sin embargo, se debe advertir que un claro ejemplo de esta práctica de expolio masivo lo tenemos que situar en la más reciente Segunda Guerra Mundial. Los nazis llegaron a sustraer más de 100.000 cuadros solo de las galerías francesas, en un claro desprecio por la legalidad vigente con respecto al arte y a la guerra. Así, no  solo se debe advertir del saqueo de arte en el siglo XIX. Es evidente que una de las más recientes manifestaciones de sustracción del arte por motivo de conflicto armado y dominación corresponde al periodo de dominación del III Reich. Este aspecto es significativo y se trae a colación por la fundamental pérdida que supuso la guerra, no solo en materia de vidas– aspectos lamentable de primera magnitud– sino en el aspecto de pérdida de memoria cultural de muchos países conquistados por el salvajismo nazi y que, a decir verdad, constituyen una auténtica violación del respeto por la memoria de lo que los pueblos consideran parte de su historia. Porque, como dirá  Soledad Torrecuadrada García Lozano, “la construcción de una paz duradera requiere la recuperación y preservación de lo que cada grupo humano considera su patrimonio cultural, para reconstruir sus comunidades y especialmente, su cultura.”

La legislación en torno al arte y a su especial cuidado en tiempos de guerra escapó a la incautación de los elementos de Egipto unos cien años, pues la primera legislación efectiva en torno al arte corresponde a 1899. Posteriormente en 1907 se ratificará un nuevo convenio de la Haya y más recientemente se crearán dos nuevas convenciones dispuestas a poner orden. La “Convención para la protección de bienes culturales en caso de conflicto armado” (1954), de la que surgió un Protocolo que prohibía la exportación de los bienes; y un protocolo adicional a las convenciones de Ginebra de 1949 (en 1977). Además se añadirá a la Convención del 54 un segundo protocolo que añade multas penales en casos de violaciones de patrimonio.

En definitiva, se puede decir que la envalentonada franco-británica y más generalmente Occidental en referencia a los bienes patrimoniales ha hecho un profundo daño a la preservación y construcción de los pueblos avasallados por éstos en el siglo XIX. No es menos cierto, empero, que esa llamada de atención generalizada hizo posible que las desgracias acontecidas se superaran y se restituyeran –aún hoy– muchos monumentos y objetos en sus lugares de origen, gracias a la legislación y al proceso por ambas partes de una conciencia de tolerancia y respeto de igual a igual. El caso del obelisco de Aksum,  devuelto por Italia en 2005, ofrece un buen ejemplo que todavía franceses, británicos y alemanes parecen querer obviar.

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Bibliografía El arte y la Guerra, el caso Egipcio. Adrian Almeida

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Adrián Almeida Díez

Adrián Almeida Díez

Estudiante de Humanidades e Historia en la Universidad de Deusto.
Adrián Almeida Díez

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Comments

  1. says

    Wow increíble el post, me ha encantado! Muy completo. Soy una aficionada del arte egipcio en todo su esplendor, como una civilización de hace miles y miles de siglos puede haber tenido esos avances y una cultura tan rica.

    Felicidades por el artículo, Adrián.

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