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Un nuevo viaje

25 septiembre, 2026 by Begona Rivero Aurrecoechea Deja un comentario

Abre los ojos con un sobresalto, respirando agitadamente. No es la primera vez que se despierta de sopetón en su propia cama, ni será la última. Es la vieja sensación de siempre: la adrenalina corriendo por sus venas instantes antes de que sus retoños comiencen a llorar desconsolados. Pero sus hijos ya no son pequeños, y ninguno está llorando. Gira su rostro al lado izquierdo de su cama, contemplando el vacante espacio que allí queda. Esa mitad de la cama está hecha, impoluta. No se ha tocado en años. Pasa una mano delicadamente por su nívea superficie, y siente el tacto de la sábana de algodón entre sus dedos. Deja que una sonrisa añorante aparezca en sus sonrosados labios. Aún recuerda cómo su amado esposo solía roncar a pierna suelta, despertándola día sí y día también.

Se levanta de la cama entonces, sintiéndose en extremo liviana, como si todos aquellos años que ha cumplido se hubieran evaporado de pronto, devolviéndole su antaño esplendor. Camina lentamente por el pasillo que conecta su habitación con la sala de estar. A cada paso, el vuelo de su camisón blanco roza sus rodillas. Sus ojos celestes observan cómo el entorno tiene un resplandor plateado, difuso. No es muy distinto a aquel que suele contemplar en sus habituales paisajes oníricos. La suave y templada brisa de la primavera, que entra por las ventanas abiertas, hace bailar con suaves brincos las cortinas blanquecinas. Por un momento, una melódica voz apela a ella por su nombre de pila, pero suena tan lejana, tan perdida en el tiempo y el pasado, que apenas repara en ella.

Da varios pasos más, encontrándose de pronto frente a la puerta de su casa. Coloca su mano en el manubrio dorado, girándolo con tanta suavidad como le es posible, como si se tratase del objeto más preciado del mundo. Una luz cegadora la recibe en ese momento, obligándola a cerrar los ojos con fuerza. Al abrirlos, se encuentra ante un paisaje familiar: la casa de su infancia. Allí, a lo lejos, puede ver a su padre y a su madre, discurriendo animadamente entre ellos como era costumbre; ve a su hermana mayor saltando a la comba mientras cuenta cada salto; ve a su dálmata, Max, corriendo en persecución de una mariposa… 

Al ver esa escena, siente que se le llenan los ojos de lágrimas. Creía que, tras tantos años, no sería capaz de recordar esos retazos tan preciados de su pasado. Su corazón se estremece al contemplar cómo sus padres y su hermana se vuelven hacia ella, alzando sus manos en un gesto amable, invitándola a ir hacia ellos. Empieza a correr entonces, deseando alcanzarlos, y cuando finalmente lo consigue, rozando la mano de su hermana, una nueva oleada de luz blanca la sorprende, obligándola, nuevamente, a cerrar sus hermosos orbes.

Los abre una vez más, frotándose con el dorso de las manos las cuencas, deseando enfocar la vista. Cuando finalmente lo hace, contempla su entorno: está en aquel bar de música electrónica que tanto le gustaba. Recuerda perfectamente pasar las noches de verano bailando allí, al ritmo de la música, disfrutando de sus años de gloria, mientras estudiaba en la universidad. De pronto, observa cómo un joven se le acerca. Siente cómo su corazón late desbocado en su pecho, amenazando con salir de él. Lo reconoce: es su amado marido, a quien conoció en aquel lugar, una calurosa noche de verano. Comienza a bailar con ella, y siente cómo su cálida mano derecha, que ahora sujeta su izquierda para hacerla girar, le transmite un sentimiento de añoranza que la sobrecoge. Es capaz de visualizar al momento esta escena en el rincón más remoto y preciado de sus recuerdos.

Se deja elevar por los aires con una facilidad pasmosa, pues su peso es evidentemente liviano. Se siente volar en los brazos de su amado, con su cabello negro revoloteando a su alrededor. Cierra los ojos, disfrutando de esta sensación. Sin embargo, cuando el momento acaba, sintiendo sus pies tocar el suelo una vez más, vuelve a abrirlos. La sorpresa que la invade ante el cambio de escenario, apenas dura unos segundos, pues empieza a ver la pauta de estas vivencias. 

Sus brillantes orbes marinos escanean nuevamente su entorno, admirando su magnificencia. Ahora se encuentra en una hermosa iglesia de mármol albo, con los colores de las múltiples y espléndidas vidrieras reflejándose en su hermoso vestido de novia, recorriendo junto a su padre, el pasillo hasta el altar, donde su enamorado la espera pacientemente. La sonrisa que le dirige es tan radiante y cálida como la luz de miles de soles.

Mientras se escucha repitiendo sus votos matrimoniales, sintiendo cómo su boca se abre y se cierra involuntariamente, es capaz de verse a sí misma en la tienda, probándose vestido tras vestido, desmoronándose por ser incapaz de encontrar el adecuado para un día tan especial, hasta que, finalmente, algo llama su atención. Un vestido estilo sirena, con mangas transparentes hasta la muñeca. Sale de este breve trance nada más escucha al párroco pronunciar las palabras «marido y mujer», sintiendo cómo su, ahora esposo, retira el velo de su rostro, antes de dispensarle un beso lleno de regocijo que corta la respiración. Cierra los párpados, disfrutando de aquel momento, dejando que esa sensación dulce y agradable, como miel caliente, recorra todo su cuerpo, reconfortándola desde dentro.

Cuando sus ojos se abren de nuevo, se encuentra en su casa, sujetando a su hijo mayor, aún un infante de dos años, en brazos, mientras que su hija, aún una bebé de apenas unos cinco meses, es acunada por su padre. La tormenta del exterior, que se escucha estruendosa, aislando por completo cualquier sonido apacible, ha provocado su despertar y llanto. 

Intercambia una rápida mirada con su pareja, y rápidamente se ponen manos a la obra. Él se asegura de encender una lampara que proyecta su luz en el techo de la habitación, mientras que ella, tras correr las cortinas, coloca a sus hijos sobre su cama de matrimonio. Su marido se coloca junto a ella entonces, dejando a los pequeños recostados entre ellos. Comienza a realizar sombras chinescas con las manos, y ella acompaña sus figuras y personajes con voces y canciones. Los niños, como es costumbre, no tardan en quedarse ensimismados por tal espectáculo, y el rimbombante estruendo de la tempestad, que ruge en el exterior de la casa, queda eclipsado por completo, relegado a un segundo plano. No tardan en quedarse dormidos, y ella junto con su marido, abraza a sus pequeños, cerrando sus ojos pocos segundos después.

Nuevamente, una lejana voz la llama por su nombre de pila, sintiéndose más cerca que antes, pero aún imperceptible para ella. Cuando abre los ojos esta vez, el flas de una fotografía la deslumbra. Un vistazo a su entorno le dice todo lo que necesita saber: es la graduación de su hijo. Baja la mirada, encontrándose ataviada con un traje de estilo ejecutiva, recordando que fue un regalo de Navidad de su hermana. Hoy es el día en el que todavía lo plancha y lo adecenta, aunque no haya sido vestido en décadas. Abraza a su hijo, sintiendo en su pecho la inconfundible sensación del orgullo. Éste besa su mejilla con afecto, agradeciéndole todos los sacrificios que ha hecho por él. Un nuevo flas, y la escena cambia nuevamente, pero en esta ocasión, se encuentra en la graduación de su hija, un año más tarde. Su hijo también se encuentra allí, acompañado de la chica que, en un futuro próximo se convertirá en su mujer, y por tanto, en su nuera. Apenas repara en que lleva la misma ropa que en la ocasión anterior, pero al bajar sus ojos y hacerlo, su hija le asegura que no hay nadie más elegante que ella en este lugar. Como respuesta a su halago tan sincero, se inclina hacia su pequeña graduada, besando su mejilla con afecto y orgullo a partes iguales.

Cuando se separa de su hija, se percata al momento de que la escena ha vuelto a cambiar. En esta ocasión se encuentra en la habitación de un hospital. Su hija, con quien acaba de romper el abrazo, tiene sus sonrosadas mejillas llenas de surcos rojos por las lágrimas saladas. Su hijo, por su parte, se seca las lágrimas que caen incesantemente por sus mejillas, esforzándose por no derrumbarse. Sus nueras y sus yernos están también allí, acompañándolos. Su amado esposo, ahora ya alopécico por culpa del cáncer, está tendido en la blanca cama, con múltiples vías en sus pálidos y, francamente, delgados brazos. El electrocardiograma que muestra su pulso poco a poco va deteniéndose. Siente las frías manos del miedo sujetar con fuerza su corazón. Sabe lo que está a punto de pasar, y muy a su pesar, no puede impedirlo. Se apresura en llegar a su lado. Sujeta su mano derecha en las suyas, intentando mantener las lágrimas a raya. Es consciente de que ha fallado en cuanto su visión se torna borrosa. El hombre que ama le dedica una sonrisa llena de amor, contemplándola con esos ojos castaños con el mismo inconmensurable cariño con el que siempre lo ha hecho. «Te quiero, mi bella y dulce esposa… Te estaré esperando», es lo que dice en un tono fatigado. Tras dedicarle esas breves pero amorosas palabras, exhala su último aliento, abandonando este mundo, y con él, el sufrimiento que llevaba atenazándolo desde hacía tiempo. Ella estalla en un inconsolable llanto entonces, cerrando sus ojos con pesadez, negándose a revivir nuevamente el día en el que perdió a la otra mitad de su ser.

Abre sus orbes una vez más, encontrándose de vuelta en su casa. Escanea el entorno, percatándose de la hora. Cuando camina, sus pasos son nuevamente pesados, como bien lo recordaba, habiendo hecho la edad presa de ella. Recoge los restos de la cena y los deja cuidadosamente colocados en el lavaplatos. Adecenta la cocina y la sala de estar antes de caminar pausadamente hacia su dormitorio. La cama está ofreciéndole una invitación tan carismática, que es incapaz de rechazarla. Abre las sábanas y se recuesta en ella, dejando que la dulce brisa de la noche meza sus sueños.

Cuando despierta, abriendo los ojos por última vez, contempla ante sí una multitud ingente de personas. Éstas se han congregado en una iglesia, vistiendo de negro, con mantos y tocados que dan testimonio del evento que allí acaece. Camina vacilante por el pasillo de la nave, posando sus ojos celestes en el féretro allí expuesto. El temblor que la recorre es momentáneo al comprender finalmente la razón de su viaje por los recuerdos. Dejando que una sonrisa cansada pero satisfecha adorne sus labios, llega hasta la primera fila, donde se encuentran sus seres queridos. Su familia. Contempla a sus nietos, pequeños y llorando a raudales. Se inclina hacia ellos y les besa sus redondos mofletes. Después, abraza a su hija e hijo, dándoles un último adiós, deseando que su vida sea tan feliz y maravillosa como ha sido la suya.

Entonces, la voz dulce que todo este tiempo ha apelado a ella con su nombre de pila se hace audible. Gira su cuerpo en dirección al origen del sonido, encontrándose con una mano extendida hacia ella. Sigue esa mano hasta su dueño, percatándose al momento de que se trata de su adorado marido. «Te dije que te estaría esperando», asevera él con una sonrisa. Sin dudarlo ni un segundo, posa su mano en la suya, dejando que la sujete. Es en ese momento, cuando caminan de la mano hacia el exterior de la iglesia, donde la pura luz los espera, que se percata de que, a cada paso que dan, recuperan la apariencia y la lozanía de su juventud. Ambos se miran a los ojos, sonriéndose como aquel día en el que se conocieron, atravesando el umbral de la puerta, desvaneciéndose en brillantes átomos de luz. Es hora de iniciar un nuevo viaje.

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