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Darcy, como Fitzwilliam Darcy

2 octubre, 2026 by Naia Ansotegui Rodriguez Deja un comentario

“La esperanza del abandono” de Sofía Moreno

Si aquel momento podía definirse en una sola palabra, desde luego que sería: caos. El movimiento veloz de la gente, las voces, los gritos de los cuales algunas palabras en francés escapaban de mi alcance y no lograba comprender; a pesar de llevar allí casi tres años. Las camillas se movían por todo el lugar, con médicos o enfermeras empujándolas por los estrechos pasillos entre las camas.

Había que estar atenta en todo momento, la guerra no dejaba tiempo de descanso. No todavía. No cuando los nazis habían arrasado con un campamento militar a pocos kilómetros hacía solamente unas horas. No en aquel sitio, donde las ambulancias llegaban abarrotadas de soldados, con las camillas dejando un reguero de sangre a su paso, la morfina y las tiritas volaban… Y en medio de aquella locura en la que no había lugar para que el tiempo parase, lo hizo, durante unos instantes.

Procuré moverme, ayudar y no entorpecer con mi ensimismamiento. No obstante, no estoy segura al completo de que lo consiguiese, ya que recuerdo llevarme algún empujón y a alguien farfullando por lo bajo. Finalmente conseguí que mis piernas reaccionasen y anduve un par de metros. Acabé junto a la cama donde habían llevado a un hombre nuevo y donde yo tenía los ojos clavados. El médico leyó en voz alta y yo le escuché atenta mientras me mantenía inmóvil:

― Soldado Christopher Leister, heridas en tórax, brazo izquierdo y orificio de bala sin salida en el muslo derecho…

El doctor Bovary continuó hablando, y probablemente debería haberle prestado más atención; sobre todo porque a veces me costaba entenderle cuando hablaba en inglés con aquel acento francés tan marcado que nunca consiguió quitar. 

Sin embargo, me era imposible. No podía dejar de mirarle a él; no cuando su cuerpo estaba malherido, su pierna sangrando y su rostro consumido en el dolor. Lo único que permanecía intacto era el azul de sus ojos, entonces perdido en el shock en el que se encontraba. Y a pesar de que no hablase, yo era capaz de recrear su voz en mi cabeza, tan viva como el momento en el que la escuché. ― Me han llamado y he de ir a la guerra. Volveré en un par de meses. No tardaré mucho ―me aseguró la última vez que nos habíamos visto. 

No podía dejar de recordar su promesa. Testigo entonces de cómo el destino había decidido que no fuese así. 

― Soy su enfermera, Darcy, ¿me escucha señor Leister? ―le pregunté al ver que estaba consciente. La confusión en su rostro al vernos al doctor y a mí confirmó nuestra sospecha inicial de que llevaba bastante tiempo inconsciente. 

― ¿Darcy? ―preguntó confuso, hablando tan bajo que resultaba casi imposible escucharle en medio de todo el jaleo y los alaridos.

― Sí, Darcy. Como Fitzwilliam Darcy ―le dije como la primera vez que nos habíamos visto hacía cinco años. 

De repente, algo debió de unirse en su cabeza porque sus ojos se abrieron sorprendidos. Seguramente él no era consciente de qué, pero su cerebro había sido capaz de unir dos piezas que tenían un sentido para él; aunque en aquel momento fuese incapaz de comprenderlo. 

― Conozco ese nombre.

― ¿Ah sí?

― Pero no recuerdo mucho. 

― Bueno, no pasa nada. ¿Puede…? ―intenté decir, pero una voz grave me cortó antes de que pudiese formular la pregunta. 

― Darcy, ¿puede ir por favor a por unas gasas? Se nos han terminado aquí.

― Sí, claro. ―Y muy a mi pesar me alejé de allí y fui a buscar lo que el doctor me había pedido.

Quise tardar lo mínimo, pues no podía soportar la idea de estar separada de Christopher cuando sabía que él estaba allí. Cogí las gasas y me dispuse a volver a la cama en la que Chris estaba. No obstante, el doctor Bovary me interceptó por el camino antes de siquiera poder dar cinco pasos.

― ¿Qué le ha pasado ahí? ―espetó con voz furiosa y los brazos cruzados sobre su pecho. 

― ¿Disculpe? 

― Darcy, ese joven tenía pérdida de memoria. Ya sabe cuál es el protocolo que seguimos con ellos. No les agobiamos nada más llegar. Esperamos a que pasen unas horas hasta que se hayan instalado adecuadamente, sepamos que están fuera de peligro y estén más relajados. No es recomendable bombardearlos a preguntas. Y es justamente lo que usted iba a hacer. 

― Yo, lo sé. Pero es que… ―Las palabras se me trababan como a una niña pequeña que recién había aprendido a hablar; por la mezcla de ira que sus ojos furiosos emanaban y mi nerviosismo por la reciente llegada de aquel joven que había sido la razón por la que me alisté como enfermera y decidí irme a Francia.

― ¿Qué?

― Lo conozco ―conseguí decir y sus ojos se abrieron mucho por la sorpresa.

― Entonces lo mejor será que no sea su enfermera. Le pediré a Lucy que lo haga por usted.

― No, de veras que me comportaré ―le supliqué.

― Darcy, no sé si es buena idea que a un paciente le trate alguien a quien le une un vínculo emocional. Sobre todo, cuando él puede sufrir de amnesia; y es que no sabemos si recuperará la memoria pronto, si es cuestión del shock o si es permanente. Puede resultarle duro si no la recupera a pesar de que esté a diario junto a él. Sabe que no es lo más recomendable.

― Doctor, le prometo que guardaré las distancias y que me comportaré como la enfermera que siempre soy. Solamente quiero estar cerca de él, por favor. Se lo suplico. Necesito estar cerca de él. No interferiré ni pondré su vida en peligro. 

― Está bien. Pero sepa, que será mejor que no haga que me arrepienta.

― No lo haré. Se lo prometo. ―Finalmente asintió con la cabeza y se dio la vuelta alejándose adonde otro herido. El haber sido capaz de convencerle hizo que tuviese que reprimir la pirueta de alegría que quería hacer. 

Cogí el material que el doctor Bovary me había pedido y me dispuse a continuar con la ronda de pacientes aprovechando que Christopher estaba dormido. El tiempo allí transcurría fugaz, como las estrellas fugaces, solo que carecía de su brillo; sobre todo cuando habían llegado tantos heridos hacía unas horas. Y entonces todo a tu alrededor se congelaba y no había más que las balas, la morfina y las suturas. Acompañadas de una banda sonora que te erizaba la piel, porque los disparos de fondo y los gritos de dolor te provocaban eso en la piel. A pesar de llevar allí tanto tiempo. Y es que una no se acostumbraba a eso, al dolor en sus ojos y sus caras contorsionándose cuando no podían soportar más. Tampoco te acostumbrabas a las muertes; seguían afectando igual que el primer día. Porque el ritual era el mismo: un corazón que se paraba y unos ojos que se cerraban para siempre. 

Las horas pasaron en medio de esa danza a la que nos habíamos acostumbrado durante los últimos tres años, hasta que la situación finalmente se calmó. Habíamos conseguido estabilizar a la mayoría de los pacientes, y ya no llegaban más camiones con soldados o civiles. Porque aquella era otra. Los soldados no eran los únicos que morían, en aquella guerra las balas también atravesaban los cuerpos de civiles que lo único que hacían era cruzar la calle. O pasear. O trabajar. O descansar en su casa. Porque en aquella guerra cualquiera sufría el peligro de ser víctima. Cualquiera podía sufrir la desdicha de que una bomba o una bala llevase escrita su nombre en ella. 

Estaba ordenando las medicinas de un armario cuando vi que Christopher abría los ojos e intentaba moverse en su cama, y me acerqué rápidamente.

― Ha dormido un rato. ¿Cómo se encuentra? ―le pregunté con tono dulce mientras le ayudaba a incorporarse un poco, porque él sólo no podía.

― Bueno, algo aturdido.

― ¿Quiere que le traiga algo?

― Un poco de agua, por favor. Y lamento no poder acordarme de su nombre. Tengo la cabeza un poco pérdida… Usted era…

― Darcy. Y no se preocupe. Si fuese porque usted no tuviese la molestia de recordarlo, se lo reprocharía, pero me temo que no depende de usted el recordarlo o no ―dije sin pensar, como si la que tuviese amnesia fuese yo y no recordase que por mucho que aquel fuese Christopher, él no me recordaba. Para él era una desconocida como el resto. Y tal vez mi humor no le hiciese la gracia que le había hecho antaño. Pero consiguió sorprenderme y una carcajada ronca se escapó de sus labios. Aquel sonido jovial consiguió que me relajase y fui a por el vaso de agua que me pidió. Le ayudé a beber, poco a poco para que no se atragantase, y dejé el vaso en la mesilla junto a su cama.  

― ¿Sabe? Resulta extraño no acordarse de nada. Es como si tuviese la cabeza vacía, vacía de pensamientos, recuerdos, opiniones… pero soy capaz de hablar. 

― Lo sé. También es capaz de reírse, aunque no recuerde lo que le hacía gracia. 

― O hace un rato, han intentado que comiera. Pero ha sido oler la comida y querer vomitar. No he podido pegar ni un bocado. Han tenido que cambiármelo.

― Las judías verdes. ―No podía con ellas. Siempre había asegurado que si las olía tenía que taparse la nariz para no vomitar. Por lo visto eso seguía igual. 

― Sí, ¿cómo lo sabe? ―preguntó sorprendido.

― No se preocupe demasiado. Conseguirá recordar. Solamente debe darle tiempo a su cabeza ―le aseguré, evadiendo su pregunta antes de alejarme, mientras él asentía. Seguramente preguntándose porqué sabría yo eso. 

Pasaron diez días hasta que todo volvió a cambiar. Era pronto por la mañana cuando Christopher me llamó y me pidió que me sentara en su cama frente a él. Esperé atenta a lo que tenía que decirme, con las manos sobre mi regazo mientras lo miraba a los ojos. A aquel azul que tanta paz me había proporcionado, a aquellos ojos con los que tantas noches había soñado… Y cuando habló fue como la primera vez que lo hizo: una llama que prendió una cerilla que provocó que todo se pusiese patas arriba. Que estallase en llamas.

― ¡Oh, Darcy! Lamento tanto no haber podido acordarme de ti hasta ahora ―dijo mientras sujetaba mis manos entre las suyas antes de besarme. Y yo no pude hacer otra cosa que cerrar los ojos y fundirme en la sensación que me provocaba sentir sus labios junto a los míos. Porque era explosivo. Electrizante. Como dos estrellas colisionando. Porque los besos son una buena manera de cerrar las historias. Y eso es lo que me gusta pensar que hubiese pasado si, desde un principio, él no hubiese llegado ya al hospital con el corazón parado.

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