
Un viejo en su casa vive encerrado,
casi nada ve, ya nada le llega.
Sus ventanas fijas se han tapiado,
y el mundo exterior ya no recuerda.
Los verdes campos de su juventud,
son grises cenizas en el marco.
El cielo azul hoy es solo quietud
y la luz se apaga en el letargo.
Caducos sueños al olvido vuelven,
la vieja unión es solo una ilusión.
A su suerte el hombre se estremece,
hasta el momento en que su luz se apague.
Promesas de los suyos aún espera,
que todavía aguarda ver cumplidas.
En su silla el llanto se encadena,
su vista muere en sombras sumergida.
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Eduardo Damborenea
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