Galindo, Nervión y Kadagua,
donde el metal se funde y el hierro se fragua.
Mañanas grises, nubes cargadas,
gotas de hollín, calles mojadas,
chimeneas de humo, luz apagada,
sabor a metal, ventana empañada.
Camino de la escuela,
con los botines de goma,
va pisoteando las charcas
que en el suelo se le asoman.
Los años taparon su nombre
aunque persista su cara,
no alcanzó a ser un hombre,
quedó en el camino su alma.
De lo que ocurrió ayer no se acuerda,
¡qué más da lo que ocurra mañana!
Un tronco de árbol patea
y escapa de la calada.
No puede mojar ni estropear la ropa,
no puede añadir nota mala,
será culpable de lo que pase a mamá
que amenazó tirarse por la ventana.
Entre gritos, el silencio atenaza
cuando se sabe culpable de las desgracias.
Pero mejor olvidar. Aún quedan charcas
camino de la escuela.
En cada una se refleja una cara,
una imagen que se cuela.
Cada charca cuenta una historia,
una historia sin secuela,
una historia soñada
antes de ser pisada.
Historias que sortean las olas
en mares de tierras lejanas,
plagados de peligros y aventuras
como los cuentos que lee a solas
por las noches, a escondidas, en la cama.
¡Eres un necio! ¡Estudia!
¡Nunca valdrás para nada!
¡Déjalo! ¡Y no le pegues,
que se me encoge el alma!
¡Me estás quitando la vida!
De mi muerte serás causa.
Mira a los hijos de “Juli”,
con ellos estaría encantada.
No da más de sí ¡No le pegues que lo atontas!
Vive en su mundo, será un inútil en la vida.
Se le ve en la cara.
Siempre perdiendo el tiempo
¡De provecho no hace nada!
¡O cambias o acabas conmigo!
Eres la vergüenza de casa.
Pero camino de la escuela
todavía quedan charcas,
cada una con su aventura diversa,
tan distintas como las lecturas cuentan,
tan emocionantes como la imaginación le alcanza.
El camino se acaba y en el aula esperan
los demás niños, el maestro y la tierra en una esfera.
D. Álvaro contará historias entre las cuentas,
y los sueños volarán entre pupitres y carteras.
Contará la vida de santos, soldados y poetas,
de Viriato, Colón, Cervantes o Séneca,
de los fenicios, romanos, árabes, o de la misteriosa
África negra.
Y en el plomizo día de oscura tormenta
será feliz sin apenas darse cuenta.
La indiferencia del tiempo su nombre olvida,
pero su inocente semblante perdura,
aquella silueta delgada y menuda
golpeada injustamente por la vida.
Sus compañeros le llamaban: ratita.
No acabó aquel año la escuela.
No les importó ni lo tuvieron en cuenta.
Cosa que no es de extrañar,
porque el mundo seguía dando vueltas.
Qué más da uno más
El sol salía cada mañana.
Les quedaba por delante una vida.
Nada ajeno los detenía.
Nada ajeno les importaba.
Galindo, Nervión y Kadagua
donde el metal se funde y el hierro se fragua.
Mañanas grises, nubes cargadas,
gotas de hollín, historia olvidada.
Juan Antonio Rodriguez
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- Postal de una tierna infancia - 17 abril, 2026


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