Arena

Fotografía de José Ibarrola

Fotografías de José Ibarrola

 

I

Nadie se imagina por qué se sienta de espaldas al mar.

No habla con nadie. Cuando alguien se le acerca grita enfurecido, fingiendo más agresividad de la que es capaz con un solo propósito: que le dejen sólo y volver lo antes posible a acariciar la arena.

 

II

Fue profesor de historia y literatura en un buen colegio. Le apasionaba su trabajo hasta tal punto que casi no podía distinguirlo de su vida privada. La asignatura que más le gustaba era una optativa que seguramente sería el último curso que impartiría: Historia del arte.

Huía de la crónica. No le importaba demasiado que sus alumnos memorizasen la sucesión de los estilos artísticos o las soporíferas clasificaciones típicas. Él quería que comprendieran las experiencias históricas y personales que se escondían bajo las diferentes épocas y expresiones del arte.

A veces sus propuestas parecían un tanto alocadas, sobre todo por la edad y el perfil de los jóvenes. Pero aunque no todas salían bien había logrado dejar con la boca abierta a más de un alumno “dificilillo”. Hacía de todo para intentar conseguir esos ojos extendidos más allá de las cejas: desde visitas a talleres de amigos que esculpían o pintaban hasta pequeñas puestas en escena (a veces un poco forzadas) para ilustrar la historia del teatro.

Su heterodoxia también encontraba buena aceptación en la dirección del colegio. Esto no se debía tanto a los frutos de su trabajo, muchas veces desconocidos, como a esa imagen de seriedad y rigor que desprendía su metódica forma de trabajar: dos horas al día para coordinar visitas a museos o exposiciones para sus clases de historia, otra hora para cuestiones administrativas, otra para leer libros nuevos y ampliar la biblioteca del colegio (muchas veces con dinero de su propio bolsillo)… Algunos viernes los dedicaba a visitar espacios culturales poco conocidos para darle vida a esa asignatura de la que con tanta tristeza tenía que ir despidiéndose. Para él era como una especie de premio al trabajo duro de la semana.

La conoció siguiendo esta agenda.

 

III

Sabía que la directora sería reacia a su propuesta.

Él quería que los alumnos más jóvenes de su academia ofrecieran una master class en el colegio. Todos ganaban: los bailarines mostraban su arte en un espacio bien elegante como era el salón de actos; la academia publicidad entre un público adolescente al que no siempre era fácil llegar. Y sus alumnos tenían la increíble oportunidad de hablar con jóvenes apasionados que habían decidido dedicar sus vidas a la danza. Pero ya se imaginaba la reacción de la directora: “¿Espectáculo para críos? ¡Una mierda! La danza es más seria que todo eso”. Aun así tenía que intentarlo.

 

IV

Dicho y hecho. La directora fruncía el ceño cada vez más. Casi se arrepentía de haber ido. Se sentía como si hubiera insultado a alguien, o peor aún, a “algo” que él respetaba profundamente.

Cuando estaba a punto de “huir” una chica morena y despeinada entró por la puerta. “¡Vero, diez minutos tarde!”, cuasigritó la directora. La chica se metió rápidamente en el vestuario.  Cuatro o cinco minutos más tarde salió sofocada y empezó a calentar de inmediato sobre la barra de madera.

Le emocionó verla bailar. Desde ese día siempre le emocionaría. Nunca le confesó que casi le gustaba verla bailar más que besarla o acariciarla.

Ahora, en la arena, se arrepiente de no habérselo dicho. Porque aunque ella ya lo sabía le habría encantado escucharlo de su boca.

 

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V

Admiraba su forma de bailar. Era un mundo nuevo, desconocido para él, donde no gobernaba el método, aunque quizá lo hubiera. Le admiraba la belleza de su desaliñada precisión: un giro y otro… ¡o quizá esta vez sean tres! Alucinaba con que jamás se preocupara por pensar o verbalizar lo que hacía: cómo lo hacía, con qué sentido, buscando expresar el qué….

Ella no solía admirar. Pero sonreía sorprendida cada vez que él soltaba un discurso de sesudo profesor. Parecía como si aquella forma de vida que a ella la había separado del ruido y la aparente seriedad del pesado mundo, ganara con sus palabras la capacidad de ser defendida y reivindicada como una parte esencial del mismo. En sus palabras, el arte casi alcanzaba objetividad. No parecía una opción, sino un derecho y un deber público.

Formaban una pareja curiosa, sobre todo cuando hablaban sobre la danza. No había forma de concluir nada. Cada vez que él estaba a punto de definir lo que ella hacía, de exponer los motivos que la llevaban a hacer esos movimientos y no otros, o de formular el sentido de sus coreografías y los profundos sentimientos que según él expresaban, ella siempre hacía un gesto o reinventaba su baile de algún modo que agrietaba su discurso.

Sólo lo agrietaba. Siempre fue muy delicada en esto. Lo agrietaba, pero nunca lo rompía del todo. Sabía que él no lo soportaría.

En el fondo no se entendían. Seguramente, también en el fondo, necesitaban esa profunda incomprensión mutua.

 

VI

Pasó lo que suele pasar. Uno de los dos quiso más. Él quiso más.

Y ella, quizá cansada por la dureza del mundo y del tiempo comenzó a contestarle muy a menudo: “Sí, puede que sí”. Más adelante se limitaba a un “Sí”. Y en un par de años ya sólo asentía con la cabeza cada vez que él terminaba alguno de sus elocuentes discursos.

No era un hombre insensible. Intuía que ella se apagaba cada día un poco más. Sus movimientos se ceñían a los parámetros que ella misma se repetía en su cabeza, aferrada a las convincentes palabras de su compañero. Eran cada vez más mecánicos. La expresión corporal respondía a los “sentimientos” que, de manera concluyente, debía transmitir una coreografía que por momentos parecía de plástico, de esa clase que sólo un bisturí y un estereotipo de reality casposo son capaces de malograr juntos.

Ya casi no le gustaba verla bailar.

Pudo haber parado ahí. Pudo haber vuelto atrás. Sabía que en el fondo ella lo estaba deseando. Pero lo lógico era pensar que sólo era cuestión de precisar más. No tenía sentido abandonar ahora. Ella podía desarrollar todo su potencial, era capaz de extraer toda la profundidad de su arte como ninguna otra bailarina. ¡Él sabía que ella sí! ¡Ella podía! Aunque fuera duro había que seguir cincelando las imperfecciones.

Así fue día tras día definiendo cada vez mejor su danza, definiéndola mejor a ella. Hasta que un día estuvo tan bien definida que las palabras bastaron y ya no fue necesario bailar. Ella dejó de moverse.

 

 

VII

Pasó meses mirando la estatua.

Le ponía música. La que a ella le gustaba. Pero no volvía. También probó con estilos que no solía escuchar con la esperanza de desatar su curiosidad, o su nausea, o su rabia. Ni un gesto. Se dejó hasta el último céntimo rodeándola de música en directo: desde cuartetos de jazz clásico hasta los más extravagantes grupos experimentales tocaron alrededor de la escultura. Nada. No se movía.

“Concierto de Piano nº23 en La mayor, K488 de Mozart”. Cuando esa pieza terminó lo supo. Ella jamás volvería.

Desesperado por la sólida conclusión de su discurso, cogió un martillo y un cincel y no paró hasta hacer polvo el más minúsculo pedazo de su terrible obra. Era la forma más móvil que podía conseguir.

 

VIII

No saben cuánto tiempo estuvo sin salir de casa. Malnutrido, sin afeitar, oliendo a orín y a ropa rancia pegada al cuerpo… Cuando lo encontraron sus ojos, amoratados y roturados de lágrimas secas, permanecían fijos en un montón de polvo en el que metía la mano una y otra vez para alzarlo y dejarlo caer de nuevo.

Entre los microtemblores de sus labios sollozantes apenas se distinguía un balbuceo brutalmente melancólico: “Baila, por favor…baila”.

 

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IX

En agosto los sábados toca playa.

No tenemos muchos voluntarios, así que para poder llevar a todos los “chicos” tenemos que doblar turno casi siempre. Pero merece la pena el esfuerzo. Es una de las pocas veces en las que la mayoría de ellos apenas se percata de las miradas miedosas o reacias de la gente.

Les encanta el mar. A algunos les asusta un poco, pero todos lo miran emocionados. Hasta los más agresivos parecen abrazar un poquito de paz y vitalidad ante su frescor.

Pero uno le da la espalda. Uno, sólo se fija en la arena. Se aparta.

Algunos compañeros me acusan de no intentar integrarle, de pasar de él. Pero desde que me contó su historia me puede la vergüenza.

Así que le dejo a solas con ella. En la arena.

 

 

Para Vero, mi estrella danzarina… sin palabras.

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Jonatan Caro

Jonatan Caro

Es un "notanjoven" inquieto y estable. Hace cosas. Muchas. Seguramente demasiadas. Algunas de las mejores, con ese tipejo de gafas de la foto. Se le puede encontrar rumiando filosofía o teatro o tomando una cerveza en cualquier rincón de mala muerte (preferentemente en El Ampli, en Barakaldo). Se cuenta que hay quien también le ha visto en la playa o paseando al sol. Pero esta información no está contrastada. Es fiel y emotivo. Demasiado lógico, a su pesar. No suele contestar el wasap.
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  • Arena - 27 febrero, 2018

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