Del fin

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El acuario había ido mal. Sólo los animales supieron sacar adelante sus números. Raúl, uno de los entrenadores de delfines, solía recorrer la plantilla susurrando: “El acuario hace aguas, el acuario hace aguas”, sin importarle la gracia ni la ruina. Al final, vendieron los ejemplares más cotizados (casi todos los delfines mulares, las orcas, las focas y elefantes marinos, los manatís, los murénidos, los cocodrilos, el chimpancé marino y el pulpo gigante); se comieron muchos de los peces en la cena de despido, llamando por su nombre de pila a algunos en el plato; y el resto, acabaron medio vivos en la basura. Con el delfín más viejo los dueños se tomaron la molestia de llevarlo mar adentro y depositarlo cerca de los suyos, para no sentirse tan mezquinos; a pesar de que aquel delfín nunca había tenido suyos en el mar. Apoyados en la borda junto a varios miembros del personal, ya en paro, lo vieron atravesar la vaina de once mulares como una sombra y alejarse con dirección a las playas. Quizá consciente de que su tiempo para haber sido un delfín libre y natural pasó también de largo. Nunca otro delfín le había podido hacer verdadera compañía, ni siquiera su madre, porque los consagraban al espectáculo y al mercado de talentos. Lamentablemente, decían los demás entrenadores del acuario, este ejemplar cayó en manos de Raúl y de Belén y echó a perder su buen carácter. Ahora nadaba por el mar definitivamente aislado. ¡Majareta!, gritó alguno y fueron abandonando la borda con muecas de fracaso ya instaladas. Sin embargo, un interés no del todo ajeno al instinto sociable de un delfín ocupaba su cabeza singularmente corrompida: ofrecer a los humanos la representación completa de su número maestro. No tuvo ocasión de ejecutarlo en el espectáculo, porque Belén y Raúl, con quienes lo ensayaba en secreto y fuera de horas, aparecieron muertos en el fondo del acuario. Raúl y Belén. Repetir sus nombres es como masticar pellejos para quienes los aguantamos. En vida y después sólo merecieron juicios despectivos y perezosos de todo el mundo: familia, vecinos, compañeros, policía, funeraria, prensa local, pero al parecer se les debe un recuerdo más preciso. Eran consideradas dos personas extravagantes, orgullosas y de iniciativas muy poco rentables en todos los órdenes de sus vidas; él un bromista insoportable, ella una almendra amarga, ambos bastante feos. Sus muertes dejaron la impresión de un suceso favorable. Alguien comentó en su incineración que se amaban sin gustarse. Otro con menos compromiso lírico añadió que proclamar su voluntad de ser incinerados para luego morir hinchados de agua eran ganas de seguir incordiando. Ni arden como dios manda. Nadie esperó a recoger las cenizas. ¿Quién querría esa sopa?

El viejo delfín buscó nadadores solitarios. Se situaba a su lado simulando los movimientos y emitiendo los sonidos característicos de un delfín convencional; de esos que despiertan confianza porque te sacan de apuros. Nada gusta más a un delfín que encontrarte en un apuro y poder ayudarte. Alguno de ellos se desilusiona cuando comprueba que te las arreglas solo. Los más resabiados incluso generan la ocasión de ser providenciales. El sofisticado entrenamiento del viejo delfín lo llevaba aún más allá, hacia una verdad muy condensada: todo ser humano está en ciertos apuros. De la clase que se disuelven ahogándolo de risa.

El nadador solitario que se adentra en el mar decide abandonar por un rato sus defensas de tierra. Se confía a unos brazos y unas piernas y a una respiración y quizás a una terca fragilidad que supone lo acerca a algo esencial. Cuando en realidad, bien lo aprendió el delfín de sus profesores, sólo es un pecio adelantado a su naufragio. Pero en esa extenuada y cursi disposición, cualquier nadador solitario es un nadador solitario cualquiera, que al ver un delfín cualquiera tiene un pensamiento cualquiera, para todos el mismo: ¡Qué maravillosa experiencia atraer la compañía de un animal tan inteligente, bello y generoso! Y se le desprende una sonrisa de complicidad con este universo cuajado de milagros ocultos, que es la señal para que el viejo delfín comience a ejecutar.

Desaparecía y reaparecía de estúpidas maneras: cayendo en plancha desde gran altura causándose evidente dolor y gimiendo o avanzando a su lado salpicándole minuciosamente el rostro con una aleta temblona o girando en redondo sin cesar tratando de morderse la cola como un perro descerebrado o impostando su risa en contagiosa mientras forzaba absurdos esco1rzos, o bien encarnaba la experiencia de la contradicción impulsándose hacia delante mientras se desplazaba hacia atrás.

Cuando el nadador solitario reía, el delfín se paraba ante su cara con estridente regocijo. Y el nadador reía más y tragaba agua y el susto añadía la risa nerviosa. Entonces un reflejo de supervivencia se aplicaba en mantener el cuerpo a flote, oponiéndose al beneficio que el delfín les concedía a las instancias más altas de la persona ahogándola.

Los reflejos vitales son tan engreídos como rudimentarios. El número ya contaba con este desagradecimiento y la respuesta era acariciar con una aleta las axilas, el cuello, las plantas de los pies hasta que se encontraban las cosquillas del nadador y le fallaban las fuerzas, debatiéndose entre la risa floja y el tenso pánico. Así los reflejos de vida

superficial eran vencidos por la entrega a la profundidad y el nadador descendía con los ojos y la boca abierta; entrado en razón, opinaría el delfín. Únicamente su mirada consigue agarrarse, pero lo hace a la escena del delfín dando palmas y asintiendo frenéticamente su inmersión. Ya todo le parece un chiste al nadador, que no trajo el traje ni nada nada. Todo se va oscureciendo abajo en el fondo; pierde de vista al delfín, pero el número se desarrolla implacable y ahora emite sonidos que reproducen con precisión todos los matices de las diversas risas humanas, desde la carcajada en estallido hasta el leve jolgorio musitado al oído del nadador.

Abandonado al espectáculo, no muere enseguida, porque la vida helada le sale barata a la biología; el metabolismo se reduce a economía de posguerra, se enlentecen las fabricaciones celulares, parece domingo en los servicios orgánicos, nada más se escucha arriba en el campanario el tañer de la risa cerebral, llamando a otras risas de la memoria, propagándose el humor festivo en una epilepsia gelástica. Ahora el delfín espera, lo cede un momento a su suerte, aprovecha para impulsarse veloz a la superficie y respirar por él y por todo su compañero caído y vuelve a bajar a escucharle su estertórica risa y sus pulmones, sus alveolos desconcertados que descubren que son capaces de extraer oxigeno del agua, los espasmos del diafragma y los músculos intercostales, que encuentran que no están hechos para bombear agua y con su fatiga serán cómplices de la asfixia. Una carcajada breve y aislada cada pocos minutos aún cambia agua muerta por viva. El nadador reducido a ciego, sordo, anestesiado, anósmico, agéusico, acinético, vuelto hacia la broma de dentro, presencia las formas de lo inapropiado:

Escenas vívidas de malentendidos, actos inoportunos en autobuses, situaciones embarazosas en salas de espera, torpezas en el cortejo, caídas hacía uno y otro lado, resbalones sobre charcos, golpetazos contra objetos semirrígidos, tropezones con mascotas, errores simpáticos o ajenos, descuidos en la ordenación del tráfico, sustos para quitar el hipo, insultos seguramente amistosos, conatos fingidos de agresión, disfraces descabellados o tardíos, voces impostadas en reuniones solemnes, posturas raras ante la autoridad, caras descompuestas porque sí, cuerpos contrahechos que no despiertan piedad, chapuzas en el hogar y en la instalación de calderas, contrasentidos chocantes, exageraciones en el relato de méritos, desproporciones en la carpintería, expresiones de mal gusto al cocinar o en la decoración o en el vestir de un ser querido, canturreos desafinados de una persona poderosa, impericia laboral sin graves consecuencias para el que ríe, fracasos en general del prójimo, observaciones y chistes de los monologuistas de la tele, la mera chufla sin causa del niño obligado a la misa.

¿Qué otra cosa podría hacernos reír sino aquello que de convertirse en norma destruiría la civilización y acabaría extinguiendo la especie?

Cada nadador desplegaba sus propios recuerdos de estas situaciones cómicas de amenazador potencial degenerativo que llegado al coma lúcido le destellan como balizas del fin del mundo. Descubría el nadador que la risa es asomarse a la destrucción

agarrado a la barandilla, pero el delfín hacía la payasada de llevarse la barandilla y el nadador se agarraba a una guirnalda de papel mojado; la misma vista hilarante sin barandilla lo es del terror. Toda inconveniencia se le venía encima sin gracia al nadador solitario, quedaba hundido en un vertedero de descomposiciones. Comprendía que era el hedor de lo absurdo sin retorno lo que le impedía respirar. ¿Quién puede sobrevivir en ese infierno crudo? La muestra del frío y oscuro universo en caos, indiferente a todo lo humano cuando no legislador de la física enemiga. Y recordaba que aquel cerco protector únicamente lo rebasan los locos y quienes se las dan de descubridores, artistas, inventores, revolucionarios, aventureros o místicos, a buscar algo aprovechable en donde todos saben que no hay nada, a desplazar unos centímetros la barandilla abarcando un nuevo firme, y en sus sueños y delirios el mundo le agradece ese futuro mejorado con placenteros reconocimientos.

Pero ¿eres tú, nadador, tan arriesgado como para salir a la superficie y consagrarte a reciclar la nada, nadador? Estate tranquilo, no se espera tanto de ti, mira para otro lado y no te comprometas, que Roma no paga traidores, ni la evolución perdedores. Que otros se expongan. Ya habrá quien se deje engañar. Lo rentable es engendrar criaturas sin otro camino a la felicidad que alejarse de sus fuentes para esforzar un milagro del todo improbable. No seas de los que vagan por el lado equivocado confundiendo brillos hasta la muerte ni de los que vuelven con las manos en los bolsillos vacíos, oliendo a desperdicio y negando su estancia allí detrás. Apártate de ellos por si contagian. Sal a la sociedad, nadador que tienes cosas que hacer, búrlate de Raúl y Belén y de los suyos, señálales con la risa para iluminar la barandilla que os separa, que nadie caiga con ellos. Búrlate y espera cómodamente a que vuelvan con el progreso inaudito en el que tú y los tuyos os subiréis y os parecerá bien que se les recuerde en una plaza, más que en la sopa de cenizas de un ánfora que nadie recogió y acumula el polvo que no hace de menos ni a la ceniza mojada. ¿Qué satisfacción se concederá a Raúl y a Belén por entrenar al delfín del fin? Ya ninguna. Olvida tú antes de que sea tarde esas veleidades de persona audaz que creyó poder orientarse en los perímetros, quizá porque eras bueno distinguiendo el borde del pan de molde, emerge ahora de este espectáculo libre ya del apuro de no saber bien hasta dónde llegar. No pasa nada, el territorio firme es tu medio, o si te parece más triunfal: tú dominio; asciende con orgullo y exonerado, nadador de los algos, que no hay injusticia en tu postura: al fin y al cabo, quien vuelve del precipicio con tesoro y a tiempo es recompensado mucho más generosamente de lo que lo serás tú jamás por mantenerte del lado cierto y delatar a quienes trasponen la barandilla. Que se jodan pues quienes se arriesgan y pierden. Se merecen su suerte. Tendrás éxito y podrás reírte también de quienes no se deciden por un lado. Muy bien, nadador solitario, viniste al mar invocando lo esencial y te llevas tu aprendizaje. Ese era el fin del delfín del fin: asomar al nadador. Pero había que terminar el espectáculo de mejor manera que en los ensayos. Por eso no te ensimismes más en tu revelación, o morirás de veras. Ya has visto el fin de tu ser. Que la risa te circunscriba y te cerque.

Y logrado su fin el delfín del fin pone fin al fin al fin. Termina como empezaría un delfín cualquiera: sacando al nadador de un apuro de agua. Cargándoselo ahora sobre el lomo, lo porta hacia el fin del agua y el principio del aire, golpea allí arriba con su hocico el plexo solar del nadador. Recobra su conocimiento. Sus músculos retoman la iniciativa de un ser que se desplaza, y el delfín se aleja satisfecho de llevar de nuevo el número hasta su conclusión. Otro día, otro bañista.

Pero si el nadador solitario que recobra el nado era un loco o un intrépido o un obstinado del límite, lo que el delfín del fin le habrá enseñado al asomarlo es un mapa del tesoro. Ganada la superficie volverá a tierra y con un coraje aparecido, dispondrá su vida desatendiendo el respeto de sus vecinos, el amor de sus familiares, la calma de la cordura, todo el placer de los instintos con que la evolución maneja las voluntades de sus hijos legítimos y obedientes y henchidos de la soberbia de saberse conocedores indiscutibles del territorio verdadero.

 

Inspirado por la sonrisa de Katalin mientras nadaba a mi lado.

Verano de 2016.

 

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Biktor Abad

Biktor Abad

Nací con la naturaleza del ratón que va adonde no hay comida y me eduqué en el espíritu del salmón. Pretender subir el río sin valorar las cualidades, porque la suerte de alguno radica en intentarlo bastantes. Ahora hago carrera con los encarnadores del sentido improbable; esto explica cuánto me cuesta atenerme a las rentabilidades establecidas, pero lo voy haciendo porque, en general, me gustan los demás, y no me avergüenza desearles a todos felices fiestas y un níspero año nuevo.
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