Observaciones callejeras

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Fotografía de Julio Arrieta

 

Salgo de casa un martes por la mañana. Otoñal. Debo hacer recados, todos ellos de orden doméstico. Tomates, pan, ibuprofeno, leche semidesnatada.

Cruzo tres jovencitas sonrientes con carpetas azules de una universidad y agradables cabelleras largas, por debajo de los hombros. Alguna echarpe y un pullover verde. Dan gusto. Contagian optimismo.

Quizá la mañana sea el peor momento del día. Después de meses y meses no logro encontrarme una función que me brinde un poco de satisfacción y además me resulte digna y tenga utilidad para alguien. También se podría decir que pido demasiado. No estoy seguro.

Paso cerca de una señora de alrededor de sesenta con carro de la compra y una cuerda con perro al final. La señora ostenta un gesto decidido. El perro menos. No parece tener voluntad propia. Probablemente hubiera preferido quedarse en casa. La señora atiende el móvil sin dudarlo. Esboza varios noes. El perro sigue indiferente.

Tengo edad de abuelo. Rigidez física de abuelo. Rigidez mental ídem. Lentitud de abuelo. Aburrimiento ídem. Columna sin goznes y coronarias parcheadas.

Pasan corriendo una mujer y un hombre de más de cuarenta. Muy adecuadamente vestidos para el deporte. Pero sus caras los delatan. Lo hacen casi obligados. Es lamentable deporte terapéutico. El hombre está a punto de tropezar en una raíz.

Una levísima reflexión se me pone a tiro. Durante varias décadas me he tenido que levantar a las seis de la mañana, en todo caso a las seis y media y no me recuerdo quejándome. Y ahora, a media mañana y casi turisteando, me siento apenado. ¿Soy un anciano de descarte? ¿Llegará la época en que el sexto contenedor sea el de los ancianos de descarte?

Dos señoras se toman un café en una terraza mientras se fuman sendos cigarrillos. Discuten acerca de cual de ellas tiene peor marido. Me parecen simpáticas y alegres. Una tiene una bufanda del Athletic colgada de un brazo. Aitor se la iba a llevar a la ikastola y se le cayó en el ascensor.

He pensado, rudimentariamente, en abandonarme a la primera enfermedad que me asuma. Sea leucemia, pleuresía o pie de atleta. Sin embargo, al revisar el concepto, me parece inseguro, poco digno y, repito, rudimentario. No va.

Casi al mismo tiempo, dos hombres de apariencia seria hasta ese momento, deben recoger excrementos recién emitidos por sus respectivos perros. La cara de uno de ellos lo dice todo. Sin comentarios.

¿Cómo me mido la dignidad? ¿Por lo que hago? ¿Por lo que hice? ¿Por cómo trato a mi mujer? ¿Por cómo ayudo a mis hijos?

Paso delante de un bar que tiene en la acera uno de esos artilugios que simulan ser mesas altas para que los fumadores se puedan instalar. Ahora mismo ese artilugio alberga a un ciudadano con pinta de jubilado que se está tomando una copa de tinto. Son las once menos cuarto. Será su primer tinto, pero aun así, un poco pronto.

En realidad, mis padecimientos habituales transcurren por territorios bastante más prosaicos que el análisis de la dignidad. Me voy durmiendo en medio de un capítulo del libro más querido y no logro retomar ese mismo sueño perdido a pesar del silencio y la oscuridad cuando son las tres y media de la mañana. Me asalta la patética quimera sobre una próxima relación sexual tan deseada.

Una madre joven y correosa lleva a un niño de quizá cuatro años en su carrito de bebé. Ante mi mirada inquisidora me dice “si lo llevo caminando, no llegamos nunca”. El niño lleva gafas y además, quiere galletitas de chocolate.

Mi abuelo materno no era un intelectual. Había emigrado solo de Italia a los quince años y se había ganado la vida como peluquero, comerciante de pianos usados y con una tienda de todo tipo de ropa y calzado. A medida que ahorró, fue trayendo a sus hermanas de Italia. Todas viejas, inflexibles y santurronas. Él era callado y no iba nunca a misa pero, siendo ya mayor, se dedicó a leerse la biblia toda y hasta subrayó muchos versículos con distintos colores. Lo hacía sentado en una silla roja y preferentemente al aire libre. Intuyo que le ayudó a estar en paz. Más adelante, se demenció.

Me interpela una pareja de jóvenes que intentan hacerme socio de “Médicos sin frontera”. No lo consiguen, pero me quedo muy poco satisfecho conmigo mismo.

Mi padre, en cambio, toleró peor los años. Aumentaron su rebeldía, su actitud hosca y su tendencia a los monosílabos. Dio mucha guerra a mis hermanas, que se ocuparon de él con gratitud y templanza.
Entre las banalidades que ocupan mis horas, a veces acierto. Creo que a todo el mundo le habrá ocurrido que un libro, comprado con mucho entusiasmo hace décadas, haya quedado oscuramente olvidado en un estante periférico. Fue dejando de ser objeto del deseo y, en realidad, de tan no verlo, abandonado. Negligido, como usa decir mi hijo. Hasta que de pronto, lo abarco en el territorio de mi nostalgia y lo leo en tres o cuatro días. Es una ruina, todo desencajado. Ha sufrido, junto a la falta de atención, las consecuencias del tiempo y los muchos cambios de domicilio, habiendo pasado épocas en cajas transitorias e inadecuadas. Entonces, lo sigo reivindicando. Busco y encuentro quien me lo repare. Y doy con una persona que lo hace con dedicación verdadera. Le gusta su oficio. Hoy en día luce digno en su sitial de la biblioteca. Ha cubierto la principal de sus funciones. Y está preparado para ser leído una vez más, si así se le requiriera. Estoy encantado, exultante, por haberle devuelto la dignidad. Por cierto: es una novela de Augusto Roa Bastos, un escritor paraguayo del siglo XX, “Hijo de hombre”, un relato enmarcado en el Paraguay de los años 1930/40, la época de la llamada “Guerra del Chaco”. Es una quinta edición de Losada, Buenos Aires, 1973.

Me ronda un tema recurrente. Nunca lo abordé de verdad, pero no me abandona del todo. He cambiado de domicilio muchas veces. A veces en la misma ciudad, a veces a muchos kilómetros. Hasta de continente he saltado. Pero no recuerdo haber cambiado de domicilio con placer. Hubo cambios favorables, adecuados, por comodidad, necesarios… pero deseados, diría que no. Como mucho: emocionalmente neutros. Salvo cuando me resultaron dolorosos. Esos son los que más recuerdo. El primero, a los nueve años. Mis padres, por fin podían hacerse una vivienda propia, y cambiamos de barrio. A mí me liquidó. Alejarse mi abuela y mis amigos de mi cotidianeidad me aplastó. Les propuse a mis padres quedarme a vivir con mi abuela. No lo aceptaron. Creo que se comportaron con indiferencia: ni siquiera lo meditaron.

Sigo caminando, pero es jueves y anochece. Ribera de la ría en Bilbao. Frío y niebla. Oigo órdenes de mando masculinas. Me sorprende que impulsen a chicas que reman en trainerillas. Decir valientes se queda corto, muy corto. Me parece una epopeya.

Otra mudanza dolorosa fue la que me trajo a Bilbao hace algo más de veinte años. Estaba muy a gusto en un pueblo guipuzcoano entrañable. Trabajo gratificante, amigos muy inclusivos, sociedades gastronómicas. Pasé años magníficos. Abandonar todo aquello fue pesado y penoso. Algunas querencias no las compensé. Nunca.

 

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Ricardo Landriscini

Setenta y tres años. Casado. Dos hijos y una nieta. Nacido en Bahía Blanca (Argentina). Médico. Treinta y cinco años de mi vida profesional dedicados a la sanidad pública guipuzcoana (Osakidetza). Aficionado al peronismo; a Boca Juniors y a la Real Sociedad. Devoto de Rodolfo Walsh como cronista, no necesariamente como hombre político.

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