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La Espiral

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Ambición

17 April, 2026 by Hugo Landeras Rodríguez Leave a Comment

La arena engullía todo el horizonte. El relieve del paisaje solo consistía en pequeñas dunas adornadas escasamente por matorrales secos. Miré a mi camello, sin saber si seríamos capaces de llegar a nuestro destino. Una risa nerviosa sacudió la tranquilidad de la escena: apenas me quedaba agua. La desesperación se apoderó de mí. No en vano había sido avisado de que el camino era traicionero y, aún así, me limité a reír furtivamente, pensando que alguien como yo podría superar una prueba tan trivial.

Empecé a recordar, para poder olvidar la extrema sed, por qué había comenzado mi peregrinación: ambición. La necesidad de tener más me acompaña desde que tengo uso de razón, y cuando descubrí la historia de una ciudad perdida en el tiempo de grandes riquezas, sabía que debía llegar ahí. Merecía el reconocimiento de mi comunidad por haberla encontrado yo y solo yo. No podía parar aquí, no después de todo lo que había logrado y todos los sacrificios de mi camino. 

Me imaginé la ciudad: calles pavimentadas con anchos caminos, un gran río transcurriendo, montañas protegiendo sus costados… Había oído que en las entrañas de esta gran ciudad se congregaban cientos, incluso miles de comerciantes, que los edificios eran maravillas perdidas, con torres que abrazaban el cielo, puentes de hierro y puertos que recibían a las más grandes eminencias. La naturaleza se doblaba al hombre, y éste era el único señor que reinaba.

El gruñido del camello me despertó de mi ensoñación, devolviéndome a la desoladora realidad. Sus quejas cada vez se me hacían más molestas… si no lo necesitara, ya lo hubiera matado. Tal vez así el desenlace del viaje llegaría antes. 

De repente, la monotonía del desierto rompió con un largo y desgastado camino, que parecía haber sido fruto de un mejor tiempo. En un principio pensé que la falta de agua ya me estaba traicionando, y que en poco tiempo todo mi viaje acabaría, pero a medida que la silueta se iba dibujando cada vez más cerca una desmesurada alegría se apoderó de mí, pues si había un camino, habría un lugar. Pero lo que más feliz me hizo fue saber que tenía razón, que sí que había algo y que mi búsqueda no era en vano. Bebí un pequeñísimo sorbo de mi cantimplora como recompensa y decidí armar mi campamento para pasar la noche.

El frío me despertó en mitad de la madrugada. Miré el cielo despejado lleno de estrellas y sentí la insignificancia de toda mi vida. Todo iba a acabar, y nadie se acordaría de mí: las arenas se llevarían todo aquello que me había hecho una vez humano. Una dolorosa soledad se apoderó de mí. Miré a mi lado, iba a morir con la única compañía de un animal asqueroso. Intenté volver a dormir, pero la sensación de pesadumbre y los ruidos que hacía el camello me lo dificultaron terriblemente.

Mañana lo mataré.

Los rayos del sofocante Sol me despertaron. El hedor de mi propio cuerpo me asqueó y me recordó mi lamentable condición. Debía seguir el camino, tenía que llevar a algún lado, tal vez a esa ciudad prometida. Comencé a caminar, con la lengua tan seca que juraría sentir la propia arena rasparla, reflexionando si debería consumar mi idea homicida. Por un lado deseaba liberar mi ira, el maldito animal con cada resoplido parecía burlarse de mi desgracia. Por el otro, la carga que llevaba la bestia, entre la que se encontraban mis raciones de comida, me sería imposible de llevar solo. Lo dejaré vivir por ahora. 

Tras unas horas de camino, decidí tomar otro sorbo, esta vez un poco más largo, de mi cantimplora. Seguramente sería el último trago así, ante lo cual la misma asquerosa risa se apoderó de mí. El camino parecía extenderse mucho más de lo que había supuesto, y estaba lleno de guijarros y piedrecillas que no habían logrado ser arrastradas por el desierto. Fue entonces cuando sentí que el insensato que construyó un camino en medio del desierto se reía de sus caminantes: delante se me presentó una bifurcación. Lo único que quedaba era un pequeño cartel, en el camino derecho, por lo que decidí seguirlo.

Al acercarme al cartel, en el cual no se apreciaba más que un azul desgastado, resoplé. Todo lo que había caminado, ¿Para qué? Para seguir un camino que perfectamente podría llevar a la nada. Descargué mi rabia propinando un golpe al camello, aunque lo único que logré fue destrozarme el puño, mientras los gemidos del camello continuaban mi tortura. Seguiré hasta el final, mi final.

Tras un par de horas caminando, ya entrado el mediodía, el calor se me hizo insoportable, y decidí acabar la cantimplora. Sabía que solo quedaba continuar caminando. A la distancia apareció una cadena de montañas, a las que mi camino llevaba. La impactante visión me recordó a la historia que había escuchado e inevitablemente una radiante alegría se apoderó de mí. Tendría que caminar varias horas, posiblemente sin dormir, pero sabía que llegaría a esas montañas. 

La noche ya había entrado, las horas parecían días. Me guiaba gracias a la tenue luz de un farolillo. El mareo y los sofocos por falta de agua se habían vuelto hacía ya tiempo en dos compañeros indeseados de mi viaje. La fatiga también se estaba haciendo notable, y sólo me quedaba esa esperanza que me había dado durante este último tramo. Me estaba aproximando a la base de la montaña, donde mi camino pasaba a convertirse en un interminable zigzag hasta el pico de la misma.

Solo quedaba un último empujón.

Cuando llegué a la base, el Sol comenzaba a salir. La subida, pese a no ser muy grande, se me eternizó por el cansancio. Fue entonces cuando el camello del diablo se tropezó con un pedrusco y cayó, partiéndose una pata. Decidí dejarlo ahí, que sufriera una muerte dura y lenta mientras yo llegaba a la cima, mi digna recompensa me esperaba. No cogí nada de las alforjas del animal, pues tenía la corazonada de que en poco tiempo encontraría aquella ciudad, la muestra de las bondades del irrefrenable progreso humano.

Casi arrastrándome, y aún con los ataques constantes de la arena y el Sol, logré llegar. La vista que me esperaba al otro lado fue el detonante que acabó con la poca cordura que quedaba. Con los berridos del camello como acompañante, mi cabeza se había convertido en un torbellino de frustración, ira y desesperación. Ante mí estaba la ciudad.

La ciudad, o lo que quedaba de ella, no era ningún valle verde, solo era más desierto. El único motivo por el que puede saber que antaño hubo civilización fueron los decrépitos puentes de metal, o lo que quedaba de ellos, y que decoraban un paraje desolador. La famosa torre de cristal que debió haber desafiado al cielo, parecía haberse transformado en unos cimientos corroídos y dañados por el inclemente paso del tiempo. Antes de desplomarme, vi que a un lado de la carretera se mantenía, orgulloso y como muestra de tiempos mejores, un cartel, mucho mejor mantenido que el anterior. Anunciaba gloriosamente el nombre de la ciudad: BILBAO.

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