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Cuando el corazón aprende

17 April, 2026 by Ana Isabel Estevez Gutierrez Leave a Comment

Uno de los momentos más especiales del día era aquel en el que mamá y la niña se acurrucaban juntas en la cama para contar el cuento antes de dormir. A la pequeña lo que más le gustaba era escuchar historias de hadas contadas por su mamá. En esos relatos llenos de magia, entraba en la historia y vivía grandes aventuras mientras permanecía arropada en la seguridad de su habitación.

En los cuentos, los héroes y las heroínas siempre vencían a los lobos y a los malvados, y eso resultaba profundamente tranquilizador. Justo antes de dormir, el mundo parecía un lugar más seguro. Tan seguro como estar junto a mamá y escucharla decir:

-Te quiero mucho.

Antes de marcharse, mamá seguía siempre el mismo ritual: dejaba una pequeña luz encendida, la puerta entreabierta, un vaso de leche, otro de agua, colocaba bien las sábanas y las mantas, y acomodaba junto a la niña su peluche favorito para que la acompañara durante la noche. El broche final lo ponía el Jesusito de mi vida, que recitaban juntas, al unísono:

Jesusito de mi vida
Eres niño como yo
Por eso te quiero tanto
Y te doy mi corazón.

Un beso y a dormir.

La pequeña conocía de memoria cada paso, y esa rutina le daba una gran sensación de calma. Si algún día mamá iba con prisa, ella se lo recordaba:

-Mamá, que nos falta el Jesusito.

Una noche, que podía haber sido cualquiera, estaban terminando el ritual antes de dormir cuando la niña, medio dormida, murmuró:

-Mamá, yo no quiero dar mi corazón… mi corazón es mío.

Y se quedó dormida.

Algo se movió en el corazón de mamá. Sintió una punzada intensa y no supo bien por qué. Ella había entregado su corazón a su hija desde el primer día, y ahora, cuando la pequeña empezaba a crecer, reclamaba el suyo como propio. Aquella noche, mamá tuvo sueños inquietos, llenos de imágenes vivas y emociones contradictorias.

A la mañana siguiente se levantó cansada, como si el descanso no hubiera sido reparador. Esperó a que llegara la noche y, una vez más, recitaron el Jesusito. La niña, esta vez despierta y con angustia, repitió que no quería dar su corazón. Mamá le preguntó con suavidad:

-¿Por qué?

-Porque si doy mi corazón me quedaré sin él… y no quiero dejar de tener corazón.

Mamá vio en los ojos de su hija el miedo a perderlo, como si alguien fuera a arrebatárselo, igual que el cazador de los cuentos. Entonces la abrazó y le dijo con calma:

-Tu corazón es tuyo. No tienes que darlo. Mamá no te lo va a pedir nunca más. Los corazones no se dan. Los corazones son de cada uno, y los necesitamos para latir, para sentir, para vivir.

Le dio un beso de buenas noches y se fue a su habitación.

Esa noche, la niña creció un poquito más por dentro.

Mamá sintió una mezcla de emociones, y entre todas ellas apareció una que la reconfortó: su hija estaba aprendiendo a cuidarse. ¿No era algo bueno que no regalara su corazón sin más? ¿Tendría ella misma que aprender a no entregarlo hasta quedarse vacía? ¿No era, al fin y al cabo, el amor entre una madre y una hija el encuentro de dos corazones completos?

La noche siguiente, cuando llegó el momento del Jesusito, mamá dijo:

-Hoy vamos a decir uno diferente, uno más especial.

Y recitó:

Jesusito de mi vida
Eres niño como yo
Por eso te quiero tanto
Y comparto mi corazón.

Gracias, Jesusito, por enseñarme a compartir mi corazón y por cuidarme para no quedarme sin él.

La pequeña besó a su mamá y susurró:

-Mamá, ahora que tengo mi corazón, quiero compartirlo con todas las personas buenas que hay en mi vida.

Mamá le devolvió el beso y respondió:

-Solo quien tiene corazón puede compartirlo.

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