• AZALA
  • Sormen gunea
    • Kontakizun laburra
    • Poesia
    • Literatura berriak
    • Argazkilaritza eta ilustrazioa
    • Elkarrizketa
  • Kritika gunea
    • Artikulua
    • Saiakera
    • Zutabea
    • Kronika
    • Editoriala
  • Lantaldea
    • Kolaboratzaileak
  • eu
  • es

La Espiral

No es solo una revista

Las mujeres invisibles

17 April, 2026 by Sharlotte Abigail Palacios Lazo Leave a Comment

Recuerdo las manos antes que el rostro. Manos morenas separando mi cabello rubio frente al espejo, mechón por mechón, con paciencia infinita. Yo observaba su reflejo mientras me peinaba antes de salir hacia el colegio en Gros. Detrás de mí estaba siempre ella.

Para los demás tenía un nombre simple: la empleada del hogar. Pero yo nunca supe llamarla así. Ella era quien cuidaba de mi aitona cuando nadie más lo hacía. Quien se sentaba a escucharlo cuando la memoria lo abandonaba y repetía la misma historia por quinta vez. Quien le daba agua en mitad de la noche cuando el dolor lo despertaba.

Mi ama decía siempre lo mismo: —Es su trabajo. En su país moriría de hambre, debería agradecernos.

Yo era pequeña, pero algo en esa frase me molestaba, como una mentira mal contada. Porque yo la había visto reír con mi aitona. La había visto sostenerle la mano cuando creía que nadie miraba. ¿Eso también era trabajo?

Ella tenía el cabello negro, la piel morena y una risa auténtica que llenaba la casa cuando hablaba con el abuelo. Me había visto crecer desde que nací. Había visto a cada miembro de mi familia cambiar con los años. Pero fuera de nuestra casa, ella no existía.

Los domingos la veía caminar por Ondarreta, tomando el sol como si intentara recuperar por unas horas la vida que había dejado en otro país. Había muchas mujeres con los hombros cansados después de seis días limpiando casas ajenas, muchas veces invisibles incluso para quienes dependían de ellas. Sin embargo, fuera de aquellas paredes, eran invisibles.

En muchas casas de Donostia había mujeres como ella. Mujeres que trabajaban seis días a la semana hasta romperse la espalda, recordaban a sus familias y recuperaban, por unas horas, una vida que no era la suya.

Mientras tanto, mi ama y sus amigas hablaban de ellas en cafés de la Parte Vieja. —Cobran demasiado. —En su país serían millonarias, con lo que les pagamos. —Encima tienen casa, comida… ¿qué más quieren?

Decían con sus vestidos finos, pero cuando les pedían un aumento de sueldo se negaban a dárselo.

Yo pensaba en la madrugada. Porque la madrugada pertenecía a mi nana. La escuchaba levantarse a las cinco. A veces a las cuatro. A veces no dormía en toda la noche. La casa estaba en silencio y solo se oían sus pasos suaves por el pasillo. Iba a comprobar si mi aitona respiraba. Acercaba dos dedos a su cuello. Esperaba. Solo cuando sentía el pulso se volvía a acostar.

Su cuarto era tan pequeño que parecía un trastero. En la pared tenía pegada una fotografía: dos niños pequeños sonriendo a la cámara. Sus hijos. Cada noche la veía mirando esa foto con anhelo antes de apagar la luz.

A veces me escondía en su ropero mientras hablaba por teléfono con otras mujeres como ella. Bajaban la voz como si las paredes pudieran denunciarlas. —Tienes que aguantar —decía una amiga—. Solo un poco más. —No puedo —respondía otra—. Me ha vuelto a tocar.

La primera vez que escuché esa frase no entendí lo que significaba, era demasiado pequeña para comprender el peso de esa frase. Con los años lo comprendí y recordé a Laura, quien era una de ellas.

Tenía veinte años cuando llegó. Trabajaba en la casa de enfrente cuidando y limpiando. Un día escuché que la habían despedido por ladrona. Eso era lo que decía la gente. Pero yo sabía que la verdad era otra, una más dura.

Laura había denunciado a su empleador por tocarla mientras limpiaba. La policía no investigó al hombre. En cambio, revisaron sus papeles. Una semana después recibió una carta de expulsión. La despidieron sin pagarle. Intentó resistir. Intentó seguir adelante.

¿Quién iba a creer a una inmigrante sin papeles? Porque cuando una mujer sin papeles denuncia a un hombre con dinero, lo pierde todo. Incluso su voz. Las asociaciones llegaron tarde. Cuando llegaron, Laura ya había desaparecido.

Jamás se volvió a mencionar su nombre, pues generaba miradas evasivas y sonrisas nerviosas. Escuché muchas historias sin comprenderlas del todo. Historias que los adultos preferían no nombrar.

Los años pasaron y yo me fui a la universidad. Un día, después de clase con unos amigos tomando un café en Miramón, surgió el tema de las empleadas del hogar: —La mía es una panchita —dijo una compañera riéndose—, pero cuida bien al aitona. —La nuestra es negra —dijo otra—. Mi padre siempre dice que lo llevan en la sangre: trabajar para otros.

Algunos rieron a carcajadas. Yo también sonreí por reflejo, pero con cierta vergüenza. Y en ese instante recordé las manos morenas que me peinaban frente al espejo cuando era niña. Abrí la boca para decir algo. Pero no dije nada, me quedé en silencio contemplando cómo esas mujeres que en sus casas eran indispensables eran burladas por sus orígenes.

Ese mismo día era la manifestación del 8 de marzo; irónico, dije entre dientes. Las calles estaban llenas de pancartas moradas. Miles de mujeres caminaban juntas gritando consignas. Mi ama estaba allí. Mis hermanas también. Mis amigas se unieron abrazándose, las veía hacerse fotos, reír, abrazarse. Yo miraba alrededor buscando algo. Buscaba rostros como el de mi nana. Busqué pieles morenas, acentos distintos, buscaba a mujeres con historias como las que había escuchado en su pequeño cuarto.

No encontré a ninguna. Entonces lo entendí. La sociedad las había vuelto invisibles incluso en el lugar donde se suponía que todas debían gritar.

Los años pasaron. Yo crecí y dejé de observar tanto. Me perdí en mis estudios, en mis amigos, en mi propia vida. Un día mi ama me pidió que publicara algo en internet: —Escribe esto en un foro —me dijo—: se busca empleada doméstica interna.

Leí el anuncio varias veces. —¿Y la nana? —pregunté. Mi ama no levantó la mirada del móvil. —Ya está mayor.

Mi aitona seguía sentado en su sillón, mirando la ventana. Ya no hablaba. —Pero… es de la familia —dije, sintiendo un nudo en el pecho.

Mi ama soltó una pequeña risa. —No digas tonterías.

Luego añadió: —Solo es una empleada más.

Esa noche pasé por su cuarto. La cama estaba hecha. La fotografía de sus hijos ya no estaba en la pared. Me quedé frente al espejo del pasillo. Pasé el cepillo por mi propio cabello.

Mi nana, la mujer que había sacrificado años de su vida por cuidarnos, que había dejado a sus propios hijos al otro lado del océano para sostener la nuestra, que había pasado noches enteras vigilando el pulso de mi abuelo… Era invisible. Y ahora que ya no la necesitábamos, la arrojábamos fuera de nuestra casa como si nunca hubiera existido.

Por primera vez comprendí algo que me hizo sentir vergüenza:

Nunca había aprendido a peinarme sola. Porque siempre hubo unas manos invisibles haciéndolo por mí.

The following two tabs change content below.
  • Bio
  • Latest Posts

Sharlotte Abigail Palacios Lazo

Latest posts by Sharlotte Abigail Palacios Lazo (see all)

  • Las mujeres invisibles - 17 April, 2026

Filed Under: Kontakizun laburra, Sormen gunea Tagged With: deustorelato26

Leave a Reply Cancel reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Universidad de Deusto

La Espiral y la Universidad de Deusto no se hacen responsables de las opiniones vertidas por las personas colaboradoras | © 2026 | Privacidad | Log in