Mírame a los ojos

Parte 1: El silencio

Capítulo 1

Ella, aún en la butaca

El candil encendido ilumina un recóndito canto de la estancia en penumbra. La chimenea, crepitante, da los últimos coletazos de lo que en algún momento fue un fuego ardiente y tenaz. Quedan apenas las ahogadas llamas que auguran el final de su apresurada existencia. Así, el que antaño fue un calor afable, hoy da paso al frío invernal que entra bruscamente por cada resquicio, para hacerse dueño y señor de cada recodo de nuestra humilde morada. Mientras, fuera, en las desiertas y lóbregas calles de esta aldea, alejada de todo atisbo de ilustración, la nieve hace alarde de su elegancia, silenciando la presencia humana entre las cumbres que nos rodean y ocultándonos bajo su denso manto.

Mis pasos, aún húmedos por la ventisca, hacen crujir el astilloso suelo. -¡Hola! – digo, sin obtener más respuesta que el repiquetear de las pequeñas garras de una rata que atraviesa la sala en ese preciso instante. Me quito la pelliza, tantas veces remendada, para posarla sobre la empolvada mesa que regenta nuestra única y diminuta alcoba, que hace, a su vez, de cocina, salón y dormitorio.

-Tendremos que cenar de nuevo caldo con pan, con este tiempo y este dinero es imposible encontrar alimento– vuelvo a no obtener respuesta.

Tomo el duro pan, ya cubierto de moho y comienzo a hacer añicos de él. Después cojo el caldero y lo lleno de la nieve que nos rodea para colocarlo sobre el fuego, que recientemente había reavivado. Dejo que mis manos se calienten con las llamas, realmente hace un frío estremecedor y el hedor a suciedad embriaga a todo aquel que pise la madera que yace entre estas cuatro paredes.

-Este tiempo se te mete hasta en los huesos, nos acabará matando ¿No te estabas congelando con el fuego tan bajo? – Silencio– Voy a poner la mesa, ¿hoy cenarás? – Silencio.

Un día más que vuelve a no cenar conmigo. Dos platos, dos vasos y el candelabro destilando cera son la decoración para una mesa que resulta tener un solo comensal, yo. Silencio, silencio, siempre silencio. Vivo en la más absoluta soledad y sin embargo nunca estoy solo. Ella siempre está ahí, frente al fuego, impasible, sentada en la roída butaca que un día, hace no mucho, decidió hacer suya.

-Podrías haberme dicho que no ibas a cenar nada, así no habría desperdiciado la poca comida que nos queda. Llevas días sin probar bocado, por lo menos delante de mí. Y sí, ya sé que muy apetitoso no es lo que te ofrezco, pero deberías comer. Me voy a la cama, estoy agotado, ¿vendrás?

Me acuesto sobre la gran cama de paja, me tapo con las mantas que hacen de su calor mi cobijo y apago la vela. Reina el silencio, roto únicamente por el sonido de las gotas que se filtran por el tejado de paja para llegar a los barreños de hojalata.  Ella, aún en la butaca.

Capítulo 2

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Los primeros rayos de sol me obligan a despertar. Me doy la vuelta y… ¿Cómo no? El otro lado de la cama está vacío. Levanto a duras penas la cabeza y la veo, aún sentada, en esa horrible butaca.

-¡Buenos días a ti también! – digo con el mayor sarcasmo que me ha sido posible. ¿Qué obtengo? Silencio. Enciendo el fuego para calentar la estancia y empiezo a preparar lo que podría llegar a llamarse desayuno.

El silencio empieza a ahogarme. Comienzo a sentir, de mi interior emerge una bocanada  de furia, deseosa de inundarme, de escapar arrasando con todo aquello que se encuentre a su paso. Trato de contenerla, asumiendo que ese sigilo no es más que el castigo a una desatinada disputa. Sin embargo, la fuerza se apodera de parte de mí, haciendo que tire al suelo el cántaro de agua.

-Dios, Ailén ¡ya está bien! Háblame por favor, dime algo, lo que sea pero di algo ya, porque… ¡Me estás matando!

Me acerco y  me arrodillo frente a ella. Le acaricio las piernas posando mis manos sobre sus rodillas. Me inunda una sensación de asfixia, las lágrimas afloran sin poder impedirlo. –Ailén estás helada, mi amor, vas a acabar enfermando– lloro–. Vale ya de esta tortura, por favor, te añoro, te amo, ¡por favor! – le acaricio la cara, procuro apartarle con mis dedos el cabello de su semblante. La beso, uno en la mejilla, uno en la frente y finalmente un amplio beso en los labios. Mi boca contra la suya, su rostro entre mis manos. La beso fuerte, mientras la mojo con cada una de mis lágrimas. Poco a poco voy apartándome. Apoyo mi frente sobre la suya, manteniendo con firmeza su cara entre mis manos. Cierro los ojos, susurro: – Cariño, perdóname por favor– no hay respuesta. Me levanto, resignándome a continuar en esta lápida silente.

Capítulo 3

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Pasan los días, uno tras otro y todo sigue igual. ¡Me estoy volviendo loco! Cada madrugar y cada anochecer ella sigue ahí. Impasible.  Ya no sé qué hacer ni qué pensar. Frente a mí no se inmuta. ¿Realmente es tan maquiavélica como para hacer toda su vida cuando yo no estoy en casa y, a mi llegada, sentarse ahí y no hacer absolutamente nada?

Esto ya es demencial, hablo solo constantemente. Ha pasado de ser un castigo a ser una venganza sádica y perversa. No come conmigo, ni duerme a mi lado, no se mueve cuando yo estoy presente. Me he convertido en un ente errante, despreciado e invisible, cuya existencia se reduce a la más absoluta  y forzosa soledad.

-¡Basta ya! ¡Basta ya, joder, Ailén! ¡Háblame de una vez, o no me hables pero vete de aquí! ¡No puedo más! Vale que en aquella discusión grité más de la cuenta, vale que perdí un poco los papeles, pero… ¿No crees que ya me lo has hecho pagar suficiente? ¿Qué más quieres que haga? Te he pedido perdón cada día y cada hora desde aquel día. ¿Qué esperas de mí, Ailén? ¿Qué hago ya para ser digno de tu perdón? ¿Quieres que te lo suplique? Te lo suplico – grito arrodillándome frente a ella–. Te suplico que acabes ya con esta tortura. Por lo menos mírame ¡Mírame a los ojos cuando te hablo! ¡Mírame! – Silencio.

– ¡Mierda Ailén, ya está bien! – grito saliendo de casa de un portazo. Comienzo a caminar, mis pasos se aceleran sin yo quererlo, sin darme cuenta estoy corriendo. Corro y corro sin saber por qué, hasta ver entre los árboles lo que me paraliza. -¡No! –grito. Agonía, culpa, desazón. Me ahogo, me asfixio.

Parte 2: Una semana antes: La disputa

Capítulo 4

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Comienza el invierno, todo indicio de vida natural ha dejado de exhibirse. Un aire glacial emerge de las profundidades de la montaña trayendo consigo nubes que auguran una funesta época de nieve. El sol comienza a caer y con él los resquicios del último calor otoñal.

Este insulso frío ha acabado con la prosperidad primaveral de caza.  Los días se hacen largos entre la espesura boscosa. Ya no hay género y hoy, otro día más, vuelvo a casa con las manos vacías y sin nada que poder llevarnos a la boca, salvo media barra de pan, comprada con las casi últimas monedas que nos quedan.

-Hola, ya estoy aquí.- digo al cruzar la puerta.

-¡Hola mi amor! – responde Ailén, viniendo hacia mí pletórica, alegre y besándome apasionadamente- ¿Qué tal me ves? – pregunta con una amplia sonrisa mientras rodea su cuerpo con ambas manos. Me muestra un bellísimo vestido de seda blanca, que se amolda a la perfección a cada curva de su hermoso cuerpo.

-Preciosa, pero… ¿De dónde lo has sacado?

-Un caprichito, es la última moda en la ciudad- responde detrás de una sonrisa pícara al contonearse por toda la habitación  haciendo volar la tela a cada paso.

-¿Un caprichito? – Noto como la rabia comienza a recorrer mis entrañas corroyéndome por dentro– ¿Un caprichito, en serio? ¿Te has gastado todo lo que nos quedaba en eso? Joder Ailén, me paso el día ahí afuera congelándome para no cazar una mísera pieza, y tú, ¿te dedicas a gastarte lo último que tenemos en un absurdo vestido?

– ¡No! ¡Es un regalo!

-¿Un regalo? ¿De quién? ¿No será del ricachón del herrero, no? ¡Qué mucho coqueteo tenéis los dos cuando vas por ahí!– Me enervo a niveles nunca alcanzados- ¡Es de él, lo sé! Tenía mis sospechas; pero esto me lo confirma todo–. Por mi mente comienzan a pasar imágenes de la traición a una velocidad vertiginosa, intento calmarme, apoyando mis manos sobre la chimenea.

-¡No! Ha sido mi hermana, me ha escrito. Las cosas empiezan a irle bien en la ciudad y me lo ha mandado– me dice ella tocándome por detrás. Sin embargo, mi imaginación ha tomado el poder, declarando su dictadura como única versión de lo acontecido. Ya no escucho ni atiendo a ningún tipo de razón. Me invade la ira, los celos, la locura.

-¡Mientes!- grito, tomando el candelabro que sobre la repisa se ubicaba. Ya no soy yo mismo, la furia me domina. Me giro rápidamente, y le asesto un golpe en la cabeza. Ella cae sobre la butaca. Yo tiro el candelabro. Despierto de ese letargo infernal, siendo consciente de lo que acabo de hacer. Jamás me imaginé capaz de agredirla. Me arrodillo, la toco, la acaricio, la beso. Ella, con los ojos cerrados, no se mueve, no responde, no respira.

–¡Ailén! ¡No! Yo te quiero, lo siento mi amor, ¡despierta!

Comienzo a ahogarme, la culpa, la desazón, la agonía de una vida en su ausencia me asedian. Me levanto y corro hacia la puerta. Salgo de casa, comienza a nevar. Me asfixio, empiezo a correr bosque a través, la noche ya es oscura, corro y corro sin saber muy bien a dónde, empiezo a verla a ella detrás de cada árbol, sigo corriendo.

De repente, paro -¿por qué corro? ¿qué hago aquí?- me digo a mí mismo. Mi mente, en blanco; no recuerdo nada, he olvidado la razón por la que huía. Sin embargo, sí soy capaz de recordar la agonía criminal que esa razón me provocaba. Ya no hay nada de eso, solo serenidad. La ignorancia me agrada. Vuelvo a casa, atravieso la puerta y ahí está ella sentada en la roída butaca.

-Lo siento, mi amor, no debía haberte gritado así. Entenderé que estés enfadada– No hay respuesta, solo silencio.

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Sarah Gutiérrez Legorburu

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