Ante mí, el abajo firmante —en pleno uso de sus facultades mentales, cosa que el propio declarante considera discutible, si bien los presentes juzgaron oportuno no contradecirle—, compareció el testador y manifestó su voluntad irrevocable de distribuir, entre las personas que a continuación se detallan, la totalidad de su patrimonio invisible, que es el único que posee y el único que, según declara, ha poseído en algún momento que merezca la pena recordar.
Artículo I. De las noches de los martes
Dejo a mi madre el derecho a dormir sin culpa los martes. Solo los martes, porque los demás días no me pertenecen. Los martes, cuando el silencio de la casa se vuelve un idioma que solo nosotros dos hemos hablado, le lego el permiso de cerrar los ojos sin que yo aparezca. Que aparezca otro. Que no aparezca nadie. Lo dejo a su criterio.
Artículo II. De una tarde sin palabras
A mi padre le corresponde la tarde del 14 de agosto de 2006. Sabe cuál es. Estábamos en el embalse, él con la caña y yo con los pies en el agua, y durante cuatro horas no dijimos nada que importara, y eso fue, con diferencia, la conversación más larga que hemos tenido nunca. Me ha costado veinte años entender que aquel silencio era amor. Se lo devuelvo entero, sin intereses. Si acaso, con algo de óxido.
Artículo III. Del insomnio de las tres de la mañana
A Andrés —que sabrá que me refiero a él aunque haya otros Andrés en el mundo, y si no lo sabe, entonces este artículo queda vacante— le dejo el insomnio de las tres de la mañana y todos los pensamientos que lo habitan. Que son suyos en su mayor parte. Los pensamientos de las tres de la mañana no son cosa que uno invente: son lo que queda cuando la voluntad se ha ido a dormir y el miedo camina solo por la casa. Él los conoce. Él estuvo en muchos de ellos aunque no estuviera. Le pertenecen más que a mí.
Le dejo también, por extensión, mi costumbre de escucharlo dormir. No sé si eso es un bien o una deuda. Lo registro como bien.
Artículo IV. Del hábito de las salidas
A David le lego el hábito de mirar las salidas al entrar en cualquier sitio. Es una manía que adquirí con dieciséis años y que nunca he podido explicar del todo: en cines, en bares, en habitaciones de hospital, siempre localizo la puerta antes de sentarme. David entenderá el valor de esto. Durante años fue él quien me enseñó a entrar en los lugares; parece justo que se lleve algo de lo que aprendí.
También le dejo, sin condiciones, mi ejemplar de El jugador con las anotaciones del margen. Las que están en azul son mías. Las que están en rojo son suyas, aunque él no lo recuerde. Lo sé porque las suyas siempre fueron más rabiosas.
Artículo V. Del cuento sin terminar
Al niño que no tuve —y que de algún modo existe en el espacio entre lo que quise y lo que pude— le dejo el cuento sin terminar. Empezaba así: había una vez un hombre que vivía dentro de un reloj y nunca sabía qué hora era, pero era muy feliz porque el tiempo no pasaba para él, sino alrededor. No sé cómo seguía. Nunca lo supe. Quizás él pueda continuarlo, que para eso es joven y no tiene miedo todavía.
Artículo VI. De cierta manera de caminar bajo la lluvia
A la ciudad —a la que sabe que me refiero a ella, porque las ciudades lo saben— le lego mi manera de caminar bajo la lluvia. No el paraguas, que lo perdí. No el abrigo, que lo dejé en un bar cuyo nombre ya no recuerdo. Solo el paso: ese ritmo particular, entre la prisa y la desgana. Que alguien lo use. Que alguien lo vea desde una ventana y piense que esa persona sabe algo que los demás no saben. No lo sabe. Pero camina bien.
Artículo VII. De un diagnóstico devuelto
A la doctora Martínez —que me dijo la verdad cuando yo le pedí que no lo hiciera, y que tuvo razón al decírmela aunque yo no se lo haya agradecido nunca— le devuelvo el diagnóstico. Me lo llevé a casa doblado en cuatro, lo metí en el cajón de los calcetines y estuve dos semanas sin leerlo del todo. Ahora lo ha leído el tiempo por mí. Que quede constancia de que era correctísimo. Que quede constancia también de que el error no era del diagnóstico.
Artículo VIII. De la vergüenza
A nadie —que es el beneficiario más honesto de cualquier testamento— le dejo la vergüenza. Toda ella, sin excepciones. La vergüenza de haber llegado tarde a demasiadas cosas. La vergüenza de haber querido bien pero no siempre a tiempo. La vergüenza de haber ocupado el cuerpo que me tocó como quien ocupa una habitación de hotel: con cierto cuidado, pero sin acabar de instalarse nunca.
A nadie le dejo la vergüenza porque nadie merece cargar con ella, y porque tampoco merece quedarse conmigo.
Artículo IX. Del nombre
Al lector —al que ha llegado hasta aquí, que ya es más de lo que esperaba— le dejo mi nombre. No lo he puesto en ningún sitio de este documento porque los nombres en los testamentos solo sirven para que los herederos discutan. Pero está aquí, entre las líneas, donde los nombres importan de verdad. Lo sabrá si quiere saberlo. Si no quiere, que sepa esto: que estuve.
Que algunas tardes fui feliz,
y que eso, en el balance final, no es poco.
Se da fe.
Iker Andrés Escudero
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